La economía catalana encadena diversos años de crecimiento sólido. Tras la fuerte recuperación pospandemia, la actividad ha mantenido un dinamismo notable. El crecimiento del PIB de los últimos años ha sido muy superior al de la Unión Europea (UE), llegando a superarlo en más del triple, hecho que sitúa a Catalunya entre las economías más dinámicas de su entorno, tal como recoge el último informe de coyuntura de la Cambra de Comerç. Las previsiones para 2026 apuntan a un crecimiento de entre el 2,1% y el 2,4%, una tasa inferior a la de los años inmediatamente anteriores, pero aún claramente superior a la media de la zona euro, situada en torno al 1,2% (Informe de Perspectivas Económicas 2026 de Pimec). El ritmo se modera, pero el crecimiento continúa siendo robusto.
Sin embargo, este buen comportamiento macroeconómico no se está traduciendo en una mejora del bienestar de la población. Según datos recientes del Idescat, el 24,8% de la población catalana se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social, una proporción que ha aumentado a pesar del crecimiento económico, y una parte de estas personas tienen trabajo. Cuando el crecimiento no se traduce en una mejora clara del acceso a la vivienda, la movilidad, la sanidad o la educación, el bienestar se estanca o retrocede
Las previsiones para 2026 apuntan a un crecimiento de entre el 2,1% y el 2,4% de la economía catalana
Durante décadas, el PIB ha sido el principal termómetro del progreso. Esta equivalencia, sin embargo, es cada vez más cuestionada. Un estudio reciente de Albert Buscà y Albert Carreras sobre el Índice Europeo de Progreso Social muestra que Catalunya presenta un nivel de progreso social inferior al que le correspondería por su nivel de renta. En otras palabras, el país genera riqueza, pero no la convierte en bienestar social con la misma eficacia que otras regiones europeas comparables. Este índice incorpora dimensiones como la vivienda, la salud, la educación, la seguridad, el medio ambiente o los derechos personales, y pone de manifiesto que el progreso social no depende solo de cuántos recursos se generan, sino de cómo se transforman en mejoras reales para la vida de las personas.
Una de las principales debilidades del modelo actual es la vivienda. La falta de oferta y el elevado coste, especialmente en las áreas urbanas, dificultan la emancipación de los jóvenes, tensionan muchas familias y afectan negativamente la cohesión social y la calidad de vida. Este problema se ve agravado por el colapso en infraestructuras y movilidad, que penalizan especialmente a las personas que viven fuera de las zonas de mayor atracción económica.
Otro reto estructural es el capital humano. Catalunya hace un esfuerzo considerable en educación, pero una parte relevante del talento formado aquí acaba desarrollando su carrera en el extranjero. El caso de los médicos y del personal de enfermería es especialmente ilustrativo: muchos jóvenes marchan a países con mejores condiciones laborales y profesionales, mientras el sistema sanitario ha de cubrir vacantes con profesionales formados fuera. Es una aportación positiva y necesaria, pero pone de manifiesto una paradoja clara: invertimos en formación, pero no siempre somos capaces de retener el talento que generamos.
A esta pérdida de talento se le añade un desajuste persistente entre el sistema educativo y las necesidades del tejido productivo. No se generan suficientes perfiles intermedios y técnicos, especialmente de formación profesional, que son los más solicitados por las empresas. Este desencaje ayuda a explicar por qué cuesta cubrir puestos de trabajo incluso en un contexto en el que Catalunya presenta una de las tasas de paro más elevadas de la Unión Europea
En este contexto, la inmigración ha devenido un elemento clave para sostener el mercado laboral y cubrir vacantes en diversos sectores. La llegada de personas de otros países es imprescindible para mantener la actividad económica, pero también añade presión sobre la vivienda, los servicios públicos y las infraestructuras. Además, una parte del crecimiento reciente se ha basado más en el aumento de la población ocupada que en mejoras de productividad. Cuando esta ocupación se concentra en sectores de bajo valor añadido, el crecimiento del PIB no se traduce en un aumento del PIB per cápita. En las primeras fases de integración, el balance fiscal neto suele ser negativo, hecho que incrementa la presión sobre el estado del bienestar y hace aún más urgente avanzar en políticas de inclusión social, formación, integración laboral y mejora de la productividad.
A todo esto se añaden otros frenos estructurales. La burocracia es identificada por muchas empresas como un obstáculo relevante para su actividad, mientras que la productividad continúa distanciándose de la media europea. En un contexto de costes laborales al alza y dificultades crecientes para encontrar talento, mejorar la productividad es una condición imprescindible para sostener competitividad, márgenes y salarios.
El reto no es crecer más, sino crecer mejor: convertir el crecimiento en bienestar, reducir desigualdades y garantizar oportunidades reales para todos
Catalunya tiene una economía dinámica, que crea empleo y crece por encima de su entorno europeo. Pero este buen comportamiento no puede ocultar la necesidad de revisar algunos rasgos clave del modelo económico y social que muestra signos de agotamiento. El reto no es crecer más, sino crecer mejor: convertir el crecimiento en bienestar, reducir desigualdades y garantizar oportunidades reales para todos. Esto exige grandes consensos de país en ámbitos como la financiación autonómica, el turismo, la inmigración, las infraestructuras, la vivienda, la sanidad o la educación.
Para avanzar, es necesario disponer de un espacio estable de consenso entre los principales agentes políticos, empresariales y sociales para abordar aquellas políticas que requieren una mirada larga y estabilidad, al margen de la confrontación partidista. En definitiva, necesitamos un espacio que piense en las próximas generaciones, y no solo en las próximas elecciones. Sin continuidad ni visión compartida, el crecimiento, basado en un modelo agotado, será frágil y desigual, y difícilmente se traducirá en mejoras reales de bienestar. Conseguir y preservar estos consensos es una condición indispensable para avanzar como país