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La economía holgazana, la de las palabras

Con cuatro librerías por cada 100.000 habitantes entre el Penedès y el Garraf, la decadencia intelectual avanza a golpe de narrativas anoréxicas y autores mediáticos

Detalle de una estantería llena de libros | Fernando Rincon (iStock)
Detalle de una estantería llena de libros | Fernando Rincon (iStock)
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Coordinador general de la Mancomunitat Penedès-Garraf
05 de Mayo de 2026 - 04:55

En su Evangelio según Jesucristo, Saramago inventa un aforismo magistral según el cual “no es tanto querer decir amor y que la lengua no llegue; es tener lengua y no llegar al amor”. Así de irreverente; a caballo de la concupiscencia y la provocación.

 

De economías, las hay de todos los colores. No me han dejado ningún pantone para designar la economía de la lengua, también citada como la economía lingüística; que no, lingual. A diferencia de todas las demás, esta no gestiona recursos escasos. Malbarata la riqueza y desaprovecha los legados gramaticales y léxicos; los maltrata, incluso.

La economía de las palabras es la del mínimo esfuerzo; la economía gandula. El mismo literato portugués escribió que la vida está llena de palabras que no valen la pena 

La economía de las palabras es la del mínimo esfuerzo; la economía perezosa. El mismo literato portugués escribió que la vida está llena de palabras que no valen la pena y que las palabras tan solo son piedras puestas para cruzar la corriente de un río; solo están para llegar al otro lado. Aun así, Saramago sobresalió con la supresión de los signos de puntuación, pero nunca omitió las palabras. Ni siquiera él se lo podía permitir.

 

Algunos interpretan la economía del lenguaje como la optimización de los activos gramaticales, en el sentido de exponer las ideas con el mínimo número posible de signos o fonemas, como si quisiéramos aplicar una métrica de productividad y ratios de eficiencia en la comunicación personal. Quizás se trata de propiciar en el emisor un ahorro de sus cuerdas vocales o bien prorrogar la longevidad del teclado.

De la mano de la pereza pasea por las librerías la decadencia intelectual, a resultas de la penuria lectora que se decanta por las modas panfletarias, los autores mediáticos y las narrativas anoréxicas. Así se explica que en los últimos años un grupo planetario haya otorgado sus premios fastidiosos a determinados escribientes en demérito de los escritores. Lo importante no es la rosa, Gilbert; es vender libros, aunque no se lean, porque pronto no habrá dios que lo haga.

La economía perezosa castiga a las librerías de toda la vida. Hoy la gestión de una tienda de libros es un ejercicio de bohemia terca, a pesar de que se trata de un sector bastante regulado en cuanto a los precios de venta al público y, por lo tanto, no debería sucumbir al comercio electrónico. Los valores añadidos que, con su conocimiento, a menudo aportan los libreros y las libreras no los pueden sustituir las compañías amazónicas. Suerte tenemos.

Aun así, en las afueras de Barcelona cada vez son menos los escaparates de libros. Entre el Penedès y el Garraf hay cuatro librerías por cada 100.000 habitantes. En Cataluña, la relación es de 5,2. Ahora bien, el 80% de los establecimientos están concentrados en Barcelona. En el conjunto del estado español la proporción es superior: 5,8 librerías.

Solo los manuales de autoayuda superan la tendencia a la baja; estos y los títulos proferidos por el marketing más prosaico, que es la cruzada de los fenicios. No me diréis que no se huelen los síntomas de un agotamiento cultural y un vacío catatónico del pensamiento. El paroxismo más execratorio es el balance entre los libros que se publican y los libros que se leen; quizás es que hay más autores que lectores, que vendría a ser lo mismo si hubiera más páginas que letras.

En las afueras de Barcelona cada vez son menos los escaparates de libros, y el 80% de los establecimientos están concentrados en Barcelona

De la mano de la pereza, además, late la dimisión de la expresión escrita y la elisión de caracteres -incluso de palabras enteras- que inopinadamente se consideran innecesarios. Podéis leer textos administrativos abominables, en los que las preposiciones desaparecen y la sintaxis se convierte en un chotis que no se mueve de la baldosa de la estulticia.

Podríamos decir lo mismo de los mensajes electrónicos, vencidos por la ambigüedad y el déficit de precisión por mor de una pereza expresiva. Cada día más, nos da pereza escribir bien y, tanto o más, no parece preocuparnos si aquello que estamos redactando será interpretado debidamente por parte del destinatario.

El santuario del despropósito es WhatsApp. Realmente, es una de las herramientas de interrelación más socializadora y más interesante desde el punto de vista de la comunicación, como también es un canal excepcional para promover afinidades de grupo; incluso, familiares. No es tan positivo el hecho de que su uso suponga la normalización de formas heterodoxas y alejadas de los cánones gramaticales. En este cobijo de chapuceros internautas podemos sumar la adopción de los irrenunciables “emoticonos” que contribuyen al empobrecimiento de la lengua y la vacuidad de los sentimientos. Puedo poner un corazón rojo y no me hace falta decir que te quiero.

Vuelvo a ello: no es tanto querer decir amor y que la lengua no llegue a ello; es tener lengua y no llegar al amor.

A la hora de redactar, la carencia de buenas maneras y la ignorancia de estilos se hermanan en unos perfiles de semejantes cada vez más adocenados. Precisamente porque el hecho de no leer despoja la habilidad de escribir, se echa de menos la diversidad de vocabulario. Como la Biblia, los diccionarios se han convertido en ediciones de culto.

Todavía nos debería preocupar más la infimidad en el índice de lectura de los más jóvenes. Alarmante. El problema no es que no se expresen en catalán; es que no saben expresarse. Desde el punto de vista intelectual, estamos apadrinando una generación de zombis, seguramente abducidos por dispositivos que provocan la alineación y el desinterés.

La factura de la economía holgazana nos puede salir muy cara.