En el artículo anterior hice una descripción del desarrollo del carbón y el hierro, utilizados como los elementos fundamentales de la industrialización. Vimos cómo el siglo XIX terminaba en España con el naufragio de la revolución industrial, con la excepción de dos núcleos periféricos, Catalunya y el País Vasco. En este artículo trataré de explicar, de manera sucinta, los efectos de este fracaso en la imposibilidad de creación de un sistema político, jurídico e ideológico moderno.
En todos los países en los que se produjo la revolución industrial, es sabido que nacieron dos clases sociales: una burguesía y un proletariado. La nueva burguesía industrial se integraba con la comercial, que había prosperado al amparo de una mayor libertad en las ciudades feudales. Pero esta burguesía se encontraba sometida a un estado absolutista. Esta forma de estado no le aseguraba que, en un momento determinado, no vulnerara sus derechos económicos. O, dicho de otra manera, no era su estado. Por lo tanto, cuando tuvo suficiente fuerza, bien sea mediante la violencia, bien sea mediante pactos, impuso el estado liberal de derecho. Este era su estado, que garantizaba unos derechos libres del arbitrio del poder político. Estos derechos eran, fundamentalmente, económicos: derecho a la propiedad privada, sagrada e inviolable; derecho al comercio; derecho a la libre contratación...
Las revoluciones burguesas se produjeron, cada una con sus peculiaridades, y a excepción de la inglesa, que se produjo un siglo antes, aproximadamente entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Pero el estado de derecho no era ni democrático ni social. El voto era censitario. Esto quiere decir que solo votaba aproximadamente un 2% de la población, que eran los propietarios de los recursos económicos. Tampoco era social: reconocía derechos individuales, pero no los colectivos. Tuvieron que pasar muchos años y muchas luchas para poder ejercer el sufragio universal y muchos más para adquirir la condición de estado social (estado del bienestar).
¿Qué significó, pues, el fracaso de la revolución industrial en España? ¿Y cómo afectó a Catalunya? En primer lugar, la burguesía nacida en los dos núcleos que habían iniciado el proceso de industrialización no consiguió la transformación del estado absolutista. A pesar de los esfuerzos de los ilustrados españoles, el núcleo del poder central estaba ocupado por una clase aristocrática, caciquil y monopolista de las concesiones del estado. Lejos, por tanto, de los intereses de una burguesía industrial, España vivirá un siglo XIX y buena parte del siglo XX en permanente turbulencia política y social. Intentos de proyectos reformistas son siempre derrotados por golpes de estado, pronunciamientos y restauraciones absolutistas. Ni siquiera los períodos progresistas pudieron implantar programas reformistas con un mínimo de permanencia.
Lejos de los intereses de una burguesía industrial, España vivirá un siglo XIX y buena parte del siglo XX en permanente turbulencia política y social
No es propósito de este artículo hacer la larga lista de estos episodios. Simplemente señalar, a beneficio de inventario, la Constitución de Cádiz, de 1812, que fue abolida en 1814, con la restauración absolutista de Fernando VII. Este reinado contó con el trienio liberal y la década ominosa. Con la minoría de edad de Isabel II, tanto la regencia de María Cristina (de Borbón) como la regencia de Espartero se caracterizaron por la sucesión continua de gobiernos moderados y progresistas. El reinado de Isabel II, por los relevos de moderados y progresistas, con la incorporación de los unionistas. El sexenio democrático contará con la revolución de la “Gloriosa”, en 1868, las primeras elecciones democráticas por sufragio universal masculino y la Constitución de 1869; este sexenio acabará con la proclamación de la Primera República, el año 1874, que no llegará a los dos años y que incluirá el golpe de estado del general Pavía y el pronunciamiento del general Martínez Campos, que supusieron el final de la primera república y la restauración de la monarquía borbónica. El reinado de Alfonso XII, así como la regencia de María Cristina (de Habsburgo-Lorena), ofrecen también una buena muestra de inestabilidad.
