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Del carbón y el hierro al mundo de hoy (I)

Si el País Vasco se especializó en la industria del hierro y sus transformados, Catalunya lo hizo en la industria textil

En el periodo 1881-1890 el carbón importado ya representaba el 56% del consumo de carbón | iStock
En el periodo 1881-1890 el carbón importado ya representaba el 56% del consumo de carbón | iStock
Narcís Mir | VIA Empresa
Ingeniero y economista
Barcelona
29 de Marzo de 2026 - 04:55

Hace pocos meses me organicé una ruta del carbón y el hierro por el norte de España. Cuando hago rutas de esta naturaleza voy solo. Pueden ser una auténtica tortura para acompañantes más interesados en otras manifestaciones culturales. En general, a las personas nos emergen las emociones, por ejemplo, escuchando determinadas piezas musicales o bien contemplando determinadas pinturas. No necesitamos nada más. Ciertamente, conocer el contexto histórico de estas músicas o pinturas, puede aumentar o disminuir estas emociones. En cambio, si una persona se pone delante del Alto Horno número 1, en Sestao, probablemente solo verá chatarra. Para poder activar las emociones se necesita un suplemento vitamínico: el conocimiento tecnológico e histórico de lo que esta chatarra representa. En estos casos, sin contexto no hay emoción. Es con esta reflexión que decidí redactar estos tres artículos. Este primero quiere ser una descripción sintética sobre cómo las peripecias del carbón y el hierro determinaron el naufragio de la revolución industrial en España. Sigo a Jordi Nadal y su escuela, sin presentar casi ninguna novedad. El segundo tratará de las consecuencias de este fracaso en la construcción de un Estado moderno. Finalmente, trataré de observar el mundo de hoy haciendo un gran zoom, con una mirada global a esta nueva fase del capitalismo.

 

El carbón mineral fue el combustible de la industrialización y el hierro el metal con el cual se construyeron los artefactos de aprovechamiento de la energía proporcionada por el carbón. Las primeras manifestaciones de una siderurgia moderna para finalidades civiles las encontramos el año 1826 de la mano del empresario Manuel Agustín Heredia, con la obtención de lingote en un alto horno al carbón vegetal en Rio Verde, cerca de Marbella. Seguía después su afinamiento y laminación a la hulla en otro alto horno en la playa de Málaga, construido en 1833. El ejemplo de Heredia lo siguió otro empresario, Juan Giró, que puso en marcha altos hornos en Rio Verde y refinerías en Málaga.

El 1844, las fábricas de los dos empresarios malagueños aportó el 72% de toda la fundición española

Durante aproximadamente 30 años, de 1832 a 1863, la siderurgia meridional dominó la producción española. En 1844, las fábricas de los dos empresarios malagueños aportó el 72% de toda la fundición española. Cabe advertir que la producción siderúrgica española era muy pequeña en esos años y que la hegemonía siderúrgica del sur se vio muy favorecida por las guerras carlistas en el norte. En 1843, Heredia quiso sustituir el uso del carbón vegetal por carbón mineral. Dos años de ensayos con la antracita galesa terminaron en un fracaso rotundo. El proyecto de concentrar toda la producción en un alto horno al carbón fósil se tuvo que abandonar. Este fracaso tuvo unos efectos letales para la siderurgia meridional.

 

Si no tomamos en consideración unos primeros intentos, sin demasiado éxito, el desplazamiento de la hegemonía de la siderurgia española del sur a Asturias, lo hemos de buscar con la decidida intervención del empresario Pedro Duro y la creación de la Sociedad Metalúrgica Duro y Cia, instalando la nueva fábrica en La Felguera. Encendió su primer alto horno al coque en 1859. Aquel mismo año, y con el concurso del artillero español Francisco Antonio Elorza, se constituyó la Sociedad Gil y Compañia, la cual montó la herrería de la Vega, utilizando igualmente combustible mineral. La obtención de una tonelada de hierro laminado necesitaba tres toneladas de mineral y siete toneladas de carbón. De ahí que Duro estuviera convencido de que el núcleo de la siderurgia española estaba reservado al país de la hulla: Asturias.

Estos establecimientos significaron un gran impulso a la producción de hierro asturiano, de manera que del 1856 al 1862 multiplicaron esta producción por más de seis, pasando a ser la más alta de España. La principal razón de este éxito hay que buscarla en los costos, en comparación con los hierros meridionales. El hierro de primera fundición malagueño salía por casi el doble de precio que el de La Felguera, a causa del uso del carbón vegetal.

