No sé muy bien qué nos quiere decir la Rosalía con su narrativa reduccionista. Sí que me vino de perlas para abrir la concha de esta cavilación.
Me preocupa que los escribientes y los cuaresmeros a menudo lancemos mensajes demasiado estrafalarios y a veces sin suficiente fundamento. La incontinencia verbal, la vanidad de sentirnos leídos y la obediencia sumisa del teclado -que es la música de las letras- son los aliados de determinadas afirmaciones que convendría sopesar antes de dar por buenos los artículos. No todo vale.
Sin la exigencia del código periodístico, a menudo los escritos de opinión contienen guirnaldas de figuras retóricas con las que los autores exhibimos nuestras ocurrencias. Es demasiado fácil recurrir a metáforas industriosas o incurrir en sinécdoques más pirotécnicas que acertadas. Podríamos ser igualmente geniales sin los socorros de hipérboles descosidas.
Redimidos estos veniales con los cuales unas y otras chapoteamos las oraciones por el afán de salpicar aquello que queremos decir con circunloquios sobrantes, nos deberíamos esforzar a exponer aquello que pensamos sin exagerar las cosas. O, como decimos en catalán, poner más pan que queso; o más burbujas que botellas.
Hace muchos años, cuando el sector del cava se industrializó, un directivo de una marca reconocida me confesaba que la tecnificación de los procesos había conseguido que fuera muy difícil fabricar un espumoso malo. En todo caso, como aseguraba otro cavista de renombre, la diferencia entre un buen cava o un cava excepcional era imputable, en esencia, a la calidad de la uva.
Ahora bien, entre los tres fabricantes catalanes que producen más botellas de espumoso, uno de ellos lo hace con un 20% de la plantilla, comparada con los otros dos. Con la irrupción de la robótica, la automatización y la logística han provocado un desequilibrio en las ventajas comparativas y, de rebote, en la competitividad de las empresas del mismo sector.
Entre los tres fabricantes catalanes que producen más botellas de espumoso, uno de ellos lo hace con un 20% de la plantilla, comparada con los otros dos
Así se explica que dos buques insignia del cava penedesense, como es el caso de Freixenet y Codorníu, cayeran en manos forasteras quizás sin ningún otro interés que los rendimientos de la inversión, como aquel que compra una barca para pescar cangrejos. No juzgaré el daño que han hecho estas y otras compañías adquiridas por meauvas o intervenidas por fondos de inversión. Sí que quiero acentuar que el Alt Penedès es mucho más que este par de mascarones de proas erráticas. No hay ninguna narrativa reduccionista que condene la comarca a una quiebra ineluctable.
La economía del Alt Penedès ya no es monovarietal ni depende de dos o tres grandes marcas, como tampoco de cajas de ahorros nuestras y otras reminiscencias feudales. Está claro que estas podían sacudir ocasionalmente el mercado de trabajo y afectar el entorno de proveedores, pero, con algunas excepciones, los efectos nocivos quedan disueltos en el auge de la gran despensa agroalimentaria, que hace de esta comarca una potencia emergente capaz de competir e incluso liderar mercados en casa y en el extranjero.
El estudio Estructura empresarial de la provincia de Barcelona revela que el Alt Penedès es la segunda comarca de la provincia con un volumen más elevado de negocio per cápita en el sector de la industria de productos alimentarios y bebidas. Concretamente, el 30,02% del total. A distancia, le siguen los sectores del comercio al por menor en establecimientos no especializados (7,8%), comercio al por mayor de alimentación y bebidas (7,2%) y papeles y artes gráficas (6,8%).
Los efectos nocivos de Freixenet y Codorníu quedan disueltos en el auge de la gran despensa agroalimentaria, que hace del Alt Penedès una potencia emergente
Según el mismo estudio de la Diputación de Barcelona, junto con el Ayuntamiento de Manresa, las empresas del Alt Penedès facturaron 6.444 millones de euros el año 2023, un 1,7% más que el año anterior, y las previsiones apuntaban a un sucesivo crecimiento del 6,3% en 2024.
Por volúmenes de facturación, las empresas Harinera Vilafranquina, Casa Ametller, Freixenet, Codorníu y Miguel Torres son el carroll más espléndido de la economía comarcal, todas ellas en el epígrafe de productos alimentarios y bebidas. Como ejemplo destacado, fijémonos en la pujanza del Grup Ametller Origen, que en el año 2025 superó los 800 millones de euros de facturación, un 18% más que el año anterior, y genera alrededor de 5.000 puestos de trabajo.
A cierta distancia, pero con incrementos continuados y negocios bastante consolidados, encontramos otros tótems comarcales como Cafés Novell, La Granja, Cudié, Alvilardan, Especialidades Masdeu, Cal Blay y toda una miríada de marcas que tienen presencia nacional e internacional y a la vez son embajadoras de prestigio del sector agroalimentario de Catalunya; entre ellas, destilerías, bodegas y cavas con sello propio y trayectoria estelar, como también empresas del sector cárnico y otras tantas y cuantas con las que podríamos poner mesa.
Queda demostrado, por todo y por tanto, que en el Alt Penedès han sabido desarrollar un tejido industrial diverso y tienen la oportunidad de elevar una región agroalimentaria que promueva la cooperación y la proyección entre las compañías más dinámicas; todo esto con independencia de las derivas que tomen algunas de las empresas que hasta hace poco parecían erigirse en el pilar de la economía comarcal y de las que hoy en día solo se habla con cierto pudor y escasa presunción.
Para remacharlo, la narrativa reduccionista deslumbrada por dos o tres marcas no puede esconder los esfuerzos de los cavistas para promover nuevos estándares de calidad y genuinidad en el producto, sea con la denominación o con la etiqueta que queráis, empezando por la viña y continuando en la rima.
Quizás sí que era más fácil hacer un buen espumoso que uno malo. Ahora el reto es la excelencia para competir en los mercados más exigentes y hacerse un hueco en las bancadas gourmet. También en este sentido el Alt Penedès reúne la mayoría de las mejores marcas.