Mientras continúa presentando sus grandes demostraciones a escala internacional, el ilusionista catalán Antonio Díaz, conocido como El Mago Pop, ha decidido que su espectáculo Nada es imposible solo se podrá ver en Barcelona. Con esta decisión, la ciudad suma un nuevo atributo de exclusividad: la capitalidad de la magia. No es solo una apuesta cultural, sino también una muestra de cómo Barcelona construye valor a través de experiencias singulares y de un modelo turístico basado en la diferenciación, no en el volumen.
Barcelona se puede contemplar desde dos enfoques. El primero la asocia a la imagen de un turismo de sol y playa barato y convencional; el segundo, a la cultura, a las escuelas de negocios y universidades que atraen talento internacional, a los acontecimientos deportivos, empresariales y tecnológicos, a los hubs de innovación y a la economía del conocimiento.
Es cierto que una parte de los visitantes se siente atraída por el contacto con el litoral y aprovecha la estancia para darse un chapuzón. Pero, a pesar de disfrutar de un frente marítimo espléndido, este no es ni de lejos el principal atractivo de la ciudad. La evolución de las últimas décadas la ha orientado hacia un modelo de turismo urbano que no depende de este recurso natural —y menos aún con el tono despectivo con que a menudo se califica— y mucho más con otros valores asociados a la marca Barcelona.
Greg Clark, referente internacional en estrategia urbana, que intervino ayer en la Cámara de Comercio de Barcelona en la presentación del Observatorio de Economía Urbana, recordaba que el turismo óptimo es aquel en el que los visitantes interactúan con la cultura, el conocimiento y la creatividad: “Un turismo que apoya los sectores prioritarios, fortalece las relaciones internacionales, sostiene la actividad durante todo el año y mejora la vida cotidiana de los residentes”.
Clark: “Un turismo que apoya los sectores prioritarios, fortalece las relaciones internacionales, sostiene la actividad durante todo el año y mejora la vida cotidiana de los residentes”
Si en 1992 la ciudad se abrió al mar, hace tiempo que desarrolla un modelo de turismo urbano diversificado, inscrito plenamente en la economía de la experiencia. El flujo continuo de visitantes a lo largo del año no solo impulsa los servicios de alojamiento, sino que incrementa la actividad productiva en múltiples sectores industriales. El turismo genera así un doble efecto multiplicador.
Como consecuencia, se ha consolidado como una oferta estable de empleo y como un espacio de integración laboral para la nueva inmigración, al tiempo que favorece la aparición de nuevas profesiones de calidad. En el año 2000, el porcentaje de extranjeros en Barcelona se situaba en torno al 5%; hoy supera el 30%, según el Institut Metròpoli. La conectividad internacional y la interconexión global facilitan la creatividad gastronómica, la especialización comercial, el aumento de asistentes a congresos empresariales y tecnológicos o a espectáculos culturales, y atraen sedes de multinacionales que difícilmente se instalarían si la ciudad no estuviera bien posicionada en el mapa mundial.
Tensiones
Es evidente que este modelo genera tensiones: concentración de visitantes, presión sobre el espacio urbano, encarecimiento de la vivienda, congestión de los puntos más frecuentados o ruido. Son impactos que hay que gestionar con determinación.
Ahora bien, una cosa es jibarizar el modelo y propugnar su decrecimiento —como algunos proponen de manera simplista— y otra muy diferente ordenar su actividad. El objetivo debe ser compatibilizar el desarrollo turístico con el bienestar de los residentes mediante políticas de sostenibilidad, gestión de flujos y desestacionalización: menos volumen y más calidad, en la línea en que trabajan Turisme de Barcelona y el Ayuntamiento.
Hay dos miradas sobre el turismo: la que lo ve como un problema a reducir y la que lo entiende como un activo estratégico a gestionar mejor
El documento del Círculo de Economía sobre el modelo turístico que acaba de publicar va en esta línea. Después de una serie de andanadas desde distintas esferas tildando la productividad turística de baja y que se deben adoptar estrictamente políticas en favor de la industria, da un toque de alerta: “Las métricas actuales son insuficientes para capturar la complejidad del fenómeno turístico. Hay un riesgo de quedar atrapados en paradojas aparentes si no se afina el instrumental de medida. Por lo tanto, la primera prioridad debe ser resolver las discrepancias técnicas sobre cómo cuantificar la productividad real del sector”.
En definitiva, hay dos miradas sobre el turismo: la que lo ve como un problema a reducir y la que lo entiende como un activo estratégico a gestionar mejor. Para una ciudad abierta y global como Barcelona, el reto no es renunciar al turismo, sino gobernarle con inteligencia para que continúe generando prosperidad, cohesión social y proyección internacional.