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Barcelona y Madrid: el balance de un año de convivencias agotadas

El 2025 hace evidente una realidad más incómoda: la convivencia se ha convertido en un trabajo mal remunerado

Los 'skylines' de Barcelona y Madrid | Canva
Los 'skylines' de Barcelona y Madrid | Canva
Quie Martín
Economista
Madrid
03 de Enero de 2026 - 04:55

El año 2025 se cierra con dos capitales afrontando versiones diferentes de un mismo dilema: cómo sostener la convivencia cuando la ciudad deja de sentirse como un proyecto compartido. Barcelona y Madrid no se parecen ni en carácter ni en modelo, pero ambas revelan una grieta común: funcionan, sí, pero lo hacen normalizando el cansancio de quienes las sostienen.

 

No hay colapsos ni estallidos sociales. Lo que hay es algo más silencioso: una convivencia que deja de ser un valor colectivo para convertirse en un esfuerzo individual. La pregunta ya no es si pueden continuar creciendo, sino si pueden continuar siendo habitables. El balance deja deberes pendientes que no se pueden aplazar.

Barcelona: la ciudad que se piensa sin descanso

Barcelona acaba el 2025 atrapada en su propia vitalidad. Es una ciudad activa, exigente, comprometida con la idea de pensarse a sí misma, pero cada vez más difícil de vivir para quien la habita de manera estable. El turismo continúa siendo imprescindible, pero el conflicto entre rentabilidad y vida cotidiana sigue sin resolverse. La sensación dominante es de desequilibrio: la ciudad se consume más de lo que se vive.

 

El problema ya no es atraer más, sino cuidar lo que existe. Y este cuidado no depende de grandes gestos urbanísticos, sino de decisiones sostenidas que pongan la vida diaria en el centro sin renunciar a la vocación cosmopolita.

El 2025 hace evidente una realidad más incómoda: la convivencia se ha convertido en un trabajo mal remunerado. Durante años se habló de la diversidad como de una riqueza automática. Hoy queda claro que la diversidad sin reglas compartidas no genera convivencia, sino superposición. Barcelona no está fragmentada, pero sí vivida a diferentes velocidades y con expectativas incompatibles. Quien duerme, quien trabaja, quien consume y quien visita ya no comparten el mismo contrato urbano.

Barcelona no está fragmentada, pero sí vivida a diferentes velocidades y con expectativas incompatibles

El conflicto no es solo el turismo o la vivienda, sino la desaparición de la idea de “ceder”. En el espacio público ya no se negocia: se compite. El ruido, los horarios y los usos de la calle devienen fricciones constantes. No hay estallidos, pero sí un desgaste continuo que se normaliza.

Lo más inquietante es que la ciudad sigue siendo educada. No explota. Pero la cortesía empieza a sustituir el vínculo. Se tolera más de lo que se comparte. Barcelona sabe convivir en teoría, pero ha perdido claridad sobre para quién convive. Sin esta respuesta, la convivencia deja de ser un rasgo cultural y se convierte en un esfuerzo desigual.

Los deberes incómodos de Barcelona

  1. Legitimar de nuevo el derecho a quedarse. Vivir, envejecer y criar en la ciudad no puede ser un privilegio.
  2. Redefinir las reglas del espacio compartido sin culpa: cuidar no es permitirlo todo.
  3. Sostener la comunidad más allá del relato: menos activación simbólica y más continuidad real.

Madrid: la ciudad que corre sin mirarse

Madrid no se pregunta tanto quién es como hasta dónde puede continuar absorbiendo. El 2025 confirma su energía: trabajo, oportunidades, movimiento constante. No promete equilibrio, promete posibilidad. Y muchos continúan aceptando el trato.

El precio está claro: la convivencia no se construye, se aplaza. Funciona mientras nadie se detiene. El conflicto es silencioso: jornadas largas, distancias extensas, barrios donde se duerme, pero no se vive. Madrid no expulsa, desgasta. No te dice que no perteneces, pero te obliga a demostrar cada día que mereces quedarte.

Madrid no expulsa, desgasta. No te dice que no perteneces, pero te obliga a demostrar cada día que mereces quedarte allí

La vivienda es provisional, el barrio es logística, la calle es tránsito. Se convive desde la resistencia individual, no desde el cuidado colectivo. En 2025 se normaliza el cansancio: puedes estar ahí, pero no pedir demasiado. Puedes crecer, pero no pararte.

Madrid ha convertido la falta de arraigo en virtud. Funciona como un presente continuo donde todo es útil e intercambiable. Esta apertura, que siempre fue una fortaleza, empieza a mostrar su coste: no hay memoria compartida, solo rotación eficiente. La convivencia no se rompe porque nunca acaba de formarse. Hay amabilidad, pero poco compromiso; como en un gran aeropuerto donde todo funciona y nadie pertenece del todo.

Los deberes silenciosos de Madrid

  1. Valorar el arraigo sin confundirlo con inmovilismo.
  2. Crear espacios y tiempos para el encuentro no productivo.
  3. Dejar de idealizar el cansancio: vivir agotado no es ningún mérito.

El deber compartido

Barcelona y Madrid comparten un reto: volver a tratar la convivencia como un bien público. Hoy depende demasiado de la resistencia personal, del salario o del momento vital. Este modelo se agota.

Una ciudad que no se siente no es un lugar para vivir, sino un lugar para pasar

Barcelona tiene que aprender a cuidar sin asfixiar. Madrid, a detenerse sin colapsar. Si el año que entra no sirve para eso, no habrá una crisis visible. Habrá algo peor: ciudades que funcionan, pero no se sienten. Y una ciudad que no se siente no es un lugar para vivir, sino un lugar para pasar.