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Barcelona y el comercio urbano de proximidad: el modelo que Europa acaba reconociendo

Si desaparece el pequeño comercio no solo cierran tiendas: se apagan calles, se vacían barrios y la ciudad pierde su alma económica

Barcelona, premiada como Capital Europea del Comercio de Proximidad 2026 | Cedida
Barcelona, premiada como Capital Europea del Comercio de Proximidad 2026 | Cedida
Josep-Francesc Valls es uno de los grandes expertos en la clase media | Marc Llibre
Profesor y periodista
Barcelona
03 de Febrero de 2026 - 04:55

Después de unos cuantos años persiguiéndola, finalmente el Parlament y la Comisión Europea han otorgado a Barcelona, por primera vez, la capitalidad europea del comercio de proximidad. No ha sido una casualidad. Al contrario. Es el reconocimiento a más de veinte años de trabajo sostenido de los tenderos barceloneses integrados en los barrios desde 2004, cuando el malogrado Joan Mateu y un grupo de esforzados comerciantes crearon la Fundació Barcelona Comerç, que hoy agrupa 23 ejes comerciales y cerca de 25.000 establecimientos de proximidad.

 

A principios de milenio no era nada fácil encontrar una fórmula asociativa eficaz para el pequeño comercio en medio del crecimiento fulgurante de los centros comerciales, las grandes marcas y las franquicias internacionales. Joan Mateu, Vicenç Gasca y Pròsper Puig —actual presidente de los ejes—, con la complicidad indispensable de Albert González, entonces director de Comercio del Ayuntamiento, impulsaron un modelo diferente de los formatos tradicionales. Su intuición era clara: el comercio de proximidad no es solo paisaje urbano ni tradición; es estructura productiva.

A pesar de la presión creciente de los grandes operadores, este modelo continúa aportando alrededor del 13% del PIB local y más de 150.000 puestos de trabajo directos. Pocos sectores tienen una incidencia tan capilar sobre la economía urbana

 

Barcelona necesitaba una fórmula propia. Ni los gremios ni las uniones clásicas de tenderos daban respuesta a la complejidad de una gran metrópoli. Hacía falta una figura flexible —el eje comercial— capaz de respetar la identidad de cada barrio y, al mismo tiempo, actuar coordinadamente a escala de ciudad y dialogar con las instituciones. El terreno, además, era propicio. Lluís Alegre, consejero de Comercio, Consumo y Turismo de la Generalitat, situó el asociacionismo comercial en el centro de la política pública, mientras Santiago Pagès, desde las Cámaras de Comercio, impulsaba la profesionalización empresarial del sector. La suma de estas miradas consolidó una idea que hoy parece evidente: el comercio local no se debe proteger por nostalgia, sino porque es imprescindible para el funcionamiento de la ciudad.

Ni los gremios ni las uniones clásicas de tenderos daban respuesta a la complejidad de una gran metrópoli

Por tres motivos: da vida a la calle y evita la desertización urbana; garantiza proximidad y diversidad de oferta que otros formatos no cubrirían por sí solos; y actúa como espacio de cohesión social, como punto de encuentro de primer nivel. Es, en definitiva, una infraestructura económica invisible indispensable

El pendiente

Las crisis de 2008 y de 2020, con la pandemia, hicieron estragos en el sector. En poco tiempo, el poder se desplazó de los fabricantes a los distribuidores. Se consolidaron los grandes grupos comerciales, los supermercados de marca propia y las plataformas tecnológicas, mientras el comercio minorista —que había reinado históricamente— perdía centralidad. La debilidad financiera de muchas tiendas, la presión de los alquileres, la falta de relevo generacional, los nuevos hábitos de compra, la pérdida de poder adquisitivo de las clases medias y la competencia del bajo coste hicieron inviables miles de negocios. Se estima que, de los 300.000 pequeños comercios que había en España en 2010, entre un 30% y un 40% han desaparecido en 2025.

Se estima que, de los 300.000 pequeños comercios que había en España en 2010, entre un 30% y un 40% han desaparecido en 2025

La capitalidad no es un premio simbólico. Europa no ha hecho nada más que reconocer el liderazgo de Barcelona en la reivindicación del valor del comercio de proximidad a escala continental. También avala la tarea de la Fundació Barcelona Comerç en la creación de Les Vitrines d’Europa, una red de organizaciones de comerciantes de Italia, Portugal, Bélgica y Francia que constituye el primer embrión de un asociacionismo comercial europeo. Con este reconocimiento se expresa la voluntad de organizar el sector a escala continental para gestionar mejor los espacios comerciales urbanos y reforzar la competitividad y la cohesión social de las ciudades.

Después del terremoto, el mensaje es claro: el futuro de las ciudades europeas pasa también por el comercio de proximidad. Y Barcelona llega con ventaja, gracias a tenderos que han hecho crecer sus negocios abriendo nuevos puntos de venta, se han especializado, se han orientado al turismo, fabrican productos propios o han apostado por la multicanalidad y el comercio en línea. La resiliencia está en la raíz de este colectivo y les está dando resultados: el último Índice de Comercio al por menor del INE confirma que el pequeño comercio español, excepto el alimentario, gana terreno en 2025; el barcelonés constata este repunte.

Todo junto abre una oportunidad estratégica. El reto de los ejes es aprovechar los recursos europeos para acelerar la profesionalización, la digitalización y las alianzas de compra y comercialización; recuperar clientela; reducir costes y ganar escala y margen; rentabilizar mejor el espacio comercial; consolidar los APEU con el Ayuntamiento —que por un motivo u otro nunca acaban de desplegarse— y competir mejor en un entorno dominado por gigantes globales.

Porque si desaparece el pequeño comercio no solo cierran tiendas: se apagan calles, se vacían barrios y la ciudad pierde su alma económica. Y una ciudad sin comercio de proximidad no es más moderna. Es, sencillamente, una ciudad más pobre