El vuelo entre Barcelona y Palermo dura poco más de una hora y media. Mientras el avión atraviesa el Mediterráneo escucho la ópera Cavalleria rusticana, de Pietro Mascagni, y a la vez releo Cosa Nostra. Historia de la mafia siciliana, de John Dickie. La música evoca aquella Sicilia rural que durante décadas alimentó un imaginario romántico hecho de pasiones, honor y silencios. El libro, en cambio, explica una realidad mucho menos literaria: la construcción paciente de uno de los sistemas criminales más poderosos de Europa. Cuando las ruedas del avión tocan la pista del aeropuerto Internacional Falcone-Borsellino, tengo la sensación de que estas dos realidades están a punto de encontrarse. La del mito y la de la historia.
Pocos minutos después, enfilamos hacia Palermo por la autopista A29. El tráfico es tranquilo y, en el trayecto, el paisaje siciliano que nos acompaña es espectacular, con mar y montaña a ambos lados. Cuesta imaginar que en este mismo punto, en Capaci, el 23 de mayo de 1992, cerca de 500 kilos de explosivos levantaron el asfalto y asesinaron a Giovanni Falcone, su esposa y tres miembros de la escolta. 57 días más tarde, Paolo Borsellino y cinco escoltas más morían también en un atentado en el centro de Palermo.
Aquellos asesinatos no pretendían solo eliminar a dos jueces comprometidos en cuerpo y alma con la lucha contra la mafia. Querían demostrar que nadie podía desafiar el poder de la Cosa Nostra.
Para entender un poco todo esto, hay que retroceder más de un siglo. La mafia no nació, inicialmente, como una organización dedicada al narcotráfico ni al crimen internacional como a menudo nos han hecho ver desde el cine. Creció aprovechando las debilidades de un Estado ausente. En una Sicilia de grandes propiedades agrícolas, poca administración y escasa presencia institucional, algunos grupos comenzaron ofreciendo protección. Con los años, aquella protección se convirtió en extorsión, y la extorsión en un auténtico sistema de poder.
La Cosa Nostra lo controlaba todo. Era, en muchos territorios, como un Estado paralelo: controlaba la tierra, la economía, los mercados agrícolas, el transporte y una parte de la política, y condicionaba también la justicia, siempre mediante el miedo.
El pizzo, el impuesto mafioso de extorsión a cambio de una supuesta protección, los asesinatos, las amenazas y la omertà, la ley del silencio, no eran episodios aislados. Eran instrumentos utilizados de forma masiva y sistemática para mantener aquel dominio. La violencia no era una desviación del sistema. Era su lenguaje más descarnado.
En Italia, la primera gran victoria contra la mafia fue entender cómo funcionaba
Durante décadas, Italia combatió los crímenes de la mafia sin llegar, en el fondo, a comprender del todo la mafia. Se detenían asesinos, se investigaban extorsiones y se perseguían narcotraficantes, pero aún predominaba la idea de que se trataba de una suma de clanes independientes o de una peculiar tradición siciliana.
Solo en los años ochenta del siglo pasado, gracias al trabajo de magistrados como Giovanni Falcone y Paolo Borsellino y, sobre todo, a las revelaciones del mafioso arrepentido Tommaso Buscetta, el Estado entendió que tenía delante una organización con estructura, jerarquía, reglas internas y una enorme capacidad económica. Aquella fue la primera gran victoria contra la mafia: entender cómo funcionaba.
Después del doble asesinato, la sociedad siciliana se rebeló y perdió el miedo, con manifestaciones multitudinarias y movimientos antimafia por toda la isla
En 1986 comenzaría en Palermo el Maxiproceso, que convertiría aquel conocimiento en condenas. Por primera vez, la Cosa Nostra era juzgada como una organización unitaria. En 1992, después de años de apelaciones, las principales condenas se hicieron firmes. Y es precisamente entonces cuando se producen los magnicidios de Falcone y Borsellino, la clásica respuesta mafiosa en forma de vendetta.
Aquellos asesinatos, paradójicamente, marcaron un antes y un después. La sociedad siciliana se rebeló y empezó a perder el miedo, con manifestaciones multitudinarias y movimientos antimafia por toda la isla como nunca se habían visto.
De la confiscación a la recuperación
Y aquí empieza otra historia. Una historia menos conocida, pero probablemente tan importante como la de los jueces, los policías y las sentencias: la historia de qué hacer con el patrimonio de la mafia una vez este patrimonio ha sido confiscado.
Durante décadas, la tierra había sido una de las grandes fuentes de poder económico y social de la mafia. Por eso, confiscar las propiedades de los clanes era una victoria jurídica, pero no resolvía aún qué hacer con ellas.
La respuesta llegó con la Ley 109 de 1996, que permitió dar a los bienes confiscados una reutilización social. Libera, la asociación antimafia impulsada por Don Luigi Ciotti, tuvo un papel central en esta batalla. El objetivo era evitar que aquellas propiedades acabaran vendidas o volvieran, de una manera u otra, a los mismos intereses criminales.

Pero la reutilización social de aquellos bienes exigía algo más que una ley. Era necesario convertir unas propiedades confiscadas en actividades capaces de generar empleo, ingresos y futuro.
Es en este contexto que, en 2001, nace en el Alto Belice Corleonese la cooperativa social Placido Rizzotto – Libera Terra, sobre tierras confiscadas a la mafia. El nombre tampoco es casual.
Rizzotto había sido un sindicalista y dirigente campesino asesinado en Corleone por defender a los jornaleros y la organización cooperativa. Ahora, décadas después, su nombre vuelve a Corleone para identificar una cooperativa que trabaja precisamente sobre tierras recuperadas de la mafia. Es difícil imaginar una metáfora mejor, una especie de justicia poética.
