Los nudos marineros son pan comido al lado del nudo gordiano en el que vivimos hoy. Los avances de los últimos cincuenta años en la conquista del bienestar —económicos, sociales, de salud, de derechos individuales y de confort personal— han entrado, de golpe, en una vorágine. Todas las fuerzas se han desatado a la vez y, en medio del remolino, el ambiente se vuelve irrespirable. Algunos confían en un Alejandro Magno que corte el nudo gordiano de un tajo; la mayoría creemos que no hay ningún gesto heroico que nos ahorre el trabajo.
El nudo de los servicios públicos
Asistimos en nuestro país a incidentes graves en las infraestructuras. El descarrilamiento del tren más rápido y moderno, con víctimas mortales, hace cuestionar si las inversiones son suficientes y adecuadas. Ocurre lo mismo con la sanidad, la educación, la vivienda, el transporte o la dependencia: pilares básicos del bienestar que crujen.
Cada vez la sociedad reclama más recursos porque la población envejece, llegan inmigrantes para sostener la actividad económica, la transformación tecnológica exige nuevas competencias y aparecen necesidades sociales más complejas. Los costes se disparan. Ante esta constatación, aumentan los impulsos hacia la privatización y hacia la reducción de impuestos —que a menudo van unidos—, una ecuación imposible. Sin una base fiscal justa, que todo el mundo contribuya según ingresos y patrimonio, no hay estado del bienestar viable. Algunas privatizaciones pueden mejorar la eficiencia; muchas otras acaban socializando pérdidas y privatizando beneficios.
Un primer hilo, bien tenso.
El nudo del poder
Cuando los plutócratas deciden gobernar el mundo, aspiran a configurarlo con criterios estrictamente empresariales, propios de las grandes fortunas, de los fondos de inversión y de las plataformas digitales. La economía necesita empresas fuertes, pero la política debe gobernar para todos los ciudadanos.
Los sistemas democráticos son imperfectos, pero han sido un componente indispensable de la creación de riqueza contemporánea. Con el tiempo se han ido refinando: solo hay que compararlos con los modelos de George Washington o Thomas Jefferson, y aún más con las antiguas repúblicas griega o romana. Aun así, la sensación ciudadana es clara: votamos, pero no decidimos. Cuando la democracia se vacía de contenido y solo legitima decisiones tomadas lejos del votante, se convierte en decorado y abre la puerta al autoritarismo y al populismo.
Cuando la democracia se vacía de contenido y solo legitima decisiones tomadas lejos del votante, se convierte en decorado y abre la puerta al autoritarismo y al populismo
Este desencaje es uno de los hilos más gruesos del nudo.
El nudo de la desigualdad
Cuando las ganancias se concentran en la parte alta de las rentas, las clases medias se adelgazan y se ensancha la franja de los vulnerables. El viejo pacto por el estado del bienestar prometía meritocracia y ascensor social. Hoy este ascensor se ha estropeado.
Los cambios tecnológicos, en lugar de ampliar oportunidades, a menudo concentran aún más la renta. Es un nudo silencioso, pero profundo, que explica muchas decisiones electorales: si no avanzamos, rompemos la baraja.
El nudo generacional
Los baby-boomers hablan de esfuerzo, estabilidad y propiedad. Los mileniales y la generación Z hablan de precariedad, movilidad forzada y alquileres imposibles. Unos crecieron en expansión; los otros, en crisis permanente.
Unos crecieron en expansión; los otros, en crisis permanente. No es una guerra cultural: es una experiencia vital radicalmente diferente
Los mileniales reprochan a los baby-boomers que la factura de las pensiones es demasiado alta, que les cierran oportunidades laborales y que han heredado una sociedad llena de incertidumbres. Los baby-boomers, en cambio, aspiran a vivir tranquilos después de años de trabajo intenso, habiendo construido un cierto patrimonio y mejorado las oportunidades de sus hijos. No es una guerra cultural: es una experiencia vital radicalmente diferente. Y el nudo se aprieta.
