• Economía
  • Dos ciudades, dos mercados: pedir un coche en Madrid y en Barcelona

Dos ciudades, dos mercados: pedir un coche en Madrid y en Barcelona

Mismo gesto, misma app, realidades opuestas. Cómo Madrid y Barcelona construyeron mercados incomparables

Barcelona cuenta con 11.500 taxis y 3.700 VTC | David Zorrakino (Europa Press)
Barcelona cuenta con 11.500 taxis y 3.700 VTC | David Zorrakino (Europa Press)
Quie Martín
Economista
Madrid
30 de Noviembre de 2025 - 04:55

Abres la aplicación, introduces tu destino y el algoritmo te devuelve un precio. Un gesto mecánico que se repite millones de veces cada semana en Madrid y Barcelona. Pero aquello que parece idéntico —el mismo icono, la misma pantalla, el mismo servicio— esconde realidades radicalmente diferentes.

 

En una ciudad hay casi tantos VTC como taxis; en la otra, tres veces más taxis que VTC. En una, el precio suele ser predecible; en la otra, volátil. En una, la convivencia ha sido natural; en la otra, traumática. Dos mercados de movilidad urbana que tomaron caminos opuestos y produjeron ecosistemas incomparables.

Los números explican historias

Madrid cuenta con unos 16.000 taxis y 9.700 VTC. Barcelona, con 11.500 taxis y apenas 3.700 VTC. La proporción lo dice todo: en Madrid hay 1,6 taxis por cada VTC; en Barcelona, más de tres. Esta brecha no surgió espontáneamente. Es el resultado de decisiones regulatorias divergentes que han definido la fisonomía de cada mercado durante la última década.

 

Madrid optó por una regulación abierta. Sin tiempos obligatorios de precontratación duros, sin corsés operativos que estrangularan el modelo de negocio de plataformas como Uber, Cabify o Bolt. Los VTC pueden circular con libertad relativa, utilizar ciertos carriles especiales cuando llevan pasajero y operar con flexibilidad. El marco normativo facilitó la expansión: la oferta creció y el mercado se diversificó.

En momentos extremos —lluvia intensa, acontecimientos masivos— los precios se disparan en las dos ciudades, a veces hasta multiplicarse por cuatro

Barcelona eligió el camino restrictivo. La presión institucional del sector taxista, históricamente influyente en la ciudad, se tradujo en una arquitectura regulatoria densa: tiempos de precontratación (como la polémica "hora previa", después matizada), limitaciones administrativas y operativas, requisitos ambientales y lingüísticos específicos, y propuestas recurrentes para reducir el número de licencias VTC. La famosa ratio 1/30 —un VTC por cada 30 taxis— fue invalidada judicialmente, pero el espíritu limitador pervivió en sucesivas normativas. El resultado: una oferta de VTC significativamente menor.

La batalla del precio

Con casi 10.000 VTC, Madrid tiene suficientes coches para mantener precios competitivos la mayor parte del tiempo | Jesús Hellín (Europa Press)
Con casi 10.000 VTC, Madrid tiene suficientes coches para mantener precios competitivos la mayor parte del tiempo | Jesús Hellín (Europa Press)

El taxi cobra tarifa regulada: 30 euros del aeropuerto al centro en Madrid, siempre lo mismo. El VTC cobra según demanda: este mismo trayecto puede costar 21 euros en hora valle o triplicarse cuando llueve o hay un concierto.

La diferencia entre ciudades no está en el modelo, sino en la oferta. Con casi 10.000 VTC, Madrid tiene suficientes coches para mantener precios competitivos la mayor parte del tiempo. El VTC suele ser más barato que el taxi. Barcelona, con menos de 4.000 VTC, vive en pico constante: el algoritmo sube precios con frecuencia porque no hay coches suficientes. El VTC suele ser más caro que el taxi.

