• Territorio
  • Del gran 'pijo' del siglo XIX al estado decadente

Del gran 'pijo' del siglo XIX al estado decadente

Las facultades universitarias, las escuelas de negocios y, por qué no, las academias de verano deberían insertar la retórica asertiva y la escucha activa en sus programas

El Park Güell de Barcelona | iStock
El Park Güell de Barcelona | iStock
1604434214372
Empresario
12 de Marzo de 2026 - 04:55

Los más pícaros quizás me aceptaréis el reto de escurrir vuestra memoria olfativa y recordar olores pretéritos, aquellas fragancias de masculinidad nada disimulada. Olían a hombre del tiempo. Nada que ver con las colonias que hoy en día, sulfatadas por la publicidad más estulta, se anuncian en spots nasalizados con pronunciaciones pícaras que enronquecen la “r” francesa, quizás para enardecer las pretensiones más glamurosas de las pociones o quién sabe si para despreciar el intelecto del consumidor.

 

Los machos de generaciones pasadas -y quizás todavía- humedecían las pretensiones viriles con la frescura de masajes, bálsamos y aguas de colonia de marcas irreductibles. Fíjate, la colonia Varon Dandy ya ha cumplido 100 años y no os extrañe si la encontráis en envases de tamaño generoso, como si fuera al por mayor. Dicen que fue cosa de Joan Parera, de una perfumería badalonesa que no tenía nada que ver con el ancestral Anís del Mono, a pesar de la coincidencia de los cutáneos. Como ya es sabido, tiempo ha, el atractivo de los hombres era cuestión de pelo y las epidermis eran más toscas; que hoy tenemos la piel muy fina.

Más reciente -de esto solo hace cincuenta años- es la Brummel, de la casa Puig. El naming de ambas marcas de colonia tiene que ver con un personaje considerado como el árbitro del buen gusto y la elegancia y a la vez inspirador de los frikis pioneros de la presunción, también conocidos como dandis. Alias Beau Brummell, el londinense George Brummell (1778 - 1840) fue el precursor del dandismo. Era un modelo de refinamiento y exquisitez en la indumentaria y las buenas maneras. Emparejaba la búsqueda de la excelencia estética con la excentricidad y la pasión por sentirse halagado.

 

A resultas de aquella vanidad, Brummell fue provocador de nuevas tendencias, como el uso de determinados sombreros, guantes, bastones, pantalones largos y camisas de cuello alto. Innovó con el cabello al estilo Brutus, peinado rizado, corto y con mechones en la frente, e incluso promovió la moda de los pañuelos almidonados de cuello como signos de distinción que no tardaron en hacerse recurrentes entre la burguesía de la época; también la corbata y el frac, sin necesidad de pretexto y en cualquier ocasión. El pijo más grandilocuente del siglo XIX no trabajó nunca; de profesión, dandi. Eso sí, no acabó muy bien. Huyendo a Francia, pasó unos cuantos años en presidio porque no podía pagar las deudas contraídas por la elegancia obsesiva. El joven Baudelaire quizás lo justificaría con aquello de “hay que ser sublime sin interrupción” en medio de Las ilusiones perdidas de Balzac, también coetáneo y seguramente antagonista.

Se nos hace difícil encontrar referentes a tener en cuenta entre los discursistas, demasiado rancios por la falta de ventilación y la impenitencia de las siglas

Aún es ahora cuando nos perdemos entre el exhibicionismo y la imponderabilidad, que no es otra cosa que la falta de medida en el comportamiento. La incontinencia de los gestos y la morbosidad de las frases prefabricadas enmascaran déficits culturales de buena parte de nuestros parlamentarios, influenciadores y garganteros que, como aquellos publicistas de baja estofa, parecen menospreciar la audiencia. Se ha perdido el gusto por la palabra y el añorado idilio con la sintaxis conspicua. Se nos hace difícil encontrar referentes a tener en cuenta entre los discursistas, demasiado enmohecidos por la falta de ventilación y la impenitencia de las siglas.

En los estamentos políticos no abundan las actitudes magnánimas e indulgentes. La arquitectura del entendimiento parece cosa de maniobras, con actitudes torpes y a veces groseras. No hace falta aquella elegancia impostada. Ya no se lleva. Sí que conviene una serenidad mayor y una buena dosis de franqueza para no rehuir el diálogo y llegar a acuerdos, que es el único encargo que podemos hacer a nuestros mandatarios; que se entiendan y que nos lo pongan un poco más fácil.

Las facultades universitarias, las escuelas de negocios y, por qué no, las academias de verano, deberían insertar la retórica asertiva y la escucha activa en sus programas. Las mismas organizaciones políticas deberían resucitar la oratoria parlamentaria y educar las formas de sus dirigentes; también de las bases. Si no recuperamos las mejores maneras a la hora de decir y mostrarnos y si no restablecemos el estilo y la frescura del discurso depauperamos aún más la imagen de los representantes políticos y de otros escalones sociales y económicos.

No hace falta hacer inventario de los árboles caídos para entrever una cierta decadencia en las formas y en los contenidos

Desde el punto de vista práctico y llevado al terreno que más nos afecta, los comportamientos torpes y la orfandad de referentes entre los decisores de la política y la empresa nos aboca a escenarios de misceláneas nostálgicas. La militancia de intereses partidistas es otro tipo de fundamentalismo y la reiteración de la falta de consenso es un ataque contumaz a la economía del país y, consecuentemente, al logro de las mejores condiciones de vida de la ciudadanía y la continuidad de las instituciones que hacen latir la sociedad. No es necesario hacer inventario de los árboles caídos para entrever una cierta decadencia en las formas y en los contenidos. De esto se aprovechan los francotiradores apostados en el extremismo.

La postal en blanco y negro tampoco nos ayuda a la hora de atraer el interés de inversores y promotores de actividad. Hace demasiados años que oímos hablar de incertidumbre como justificación de la inacción. Debemos reaccionar, como ciudadanía más implicada y como país que tiene aspiraciones.