Aquello que había provocado la muerte de Rizzotto (la disputa por el control de la tierra y del trabajo) se convierte décadas después en la actividad de una empresa cooperativa.
Las cooperativas debían cultivar las tierras, contratar personas, producir, transformar, comercializar y vender
Y aquí aparece una idea fundamental. Libera había impulsado la movilización social y había conseguido que la reutilización de los bienes confiscados se convirtiera en una causa política. Pero para que aquellos bienes se transformaran en empresas eran necesarios conocimiento, organización, financiación y capacidad de competir.
Las cooperativas debían cultivar las tierras, contratar personas, producir, transformar, comercializar y vender. No se trataba de crear una actividad protegida, sino de construir empresas capaces de funcionar en el mercado y mantenerse en el tiempo.
Esta es, probablemente, una de las claves de la experiencia. La tierra confiscada no se convierte en un monumento contra la mafia. Se convierte en una actividad económica que debe demostrar que es posible generar riqueza de otra manera.
Cuando entra en escena el cooperativismo a escala
Es aquí donde el movimiento cooperativo italiano adquiere un papel decisivo. En 2006 nace en Bolonia Cooperare con Libera Terra, fruto del encuentro entre Libera y el mundo cooperativo vinculado a Legacoop. Su función es aportar conocimiento y competencias a las cooperativas surgidas de los bienes confiscados: apoyo al arranque, planes de desarrollo, formación, selección profesional, estrategia comercial y transferencia de conocimiento empresarial.
La secuencia es especialmente interesante: la sociedad civil impulsó la movilización; el Estado creó el marco jurídico; y el cooperativismo aportó capacidad empresarial y de gestión. Esta combinación permite convertir una política antimafia en una experiencia económica transformadora.
La sociedad civil impulsó la movilización; el Estado creó el marco jurídico; y el cooperativismo aportó capacidad empresarial y de gestión
Y aquí hay una diferencia esencial. El modelo no consiste simplemente en dar tierras a los pobres ni en crear una actividad social protegida. Consiste en sustituir una economía mafiosa por una economía cooperativa que debe funcionar en el mercado.
Las cooperativas creadas permiten, además, combinar la actividad empresarial con la inserción laboral de personas en situación de vulnerabilidad. La tierra cambia de manos, pero también de propósito.
De patrimonio mafioso a patrimonio social

Con los años, las cooperativas se han profesionalizado, han creado el consorcio Libera Terra Mediterraneo y han apostado por la calidad, la agricultura ecológica y una comercialización transparente. Vinos, aceites, pastas, legumbres y otros productos llegan hoy al mercado italiano y también a mercados internacionales.
Quizás por eso el cooperativismo no fue una elección casual. Una cooperativa introduce otra manera de entender el poder económico; no se trata solo de quién es propietario de la tierra, sino de cómo se gobierna, quién trabaja en ella, cómo se crea y se distribuye el valor y qué finalidad tiene la actividad económica. La mafia había utilizado el territorio para acumular poder. Las cooperativas, en cambio, intentan utilizar ese mismo territorio para crear trabajo, riqueza y oportunidades compartidas.
Esto cambia la dimensión del fenómeno. Ya no estamos hablando solo de unas cuantas cooperativas agrícolas de Corleone, sino de un modelo de economía social construido sobre la recuperación de patrimonio mafioso.
La fuerza simbólica de Libera Terra es precisamente esta: una finca que había sido una fuente de poder mafioso se convierte en una explotación agrícola; una propiedad confiscada se convierte en una empresa; una tierra que había generado miedo genera empleo.
Ya de vuelta
De vuelta hacia Barcelona, después de unos maravillosos días por Palermo y la Sicilia occidental, de camino al aeropuerto, al pasar por el punto donde estalló la bomba y asesinaron al juez Falcone, mi imagen ya no es exactamente la misma.
La memoria de Falcone y Borsellino sigue siendo presente. La Cosa Nostra también, porque no sería serio ni realista afirmar que la mafia ha desaparecido. Ha recibido golpes extraordinarios, ha perdido parte de su poder territorial y ha sido perseguida como nunca, pero sigue siendo una realidad criminal. Quizás hoy en un formato menos visible y más discreto. Sin embargo, hay que estar siempre alerta y no bajar nunca la guardia. Como el escorpión, puede atacar cuando menos te lo esperas; es su naturaleza.
Ahora, sin embargo, hay otra cosa que se ve mejor: la lucha contra la mafia ha sido, y es, la historia de los jueces que la persiguen incansablemente. Es también la historia de los campesinos que reclamaron la tierra, de los sindicalistas que organizaron a los jornaleros, de las asociaciones que reclamaron la reutilización social de los bienes confiscados y de los cooperativistas que han ayudado a convertir aquellas ideas en proyectos empresariales viables.
La lucha contra un sistema de poder no consiste solo en destruirlo. También consiste en ocupar el espacio que deja para transformarlo.
Y quizás aquí encontramos una de las lecciones más interesantes de Sicilia: la lucha contra un sistema de poder no consiste solo en destruirlo. También consiste en ocupar el espacio que deja para transformarlo.
La mafia había convertido, desde siempre, la tierra en poder. La sociedad ha intentado convertirla en patrimonio social. La mafia había utilizado las relaciones económicas y el terror para imponer dependencia y sumisión. Las cooperativas intentan utilizarlas para generar autonomía. Había impuesto silencio. Estas iniciativas intentan generar confianza y libertad.
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