En momentos extremos —lluvia intensa, eventos masivos— los precios se disparan en las dos ciudades, a veces hasta multiplicarse por cuatro. Pero en Madrid hay disponibilidad; en Barcelona, además de caro, hay escasez. La ecuación es directa: más oferta, precios más bajos y estables. Menos oferta, volatilidad y carestía.

Usuarios y percepciones: dos culturas de movilidad

Estas diferencias han modelado comportamientos y percepciones radicalmente diferentes. En Madrid, el VTC es opción natural para jóvenes de 20 a 35 años habituados a la gestión digital, profesionales que facturan corporativamente, turistas internacionales cómodos con las plataformas globales y usuarios nocturnos que valoran el registro de seguridad. Taxi y VTC conviven como alternativas equivalentes, intercambiables según precio y conveniencia. Ninguno tiene estigma ni monopolio afectivo.

En Barcelona, el taxi mantiene su primacía entre residentes que lo encuentran accesible, turistas que confían en su visibilidad institucional y usuarios que evitan la incertidumbre del precio dinámico. El VTC se percibe como opción secundaria: menos disponible, frecuentemente más cara, reservada para situaciones específicas.

En Barcelona, el taxi mantiene su primacía entre residentes que lo encuentran accesible, turistas que confían en su visibilidad institucional y usuarios que evitan la incertidumbre del precio dinámico

Pero más allá de las cifras y las tarifas, hay una dimensión que separa los dos mercados de forma cualitativa: cómo se vivió la llegada de los VTC. Barcelona experimentó años de conflicto visible. Huelgas que cortaron la Gran Vía, la Diagonal y el aeropuerto. Bloqueos prolongados, altercados con conductores de VTC, contenedores ardiendo, escenas que coparon telediarios durante meses. Estas imágenes construyeron narrativas contrapuestas: para unos, el taxi defendía legítimamente un sector amenazado; para otros, un lobby bloqueaba la ciudad para proteger privilegios. El VTC fue visto por algunos como modernidad asediada por el proteccionismo; por otros, como disrupción salvaje sin reglas.

Lo relevante no es quién tenía razón, sino que estas batallas dejaron huella. Parte de la población barcelonesa asocia el taxi con rigidez y conflicto; otra parte ve en las restricciones a los VTC un ejercicio legítimo de ordenación. El debate se politizó, se ideologizó y pervive.

Dos caminos, dos realidades

Madrid y Barcelona representan dos estrategias opuestas ante la disrupción tecnológica en movilidad urbana. Una priorizó la competencia y la flexibilidad regulatoria; la otra, la protección del sector tradicional y el control administrativo. Una produjo un mercado diverso, con alta disponibilidad de ambos servicios; la otra, un mercado donde el taxi mantiene su hegemonía histórica.

En política de movilidad urbana no solo importa qué se regula. Importa cómo se gestiona el cambio, qué actores tienen voz y qué equilibrio se busca entre innovación, derechos adquiridos y libertad de elección

Ambos modelos tienen costes y beneficios. Madrid ofrece más opciones y precios competitivos, pero ha enfrentado críticas por los abusos de precio dinámico en momentos críticos y por una regulación quizás demasiado laxa. Barcelona ha preservado el peso del taxi y ha evitado una liberalización que muchos consideraban caótica, pero a costa de limitar la oferta, encarecer el VTC y cargar con cicatrices de un conflicto prolongado que erosionó reputaciones.

Lo que queda claro es que en política de movilidad urbana no solo importa qué se regula. Importa cómo se gestiona el cambio, qué actores tienen voz y qué equilibrio se busca entre innovación, derechos adquiridos y libertad de elección. Porque al final, cuando un usuario abre una aplicación para pedir un coche, está accediendo no solo a un servicio de transporte. Está entrando en un mercado modelado por años de decisiones, conflictos y consensos. Y este mercado, en Madrid y Barcelona, tiene poco en común más allá del nombre.