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¿Hacia una fractura intergeneracional?

La fiscalidad no ha contribuido a neutralizar el impacto desigual que la evolución económica de las últimas décadas ha tenido entre generaciones

La edad media de emancipación en el Estado ha alcanzado el récord de los 30,2 años | standret (iStock)
La edad media de emancipación en el Estado ha alcanzado el récord de los 30,2 años | standret (iStock)
Ferran Piqué | VIA Empresa
Economista y consultor
04 de Junio de 2026 - 04:55

“No es lo mismo tener 75, 50 o 25 años. Tenemos todos los mismos derechos, pero la manera en que se ha ido desplegando la reacción ante los problemas nos ha marcado tres generaciones bien diferenciadas”. Es la reflexión que cerraba la intervención del catedrático Albert Carreras en el acto La evolución del bienestar de los jóvenes: ¿hacia una fractura intergeneracional? que hace unos días tuve el privilegio de poder moderar en el Col·legi d’Economistes de Catalunya.

 

El concepto de tensiones intergeneracionales se ha convertido, en los últimos años, en una idea cada vez más presente en el debate público, al mismo tiempo que se ha ido desvaneciendo la expectativa de que las generaciones futuras vivirían mejor que las precedentes. Hoy, en cambio, se han normalizado situaciones que hace solo unos años habrían parecido excepcionales, como el papel creciente de las pensiones como mecanismo de apoyo de padres a hijos ante las dificultades de integración laboral, emancipación y acumulación de ahorro de las generaciones más jóvenes. Esta realidad es especialmente significativa en un contexto en que las nuevas pensiones medias han superado el salario medio de los menores de 35 años.

Pero, ¿qué entendemos exactamente por bienestar? En términos económicos y sociales, el bienestar hace referencia al conjunto de condiciones materiales, laborales, residenciales y patrimoniales que determinan las oportunidades de vida, la capacidad de autonomía y las expectativas de progreso de una persona o de una generación.

 

Los jóvenes han pasado de concentrar el 7,6% de la riqueza en 2007 a solo el 2% en 2024

Algunos datos lo ilustran de manera especialmente contundente. Tal como revelaba pocos días después del acto un informe del Consejo de la Juventud de España, la edad media de emancipación en el Estado ha alcanzado el récord de los 30,2 años (en Catalunya, la tasa de emancipación ya se sitúa en el 18,6% según los datos más recientes del Idescat). Al mismo tiempo, la brecha de riqueza entre generaciones se ha ampliado progresivamente durante las últimas dos décadas: los jóvenes han pasado de concentrar el 7,6% de la riqueza en 2007 a solo el 2% en 2024. Ambos datos están estrechamente relacionados, especialmente si se tiene en cuenta que cerca del 70% de la riqueza en España se concentra en la vivienda —en la zona euro, esta proporción es del 55%.

El contexto en el que han crecido las generaciones jóvenes —y especialmente, el de su entrada en el mercado laboral— es determinante para entender las causas de su situación. Esta fue precisamente la tesis que abordó el economista Daniel Carrasco, director de Economía de España y Escenarios Regulatorios del Banc Sabadell, con el objetivo de aportar un marco útil para analizar la evolución del bienestar de los jóvenes.

Entre otros factores, este se ha caracterizado en las últimas dos décadas por un “entorno global complejo e incierto”, en el que se han ido acumulando los impactos de una sucesión de crisis y acontecimientos: desde la crisis financiera global hasta el Brexit, la pandemia, la guerra de Ucrania, los aranceles comerciales o el conflicto en Oriente Próximo —tal como explicó Carrasco.

En este contexto, la evolución de la renta real neta anual por persona en España ha registrado un incremento agregado del 5,3% en dos décadas. Sin embargo, la desagregación de los datos evidencia una realidad muy desigual entre generaciones: mientras que la renta de los mayores de 65 años ha aumentado un 17,2%, la de los jóvenes de entre 16 y 29 años —al igual que la de los adultos de 30 a 64— se ha reducido un 1,2% según datos del INE expuestos por Carrasco. Una divergencia que pone de manifiesto la diferente evolución de los ingresos de las diferentes generaciones durante las últimas décadas, y que evidencia una mayor capacidad de protección de las pensiones ante las sucesivas crisis económicas en comparación con la de los salarios.

Mientras que la renta de los mayores de 65 años ha aumentado un 17,2%, la de los jóvenes de entre 16 y 29 años —y la de los adultos de 30 a 64— se ha reducido un 1,2%

Un fenómeno que varios de los ponentes señalaron como un reflejo de las debilidades estructurales que arrastra el mercado laboral. En este sentido, Albert Carreras recordó que el salario medio real en Catalunya se mantiene prácticamente estancado en niveles del año 1992. Según expuso el catedrático, este proceso se ha visto acentuado por sucesivas reformas laborales orientadas a incrementar la flexibilidad del mercado de trabajo, con efectos desiguales entre generaciones y un impacto especialmente intenso sobre aquellas que se han incorporado al mercado laboral durante las últimas décadas.

A esta desigual evolución de los ingresos se añade un segundo elemento menos visible, pero igualmente relevante: el papel del sistema fiscal en la distribución del esfuerzo entre generaciones. En este sentido, la fiscalidad tampoco ha contribuido a neutralizar el impacto desigual que la evolución económica de las últimas décadas ha tenido entre generaciones.

Entre otros factores, Míriam Barrera, socia corresponsable de Garrigues en Catalunya, Aragón y Balears, destacó el efecto de la denominada “progresividad en frío”, derivada de la falta de actualización de los tramos del IRPF de acuerdo con la inflación. Este fenómeno ha tenido una incidencia especial sobre aquellos colectivos que concentran sus ingresos en las rentas del trabajo y disponen de pocos activos patrimoniales que les permitan protegerse de la pérdida de poder adquisitivo, como es el caso mayoritario de los jóvenes.

Barrera también hizo énfasis en el impacto de la cuña fiscal sobre el trabajo, superior en España que en la media de la OCDE, así como en la ausencia de mecanismos de cotización reducida durante los primeros años de vida laboral que sí existen en otros países. Según Barrera, estos factores contribuyen a dificultar la acumulación de ahorro, la emancipación y la generación de patrimonio propio, a la vez que condicionan la progresión salarial de las nuevas generaciones.

La cuña fiscal y la ausencia de cotización reducida durante los primeros años laborales dificultan la acumulación de ahorro, la emancipación y la generación de patrimonio propio

En conclusión, la pregunta que daba título al acto continúa abierta. Las intervenciones pusieron sobre la mesa una idea central: la fractura intergeneracional no es solo una cuestión de percepción, sino el resultado de una acumulación de dinámicas que han afectado de manera desigual a las diferentes generaciones.

El debate, pues, no es solo si los jóvenes tienen hoy más dificultades que antes. La cuestión de fondo es si nuestro modelo continúa ofreciendo a las nuevas generaciones una expectativa razonable de progreso. Y, sobre todo, si somos capaces de abordar esta realidad como un reto colectivo de sostenibilidad social y económica.

Porque hablar del bienestar de los jóvenes no es hablar solo de los jóvenes. Es hablar de la sostenibilidad del contrato social y la recuperación de una expectativa básica de progreso: que cada generación pueda aspirar a vivir mejor que la anterior. La poca relevancia política de las generaciones jóvenes en el actual contexto demográfico no puede convertirse en la excusa para mirar hacia otro lado y aplazar debates necesarios antes de que sea demasiado tarde.