La siderurgia asturiana tomó el relevo de la andaluza. No obstante, a partir de 1876, la llegada del coque galés a la ría del Nervión, como contrapartida del mineral de hierro exportado, produjo una estocada al proyecto de convertir Asturias en el núcleo siderúrgico español y abrió el camino al esplendor vasco. En 1882 fueron escrituradas en Bilbao dos sociedades anónimas: La Vizcaya y Altos Hornos y Fábricas de Hierro y Acero. Y a partir de aquí el desarrollo de la industria de transformación: material de ferrocarriles, industria naviera, etcétera.

Fue, en consecuencia, el carbón, el elemento determinante de la situación siderúrgica española. Detengámonos, pues, un momento en el carbón. Aunque los carbones ingleses eran más puros y con un poder calorífico entre un 10% y un 15% superior a los asturianos, estos últimos, que salían del puerto de Gijón, en el año 1865, tenían ventaja por precio en toda la cornisa cantábrica y en los puertos atlánticos españoles e, incluso, en algún puerto mediterráneo. El arancel librecambista de 1869, junto con los fletes, a causa de los retornos, cambió radicalmente esta situación. En el año 1882 el carbón inglés tenía ventaja en todos los puertos españoles. Asturias continuó siendo el principal productor de carbón español, pero en el período 1881-1890 el carbón importado ya representaba el 56% del consumo de carbón.

En resumen, la trayectoria territorial de la siderurgia española comenzó en Andalucía (1832-1863), siguió por un tiempo breve con el predominio asturiano (1864-1879) y, finalmente, Vizcaya tomó la hegemonía. No obstante, estos desplazamientos territoriales no pueden esconder las grandes dificultades de consolidación de esta industria. Señalo una de importante: la política ferroviaria. Entre los años 1860 y 1865, años de fiebre ferroviaria, los hierros necesarios fueron masivamente importados. La ley general de 1855 disponía una franquicia absoluta a la entrada de todos los materiales necesarios para la instalación y explotación de las líneas. Esto no debe sorprender. La arruinada hacienda española en este y muchos otros periodos, sobre todo después de la pérdida de las colonias, cedió a los capitales extranjeros para hacer estas inversiones. La ley de 1855, aprobada en el bienio progresista de 1854 a 1856, es una buena prueba de ello. Cuando, finalmente, con la ley de presupuestos de 1864, se dio por terminada esta franquicia, la falta de tráfico frenó la expansión de la red.

Catalunya era una gran conocedora de la industria del hierro y, además, inventora de una tecnología específica que fue mundialmente reconocida como 'La fragua catalana'

¿Y Catalunya? Catalunya era una gran conocedora de la industria del hierro y, además, inventora de una tecnología específica que fue mundialmente reconocida como La farga catalana. Utilizaba un ingenioso sistema de inyección de aire al horno por efecto venturi. Utilizaba, como en todas las herrerías de la época, carbón de leña. Sin embargo, la nueva tecnología del alto horno exigía un suministro abundante de mineral de hierro y carbón fósil. Ninguno de estos dos recursos se encontraba en Catalunya. Sin embargo, se intentó por impulso, sobre todo, de los hermanos Marià y Josep Vilallonga, propietarios de una farga catalana en Darnius. Marià Vilallonga puso sus expectativas en el proyecto de una gran herrería moderna en Ripoll, pero no pudo tener éxito. Vistas estas dificultades, entraron en contacto con Ibarra, con el objetivo de proveerse de mineral. Josep Vilallonga, muy buen conocedor de estas nuevas tecnologías, fue contratado el año 1860 para impulsar la comanditaria de Ibarra. Un año más tarde, en 1861, se casaba con la hija del dueño, Rafaela de Ibarra. Josep Vilallonga no paró hasta convertir la comanditaria en la sociedad anónima Altos Hornos, S.A., de la cual fue presidente hasta su muerte, en 1898. Es decir, Catalunya, sin hierro ni carbón, exportaba el conocimiento de la nueva tecnología y la capacidad emprendedora. Los datos así lo confirman: en 1894, en la nueva sociedad Altos Hornos, S.A., Josep Vilallonga era el presidente, Jaume Girona, el vicepresidente y el 50% del consejo de administración era catalán.

Si el País Vasco se especializó en la industria del hierro y sus transformados, Catalunya lo hizo en la industria textil y también en algunos transformados del hierro (la Maquinista Terrestre y Marítima). Esto no nos puede llevar a pensar que estos dos núcleos estaban plenamente industrializados: las exportaciones del País Vasco eran sobre todo de mineral de hierro y de hierro de primera fundición; y en Catalunya, más del 90% de los husos utilizados para hilar algodón eran adquiridos a fabricantes ingleses.

Termina, por lo tanto, el siglo XIX en España con el naufragio de la revolución industrial, con la excepción de dos núcleos periféricos: Catalunya y el País Vasco. Esta situación comportará una determinada manera de institucionalizar el Estado, nada benigna para Catalunya. De esto hablaré en el próximo artículo.