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¿Hacia una semana laboral de 4 días?

Reducir la jornada laboral puede facilitar más descanso y favorecer la recuperación física y mental, con efectos potenciales sobre la concentración y el rendimiento

Diversos trabajadores asisten a una conferencia | iStock
Diversos trabajadores asisten a una conferencia | iStock
Ferran Piqué | VIA Empresa
Economista y consultor
22 de Agosto de 2026 - 04:55

El estallido de la pandemia de la covid-19, ahora hace más de seis años, aceleró y normalizó nuevas formas de organización del trabajo que, hasta entonces, eran todavía residuales en Catalunya. La más evidente fue el teletrabajo. En el año 2019, solo el 8,5% de las personas ocupadas habían teletrabajado, un porcentaje que se más que duplicó hasta el 18,8% en 2020, en pleno confinamiento.

 

Lejos de ser un fenómeno pasajero, el teletrabajo se ha ido consolidando en nuestro entorno: en 2025, el 19,5% de las personas ocupadas teletrabajaban, fuera de manera habitual u ocasional, según datos de la Encuesta de Población Activa publicadas en el Idescat.

Sin darnos cuenta, la pandemia evidenció la obsolescencia del modelo estrictamente presencial vigente, probablemente poco cuestionado hasta entonces. Así pues, igual que hace unos años fue la pandemia quien puso en duda algunas convenciones sobre la organización del trabajo, ahora es la irrupción de la inteligencia artificial quien en la 4ª Revolución Industrial tiene el potencial de cuestionar otra: la semana laboral de cinco días.

 

Hay que remontarse a las primeras décadas del siglo XX para entender de dónde proviene este estándar. En los años veinte, Henry Ford popularizó la jornada de cinco días en sus fábricas, convencido de que el descanso de los trabajadores favorecería la productividad y también estimularía el consumo. Con el tiempo, aquella organización del trabajo se acabó consolidando como un estándar.

100 años después, sin embargo, nos encontramos ante un paradigma radicalmente diferente al de la era industrial que dio lugar a aquel modelo: la era de la inteligencia artificial. A pesar de ello, el esquema de la semana laboral de cinco días continúa plenamente vigente y, me atrevería a decir, mayoritariamente poco cuestionado.

En la era de la IA, la capacidad de hacer(-se) preguntas se ha erigido en igual o más importante que la de responderlas. Y quizás este es un buen momento para formular una: ¿hay que replantear la semana laboral de cinco días?

En la nueva economía, el acceso al capital se había abaratado, mientras que el conocimiento de las personas había adquirido un valor central

Cuando escribo estas líneas, me vienen a la memoria aquellas primeras clases de la asignatura de Recursos Humanos en la Facultad de Economía y Empresa, que tan inspiradoras me resultaron, cuando el profesor Josep Albet nos explicaba la evolución de una economía basada fundamentalmente en los factores capital y trabajo hacia una economía del conocimiento. En esta nueva economía, el acceso al capital se había abaratado, mientras que el conocimiento de las personas había adquirido un valor central y el factor trabajo dejaba de concebirse únicamente como mano de obra. Paralelamente, la tecnología había emergido como un elemento determinante dentro de la ecuación.

En este contexto, durante la última década han emergido iniciativas de alcance global, como 4 Day Week Global, que apuestan por maneras de trabajar adaptadas a los nuevos tiempos y sitúan la productividad y el logro de resultados en el centro, en lugar de las horas trabajadas como principal indicador. El método que proponen se resume en el principio 100:80:100: mantener el 100% del salario trabajando el 80% del tiempo, a cambio de alcanzar el 100% de los resultados.

Las empresas que han participado en pruebas piloto de este modelo han identificado diversos beneficios potenciales, entre los que se encuentran una mejora del bienestar de los trabajadores, una mayor capacidad de conciliación y una mejor retención del talento. En un mercado laboral en el que cada vez es más difícil atraer y retener determinados perfiles profesionales, la reducción de la jornada también puede convertirse en un elemento de diferenciación para las empresas.

En un mercado laboral en el que cada vez es más difícil atraer y retener determinados perfiles profesionales, la reducción de la jornada también puede convertirse en un elemento de diferenciación para las empresas

En nuestro entorno, el caso más conocido es el de Desigual que en 2021 adoptó la semana de cuatro días, aunque asumiendo una reducción del 6,5% del sueldo, que difiere del modelo planteado por 4 Day Week Global. De hecho, la semana laboral de cuatro días forma parte de los beneficios que ofrece en las vacantes que anuncia. Sin embargo, el Servei Públic d'Ocupació de Catalunya (SOC) encargó un estudio en el año 2022 sobre los diversos modelos de reducción de jornada para definir una convocatoria de subvenciones a empresas para adoptarla, que no se ha identificado que de momento haya salido adelante.

Uno de los argumentos económicos que sustentan esta propuesta es el principio de los rendimientos decrecientes del trabajo: a partir de determinado punto, el incremento de las horas trabajadas genera aumentos cada vez menores de producción. La evidencia empírica apunta en esta dirección. En un análisis de 26 países, la OCDE identificó una correlación negativa de −0,82 entre las horas trabajadas por trabajador y la productividad laboral.

Pero el argumento no es solo cuantitativo. Reducir la jornada laboral también puede facilitar más descanso y favorecer la recuperación física y mental, con efectos potenciales sobre la concentración y el rendimiento. Y, en plena era de la inteligencia artificial, este tiempo adicional puede adquirir todavía más valor: puede permitir potenciar aquellas capacidades intrínsecamente humanas que, al menos de momento, continúan fuera del alcance de la IA, como la creatividad, la innovación, el pensamiento crítico o la capacidad de plantear nuevas preguntas.

Pero quizás conviene no confundir el debate sobre la semana laboral de cuatro días con el debate de fondo. La cuestión es por qué continuamos vinculando tan estrechamente el valor del trabajo al tiempo que le dedicamos.

Hace un siglo, en plena era industrial, los incrementos de productividad permitieron reducir la jornada laboral sin renunciar a la capacidad de producción. Hoy, en plena revolución de la inteligencia artificial, nos encontramos ante un nuevo salto potencial de productividad.

Y es aquí donde el debate sobre la semana laboral de cuatro días deja de ser solo una cuestión de horarios. Se convierte en una pregunta sobre cómo queremos repartir las ganancias de productividad de la nueva revolución tecnológica.

 

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