El tramo que conduce hasta el corazón de esta nueva edición del MWC arranca con un gran mural de chocolate en la entrada principal. Lo firma el pastelero Christian Escribà y lo custodia Cristie Moreno, azafata sénior, que explica con orgullo a VIA Empresa que “estamos ante una muestra de la celebración de los veinte años del MWC en Barcelona”. Cuando menos, se trata de una pieza poco habitual en medio del templo global de la tecnología, un mosaico dulce que detiene incluso a los congresistas más apurados.
Moreno hace de guía improvisada. Señala las dos torres de la Fira, la Sagrada Familia y el actual recinto del congreso, y explica cómo cada pieza del mural -desde los tradicionales besos de Escribà hasta las brochetas que se reparten a los visitantes durante la tarde, de 17:00 h a 19:00 h- forma parte de un ritual que sorprende a los visitantes más acostumbrados a las pantallas que a la pastelería. Su aterrizaje en el gran congreso de la conectividad se ha llevado a cabo a través de una agencia proveedora de la GSMA, la entidad organizadora del evento.
Entre explicación y explicación, Moreno también gestiona la coreografía humana que se forma a su alrededor, como los congresistas que quieren hacer fotografías y algunos curiosos que preguntan por la historia. “La gente solo quiere hacer fotos y yo tengo que vigilar que no crucen la cinta de seguridad”, señala. Este dominio del espacio no es casual, porque Moreno viene de una trayectoria ligada al mismo ecosistema del congreso. Dirigió una agencia de azafatas, pero la pandemia la obligó a cerrar, y desde entonces encadena campañas, escribe columnas en revistas y asiste a convenciones.
Los días previos a la inauguración todavía son más intensos: se pone el casco, ayuda a los montadores a repasar detalles y termina el día con más arena en los zapatos que muchos visitantes en toda la semana. Por lo tanto, no hay duda de que conoce bien el ritmo, las presiones y las responsabilidades, desde no equivocarse en un punto de información hasta evitar que en el guardarropa “no se caiga ninguna prenda, porque si no se monta un buen pollo”, apunta entre risas.

Unos metros más adelante, aún sin asomar la cabeza al primero de los ocho halls de los que dispone la feria, el visitante se topa con el personal encargado de la logística para guardar sus pertenencias y maletas (en caso de venir de lejos). Todo ello después de atravesar el bullicio que implica escanear los códigos QR presentes en las entradas y acreditaciones.
Alberto Carmona, uno de los supervisores y responsables de los anfitriones y las azafatas de la zona norte del recinto -y contratado por la catalana Tais Events, también proveedora de la GSMA y Fira de Barcelona- explica a este diario que la coordinación "es mucho más simple de lo que parece”. Una simplicidad que solo se cumple cuando todo funciona: “Si la fotografía previa que pedimos cuando hacemos el reconocimiento biométrico no cuadra, si el documento no es legible o si alguien intenta colarse, lo detectamos enseguida", subraya. "Lo más importante es saber que la entrada es unipersonal y que pillamos a casi todo el mundo que no tiene permiso para entrar, pero con este volumen de gente es imposible asegurarnos al 100%", reconoce.
La coordinación en los flujos de acceso "es mucho más simple de lo que parece, y si hay algún inconveniente siempre se busca un plan B o un plan C, nunca se deja a nadie colgado"
Carmona describe el paso a paso de los accesos y enumera una lista que va desde la comprobación visual, pasa por el escaneo del código y la validación de la fotografía. "Si hay dudas de la identidad de la persona o directamente sabemos que no es ella, se activa el protocolo de revisión manual, consulta al supervisor y, si es necesario, intervención de seguridad", relata. A esto se añaden las incidencias recurrentes: móviles que no escanean, documentos borrosos, selfies que no reconoce el sistema o visitantes que llegan sin haber completado el registro. “Siempre buscamos un plan B o un plan C. No dejamos nunca a nadie colgado”, remarca.
Al mismo tiempo, hay casos puntuales que requieren criterio y sensibilidad, como la entrada de perros de asistencia, la gestión de menores de edad "cada vez más estricta" o visitantes que llegan convencidos de que “por ser quienes son” no les hace falta acreditación. La logística también se complica en el guardarropa, en el que el volumen de pertenencias es “enorme”. "Todo está ordenado por números, y la rapidez es clave para evitar cuellos de botella", señala.
Este año, sin embargo, la logística del congreso también ha estado condicionada por los desplazamientos. El cierre del espacio aéreo en Oriente Medio a raíz del conflicto en Irán ha afectado especialmente a los congresistas procedentes de la India. “Entre un 20% y un 30% de mis compañeros no han podido llegar”, explicaba Prateek, de Xiaomi India, a la ACN. “Algunos directivos han quedado atrapados”, añadía Deepak Dhingra, asistente y compañero de Prateek. La GSMA ha confirmado afectaciones en un número “reducido” de asistentes, expositores y ponentes, aunque sin concretar cifras.
El cierre del espacio aéreo en Oriente Medio a raíz del conflicto en Irán ha afectado especialmente a los congresistas procedentes de la India
Para absorber este flujo irregular y garantizar la movilidad, Vueling ha reforzado su operativa en el aeropuerto de Barcelona con dieciséis rutas adicionales y más de 2.500 vuelos entre el 1 y el 7 de marzo. La compañía ha programado más de 487.000 asientos y ha incrementado frecuencias hacia ciudades como París, Viena, Bilbao, Atenas, Hannover o Sevilla, además de reforzar la conexión Barcelona-Madrid con hasta cinco vuelos diarios en plena semana del congreso.
Protocolo e imagen al servicio del congreso