El nudo de la productividad
Reducir la jornada o ampliar permisos no tiene por qué reducir la productividad. Confundir horas con rendimiento es un error antiguo. La productividad depende de organización, tecnología, formación y motivación.
Durante décadas hemos medido el trabajo como si fuera una fábrica del siglo XX: fichar, cumplir horarios, acumular presencia. Pero la economía actual es, sobre todo, conocimiento y servicios. Y en este terreno, lo más importante es la eficiencia, no el tiempo calentando silla.
Dos empresas con los mismos trabajadores pueden obtener resultados radicalmente diferentes solo por cómo se organizan: procesos claros o burocracia interna, autonomía o microgestión, reuniones útiles o reuniones infinitas. Demasiado a menudo la jornada se llena de tareas que parecen trabajo, pero no crean valor: correos innecesarios, informes que nadie lee, validaciones en cadena, presentismo estéril.
Dos empresas con los mismos trabajadores pueden obtener resultados radicalmente diferentes solo por cómo se organizan
A esto se añade la tecnología mal utilizada. Herramientas digitales que debían simplificar acaban multiplicando contraseñas, plataformas e interrupciones constantes. No ahorran tiempo: lo fragmentan.
La paradoja es evidente: mientras discutimos si trabajamos demasiado poco, perdemos cada día horas enteras en ineficiencias que nadie cuenta. Quizás la pregunta no es cuántas horas trabajamos, sino cuántas horas realmente productivas tenemos.
Otro hilo enredado.
Nudos cotidianos
A todo esto se suman los pequeños nudos de cada día, menos visibles, pero igualmente asfixiantes: los transportes que no llegan a tiempo, los atascos diarios, la cita previa imposible, la burocracia, la fatiga digital, las suscripciones invisibles, las dudas constantes sobre los precios. Son microficciones que nos roban tiempo, dinero y energía mental. Nos hacen menos productivos y más cansados. No nos bloquea un muro; nos inmovilizan mil hilos diminutos.
¿Cortar o deshacer?
La mitología explica que en Gordio había un carro atado con un nudo tan enredado que nadie podía deshacerlo. El oráculo decía que quien lo consiguiera gobernaría Asia. Alejandro Magno, impaciente, no perdió tiempo: sacó la espada y lo cortó de un solo tajo.
Desde entonces, el nudo gordiano simboliza la tentación de las soluciones expeditivas. En la historia hemos visto unos cuantos ejemplos: Julio César, Napoleón, Lenin, Atatürk o Franco. El denominador común es la impaciencia ante la complejidad: concentrar poder, simplificar por la fuerza y decidir sin negociar. A veces resuelven; a menudo crean nudos aún más duros.
Ante un nudo hay dos actitudes. Cortarlo de un golpe seco, con épica y autoridad. O deshacerlo hilo a hilo, con paciencia, negociación y consenso. La primera es rápida y espectacular. La segunda es lenta y pesada, pero acostumbra a ser más duradera.
Ante un nudo hay dos actitudes. Cortarlo de un golpe seco, con épica y autoridad. O deshacerlo hilo a hilo, con paciencia, negociación y consenso
Quizás el nudo no es solo un problema, sino también el síntoma natural de sociedades complejas. Las sociedades simples no tienen nudos: solo órdenes y silencios.
Deshacer un nudo cuesta. Hay que estirar, aflojar y volver a intentarlo. Es la paciencia del marinero, no el heroísmo del mito. Los liliputienses pudieron inmovilizar al gigante Gulliver, de Jonathan Swift, cuando estaba dormido. Miles de cordeles pequeños lo hicieron posible. El reto de nuestro tiempo es justamente este: no confiar en espadas salvadoras, sino ir desatando, uno a uno, los hilos de nuestro propio nudo gordiano.