Camino hacia el Imperial College para asistir a la conferencia anual de la Royal Society Institute y caigo en la cuestión de que, en inglés, significa “la universidad del imperio”. ¿Qué imperio? Me pregunto. Hace tiempo que el imperio británico no es más que una ilusión del pasado, pero la verdad es que continúa muy presente todavía en muchos contextos del mundo, especialmente aquellos países que solo formalmente se han desvinculado de su influencia. No es que en nuestra casa tengamos nada que presumir en este aspecto, pero sí que, cada vez que vengo a Londres, me confronta la idea de cuántas cosas de Londres no pertenecen a Londres. Si bien la ciudad es un ejemplo vibrante de multiculturalidad, su geografía y su paisaje esconden terribles verdades del pasado, de problemas no resueltos, pero de historias que todavía no han terminado.
Nos han educado para no ver el colonialismo. No solo no verlo, sino ni siquiera percibirlo. El colonialismo se nos ha vendido como esta idea del pasado que no tiene nada que ver con nosotros, el Primer Mundo. Quizás algunos países del Tercer Mundo todavía no se han desarrollado lo suficiente para llegar a ello, pero nosotros, Occidente, no tenemos nada que ver. Sin embargo, cuando uno llega a una ciudad como Londres ve claramente que la ciudad está construida a partir de no los restos de otros imperios, sino de objetos, monumentos y piezas únicas que poco tienen que ver con el legado del país sin poner al descubierto su pasado colonial.
Si bien la ciudad es un ejemplo vibrante de multiculturalidad, su geografía y su paisaje esconden terribles verdades del pasado y de problemas no resueltos
Hoy Londres todavía tiene millones de piezas históricas y objetos valiosos provenientes de países que una vez fueron sus colonias. Unas cifras que muchos justifican con el valor histórico que tienen y la incapacidad de los países originales de preservarlas, argumentos que cada vez caen por su propio peso cuando empezamos a ver y escrutar todo lo que ha escondido el silencio colonial. Por ejemplo, el Museo Británico (British Museum) tiene una gran cantidad de piezas en su colección que provienen del extranjero: se calcula que un mínimo de 164.000 piezas de Irak, 120.000 de Egipto, 73.000 de diversos lugares del continente africano, 58.000 de China y 52.000 de la India.
De hecho, se calcula que entre el 90% y el 95% de todo el patrimonio cultural de África de carácter histórico se encuentra fuera del continente, concentrado principalmente en capitales europeas como Londres. Porque, claro, Londres es la predilecta, pero no la única que mantiene estas prácticas. Muchos países de lo que nos gusta llamar Tercer Mundo han comenzado reclamaciones oficiales abiertas sobre los objetos exhibidos en la ciudad que anteriormente se había conocido como “metrópoli”. Algunos de los procesos más famosos son los Bronces de Benín, que consisten en centenares de placas de bronce y esculturas de alto valor espiritual que, en el año 1897, fueron saqueadas por el ejército británico durante una expedición en la actual Nigeria.
De manera similar, los “Tabots” de Etiopía, unas placas religiosas de madera sagradas para la Iglesia Ortodoxa Etíope se han reclamado porque, según las leyes de su religión, no se pueden fotografiar, estudiar ni exponer. Los tesoros de oro de Maqdala o los mármoles del Partenón son otras piezas con reclamaciones similares, pero, como era de esperar, el antiguo imperio tiene un escudo legal que prohíbe a los grandes museos nacionales deshacerse de sus colecciones, oficialmente conocido como deaccessioning con normativas como la Ley del Museo Británico de 1963 y la Ley del Patrimonio Nacional de 1983. El gobierno se niega sistemáticamente a lo que, irónicamente, se consideraría un “vaciado” de los museos.
Pero no todo son malas noticias. Algunos museos han comenzado a tomar algunas medidas para revertir o, como mínimo, paliar las críticas en esta situación. Una es los “préstamos a largo plazo”, que son formatos donde las piezas se ceden las propiedades a países originarios. Esta práctica ya se ha hecho con países como Grecia o Nigeria, a pesar de que no ha tenido una recibida demasiado entusiasta por los países originarios, que lo consideran una humillación colonial continuada. Pero hay otros casos que demuestran que la restitución es posible. El Museo Horniman devolvió a Nigeria 72 objetos, incluidos doce Bronces de Benín. También el Jesus College de Cambridge y la Universidad de Aberdeen restituyeron Bronces de Benín en 2021.
El colonialismo no lo solucionaremos en un día, y queda claro que Londres no es la única ciudad del mundo que tiene este problema
En 2024, el Museo Victoria & Albert y el Museo de Bristol facilitaron el retorno a Ghana de 32 tesoros Ashanti, aunque mediante préstamos renovables. El Museo de Historia Natural también ha devuelto restos humanos a comunidades indígenas de Nueva Zelanda y Australia. Estos ejemplos muestran que devolver patrimonio no implica necesariamente vaciar los museos, sino establecer una cooperación más justa con los países y comunidades de origen y reconocer sus derechos culturales.
Durante décadas, como ya hemos dicho antes, los museos de Londres han justificado la conservación de piezas coloniales afirmando que estaban más seguras en la capital británica. Sin embargo, el robo de unas 2.000 piezas del Museo Británico por parte de un empleado que vendía las piezas en la plataforma en línea eBay (sin comentarios) ha debilitado gravemente este argumento. Claramente, el colonialismo no lo solucionaremos en un día, y queda claro que Londres no es la única ciudad del mundo que tiene este problema, pero mientras busco el aula donde tengo que entrar entre los laberínticos edificios, me pregunto si a alguien más le genera una gran incomodidad, que el lugar donde celebraremos una conferencia de geografía crítica se llame “imperial”.
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