Pero más allá de los desplazamientos y del impacto internacional del congreso, el día a día en el MWC se juega en detalles mucho menos visibles. Carmona explica que su trabajo no se basa en apagar fuegos, sino en garantizar que la imagen del congreso se mantenga impecable. “Tenemos que generar buena impresión, adoptar una buena postura, ser amables, saludar y sonreír", describe. “Y esto se tiene que saber hacer, porque no todo el mundo tiene la compostura para estar tantas horas de pie”, añade.
Su tarea, dice, es doble. Por un lado, supervisar que el personal cumpla el protocolo -que se ha trabajado previamente en sesiones de formación-: uniformes correctos, manos fuera de los bolsillos, actitud profesional y capacidad para orientar visitantes en varios idiomas, aunque solo sea para indicar cómo llegar al lavabo o a un pabellón. Por el otro, cuidarlos. “No somos policías”, remarca. “Si necesitan agua, se la traemos. Si tienen que ir al lavabo, les hacemos el relevo”.
Uniformes correctos, manos fuera de los bolsillos, actitud profesional y capacidad para orientar visitantes en varios idiomas conforman la guía básica que hace funcionar el equipo de azafatas del MWC
Precisamente un relevo es lo que hacía la Alejandra Flores, una joven controladora de accesos que trabaja en rincones clave del recinto. Su trabajo consiste en evitar que personas sin la acreditación adecuada accedan a zonas VIP o reservadas para perfiles muy concretos de congresistas, garantizar que las colas avancen con orden y cubrir a compañeras y compañeros cuando les toca descansar. Llegó allí por boca-oreja y el contrato es temporal, como ocurre con buena parte del personal que sostiene el congreso desde la base.
Todo este engranaje, aparentemente fluido, tiene grietas que se repiten cada año. De hecho, el sindicato CCOO alerta en un folleto informativo de posibles situaciones de explotación en determinados colectivos, especialmente el personal de limpieza. Una percepción que Carmona matiza desde su experiencia. “Hay empleados que hacen más horas y otros que hacen menos, pero todo el mundo está cuidado. Todo el mundo tiene el máximo descanso posible, la comida y las pausas que tocan”.
Su propia trayectoria lo ilustra. Llegó al MWC casi por casualidad, recomendado por un amigo. "Rellené un formulario, hice una entrevista en línea y empecé como anfitrión". Ahora ya acumula cuatro ediciones del congreso y ha visto cómo los procesos de selección se han ido sofisticando. “Antes era más sencillo; ahora piden más cosas”, señala. Aun así, el requisito lingüístico sigue siendo básico: "No hace falta un C1, pero debemos tener suficiente inglés para atender a un visitante y orientarlo con solvencia", concluye.
Seguridad y restauración: tensiones y tratos desiguales

Este contraste entre disciplina y cuidados convive con una realidad más dura que aflora en otros perfiles del congreso. Una trabajadora de seguridad, gaditana y con cinco ediciones del MWC a sus espaldas, lo explica con naturalidad: jornadas de doce horas, alojamiento y viaje pagados, y un trato que depende mucho del cliente. “Depende del estand y del país”, asegura. “Con algunos es un gusto trabajar; con otros, nos tratan como si fuéramos tiestos”, sentencia. Señala Samsung como ejemplo de rigidez extrema: “No quieren que nos movamos del punto, piden que vayamos al lavabo lo mínimo y que comamos en veinte minutos. Y nosotros también somos humanos”, reivindica.
También hay diferencias entre marcas. “Con Telefónica, el trato es excelente”, explica. “Con algunos equipos alemanes, también. Pero con Corea o Japón, cuesta más. No es personal: es que ellos mismos trabajan hasta las dos de la madrugada y asumen que todo el mundo debe hacer lo mismo”, puntualiza. La tensión también se hace evidente en la restauración. Durante la clásica ruta institucional, dos camareras increpan a sus responsables ante las restricciones de movilidad mientras intentan avanzar con un carrito cargado de comida. “Cálmate y pídemelo bien, que estamos trabajando”, espeta una de ellas.
En definitiva, el viaje entre bastidores del MWC revela un rompecabezas mucho más complejo que el que se ve desde el escenario principal. Cada pasillo está coronado por nuevas tecnologías que buscan abrirse al mundo, pero también por el trabajo imprescindible de cientos de trabajadores que mantienen el congreso en marcha. Es en este punto -el que solo se descubre caminando de cerca- donde el epicentro de la innovación tecnológica muestra su cara más real.