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Un mundo inquietante, pero no peor que antes

El reto de hoy no es tanto la falta de recursos como la capacidad de gestionarlos bien

Vivimos en un mundo inquietante, y a la vez, en un mundo que nunca había dispuesto de tanta capacidad para generar bienestar | iStock
Vivimos en un mundo inquietante, y a la vez, en un mundo que nunca había dispuesto de tanta capacidad para generar bienestar | iStock
Oriol Amat | VIA Empresa
Catedrático de la UPF BSM y presidente del Obstervatori de la PIME de Pimec
Barcelona
07 de Enero de 2026 - 04:55

La incertidumbre económica, política y social se encuentra en niveles máximos. La percepción dominante es que el mundo va mal, que todo se acelera y que los riesgos se acumulan. Este clima de inquietud no es imaginario: tiene fundamentos reales. El contexto actual es especialmente complejo. La rivalidad entre los Estados Unidos, la China y Rusia condiciona la geopolítica y el comercio; y Europa tiene un problema serio de gobernanza y liderazgos.

 

Estados Unidos ha acelerado una política exterior más unilateral en diversos escenarios internacionales, mientras China insiste en que no renunciará a Taiwán. La guerra entre Rusia y Ucrania ha devuelto el riesgo geopolítico al centro de Europa, mientras el conflicto entre Israel y Hamás, con Irán como actor clave, mantiene Oriente Medio en tensión. Al mismo tiempo, muchas economías desarrolladas afrontan problemas internos persistentes. La crisis de la vivienda erosiona la calidad de vida y las expectativas de las generaciones más jóvenes. La telaraña burocrática y la fragmentación política dificultan las reformas estructurales y alimentan la desconfianza en las instituciones, un terreno fértil para el ascenso de los extremismos como respuesta a la sensación de inseguridad económica y social. La inmigración ocupa también un lugar central en este debate. Una llegada elevada y sin políticas eficaces de acogida, formación, vivienda e integración, aumenta la presión sobre el estado del bienestar y debilita la cohesión social.

La rivalidad entre Estados Unidos, China y Rusia condiciona la geopolítica y el comercio; y Europa tiene un problema serio de gobernanza y liderazgos

La disrupción tecnológica añade una capa adicional de incertidumbre. La cuarta Revolución Industrial, con la inteligencia artificial en el centro, eleva significativamente la productividad, pero también puede dejar atrás colectivos enteros si no se invierte bien en formación y no se adaptan los sistemas productivos. En paralelo, muchos mercados financieros —bolsa, empresas tecnológicas, criptomonedas— muestran riesgos de burbuja. A todo esto se suma el aumento de los desastres naturales asociados al cambio climático y el riesgo de irrupción de nuevas pandemias. No es extraño, en este contexto, que crezcan los problemas de salud mental y la percepción de inseguridad, especialmente entre los jóvenes: según la Organización Mundial de la Salud, los trastornos de ansiedad y depresión han aumentado cerca de un 25% a escala global tras la pandemia. Todo ello explica la inquietud actual. No todos estos riesgos tienen el mismo impacto en todas partes ni afectan de la misma manera a todas las personas, pero su simultaneidad alimenta una percepción generalizada de inseguridad. Pero para saber si realmente vivimos peor que antes hay que poner estos riesgos en perspectiva histórica.

 

Si retrocedemos 200 años, la esclavitud era una institución legal en muchos países. El hambre era una amenaza constante y estructural. El influyente economista inglés Thomas Malthus advirtió del riesgo de que el crecimiento de la población superara la capacidad de producción de alimentos, un temor ampliamente compartido en la época. Las crisis de subsistencia eran recurrentes, la mayor parte de la población mundial era pobre y la esperanza de vida global apenas llegaba a los 30 años. Las epidemias y la mortalidad infantil formaban parte de la normalidad cotidiana. A este contexto se añadía una fuerte inestabilidad política y social. Europa aún vivía las consecuencias de la Revolución Francesa, con episodios de violencia, represión y cambios institucionales abruptos. En Asia, los conflictos entre China y Japón marcaban el equilibrio regional, mientras en Europa central el Imperio Austrohúngaro gestionaba tensiones territoriales y nacionales constantes. La primera revolución industrial incrementó la producción, pero también sacudió profundamente el mundo agrario, provocó despoblación rural, crecimiento desordenado de las ciudades y condiciones de vida muy duras para grandes capas de la población. El riesgo no era perder bienestar, sino simplemente morir de hambre. En las fábricas las jornadas laborales eran de 12 horas, 6 días a la semana: 72 horas por semana. Hay que añadir que la mayor parte de la población no tenía derechos políticos ni civiles efectivos, con sistemas legales que protegían sobre todo a las élites. Por lo tanto, no parece un contexto mejor que el de hoy