El reinado de Alfonso XIII, con la sucesión de gobiernos liberales, conservadores y con la dictadura de Primo de Rivera, llegará hasta la Segunda República. Este será el último intento reformista que acabará fallido, con la insurrección militar, la Guerra Civil de 1936 a 1939 y la tenebrosa noche del régimen franquista. Durante este trayecto, cabe añadir la irrupción del sindicalismo, el anarquismo, el socialismo y el falangismo, así como la definitiva pérdida de las colonias españolas. No es fácil encontrar un recorrido histórico tan convulso.
¿Significa esto que los países en los que triunfó la revolución industrial y el estado liberal estuvieron libres de problemas? En absoluto. La trayectoria de estos países fueron las luchas entre estos estados industriales siguiendo una geopolítica del espacio vital y, por lo tanto, de fuertes procesos de colonización y de agresiones territoriales, que dieron lugar a la Primera y a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, cuando terminaban estos episodios, recuperaban las instituciones del estado liberal. No es casual que España, Portugal y Grecia, que no habían conseguido la revolución industrial y la transformación de sus estados, siguieran con sus respectivas dictaduras. A partir de la Segunda Guerra Mundial, los estados liberales incorporan la condición de estados sociales, al amparo del crecimiento económico de los 30 años siguientes, así como del temor al efecto contagio de la URSS en los partidos comunistas.
No es casual que España, Portugal y Grecia, que no habían conseguido la revolución industrial y la transformación de sus estados, siguieran con sus respectivas dictaduras
El franquismo acaba, aparentemente, con la muerte del dictador, en 1975. Y, nuevamente, con una restauración borbónica, colada en medio de los papeles de la Constitución española de 1978. Una constitución formalmente democrática, con un Artículo 1 que declara que España se constituye en un estado social y democrático de derecho. Y con una distribución territorial del poder lejos del federalismo. No obstante, no se produjo una regeneración de los poderes del estado, los cuales, a pesar de algunas excepciones, han ido desprendiendo los aromas franquistas que, últimamente, se han hecho muy evidentes.
No es extraño, pues, que durante todo este período, la burguesía catalana haya intentado transformar el estado español. Y tampoco es extraño que, en ausencia de una burguesía española, no lo haya conseguido. Es con esta asimetría entre los recursos que aportaba y aporta Catalunya al Estado y los que recibe de él, y con la incomprensión de su identidad, que se planteó un proceso de ruptura el año 2017. Y tampoco es extraña la reacción tan virulenta de los poderes del Estado, nada entrenados a buscar pactos y acuerdos, y mucho más acostumbrados a imponer sin contemplaciones su idea tradicional de España y propia de los estados absolutistas.
A pesar de todo, Catalunya no ha hecho siempre bien las cosas. Así, por ejemplo, cuando determinada burguesía catalana, hoy prácticamente inexistente, ha mostrado preferencia por sectores económicos de poca productividad marginal, no ha escogido el mejor camino para tener un país decente, con prosperidad y equidad.
Cuando determinada burguesía catalana ha mostrado preferencia por sectores económicos de poca productividad marginal, no ha escogido el mejor camino para tener un país decente, con prosperidad y equidad
En el segundo cuarto de este siglo XXI, Catalunya se enfrenta a unos retos que pondrán a prueba nuestra capacidad de mantener la identidad y de promover un crecimiento económico que busque la prosperidad y la equidad: el problema de la vivienda, en el que habrá que evitar la aplicación de apósitos poco consistentes; transformar una administración pública claramente agotada; promover una industria de calidad; disponer de un sistema de infraestructuras y energético eficaz, eficiente y sostenible; saber incorporar las nuevas tecnologías, que incluyen la IA, con acierto; dar respuesta al envejecimiento de la población; la reforma de un buen sistema de salud; etc. No son retos nada fáciles.
Y todo esto lo tendrá que hacer en el mundo de hoy, caracterizado por un desplazamiento general hacia formas de estado totalitarias, dictatoriales y no sociales, dentro de un capitalismo financiero que opera a escala global. Explorar este escenario, tratando de ver si existen causas estructurales que lo condicionan, será el objeto del próximo y último artículo de esta trilogía.