Hace 100 años, el mundo todavía estaba profundamente marcado por la Primera Guerra Mundial. La pobreza y el hambre continuaban siendo masivas, las democracias eran frágiles y la inestabilidad política estaba generalizada. El riesgo de un nuevo conflicto global era alto, como acabaría demostrando la Segunda Guerra Mundial. La gripe española causó cerca de 50 millones de muertes en todo el mundo, en un contexto sin vacunas efectivas ni sistemas sanitarios capaces de dar una respuesta coordinada. Se trata de una cifra muy superior a la registrada durante la reciente pandemia de la covid-19, para la cual se desarrollaron y desplegaron vacunas eficaces en menos de un año. Esto ayuda a entender hasta qué punto la vulnerabilidad sanitaria era estructural, no excepcional. La esperanza de vida mundial había mejorado ligeramente, pero se situaba todavía alrededor de los 45 años. La segunda revolución industrial aceleraba el cambio tecnológico, pero también generaba fuertes tensiones sociales, y en este entorno, los populismos y los extremismos ganaban fuerza. La jornada laboral era normalmente de 10 horas 6 días por semana: 60 horas. Lo que hoy conocemos como estado del bienestar —enseñanza pública, sanidad pública, sistema de pensiones, salario mínimo o subsidio de desempleo— era entonces prácticamente inexistente, de modo que una crisis económica o una enfermedad podían llevar rápidamente a la pobreza. En este sentido, tampoco aquel contexto parece mejor que el actual.

El contraste con hoy es, sin embargo, revelador. Paradójicamente, en un momento de mayor bienestar material agregado, la cohesión social y la confianza en el progreso se han debilitado. Y a pesar de esta percepción, los datos de largo plazo son claros: según el Banco Mundial y las Naciones Unidas, la proporción de población mundial que vive en pobreza extrema ha pasado de más del 80% a inicios del siglo XIX a menos del 10% hoy. La esperanza de vida global ha aumentado de unos 30 años a cerca de 73, y en Cataluña ya supera los 84. El hambre no ha desaparecido, pero afecta a una parte mucho menor de la humanidad que en cualquier otra etapa histórica. El progreso también es evidente en otras dimensiones clave del bienestar. El analfabetismo, que hace solo un siglo era mayoritario, se ha reducido de manera drástica: hoy más del 85% de la población adulta mundial sabe leer y escribir. Al mismo tiempo, la situación de las mujeres ha mejorado de manera significativa. El derecho de voto femenino, antes excepcional, es hoy casi universal; la participación de las mujeres en la educación y el mercado laboral ha crecido. Son avances incompletos y desiguales, pero esenciales para entender por qué, a pesar de los riesgos actuales, el bienestar humano ha ido mejorando de manera sostenida. Uno de los elementos más preocupantes del momento actual es la pérdida de ilusión colectiva sobre el futuro. Hace unas décadas, a pesar de las dificultades, predominaba la idea de que la próxima generación viviría mejor; hoy esta expectativa se ha debilitado. La pérdida de esperanza ayuda a entender por qué la percepción del presente es a menudo más negativa que la realidad que muestran los indicadores objetivos.

El analfabetismo, que hace solo un siglo era mayoritario, se ha reducido de manera drástica: hoy más del 85% de la población adulta mundial sabe leer y escribir

El realismo obliga a reconocer los riesgos; la responsabilidad, a no quedarse paralizados. El reto de hoy no es tanto la falta de recursos como la capacidad de gestionarlos bien. Vivimos en un mundo inquietante, al mismo tiempo, también en un mundo que nunca había dispuesto de tanta capacidad para generar bienestar. Los instrumentos están ahí. La diferencia la marcará el uso que hagamos de ellos, tanto en las grandes decisiones colectivas como en las elecciones cotidianas de cada uno de nosotros. La historia nos recuerda que somos capaces tanto de lo peor como de lo mejor, y que el futuro depende, en gran medida, de las decisiones que tomamos hoy.