La Unión Europea presume de liderazgo en sostenibilidad, pero el acuerdo con Mercosur revela una contradicción profunda: estándares estrictos para los productores europeos y flexibilidad cuando se trata de competir en el exterior. Una paradoja que afecta al campo, a la credibilidad institucional y a la propia autonomía estratégica del continente.
Esa paradoja se manifiesta con claridad en el acuerdo comercial con Mercosur, que ha puesto sobre la mesa una contradicción incómoda: la sostenibilidad es irrenunciable dentro de las fronteras europeas, pero negociable cuando se trata de competir fuera. Y esa incoherencia no es solo económica; es estratégica, política y cultural.
Los agricultores y ganaderos europeos operan bajo uno de los marcos regulatorios más exigentes del mundo. Diversos informes sectoriales y de la propia Comisión Europea estiman que las normativas ambientales, de bienestar animal y de seguridad alimentaria pueden suponer entre un 20% y un 30% de costes adicionales para los productores europeos frente a competidores externos. La UE ha ido restringiendo progresivamente sustancias fitosanitarias y limita fuertemente el uso de antibióticos en la ganadería, mientras que en varios países del Mercosur se mantienen prácticas cuyo control es considerablemente menos estricto.
La sostenibilidad es irrenunciable dentro de las fronteras europeas, pero negociable cuando se trata de competir fuera
No se trata de cuestionar la producción sudamericana, sino de asumir una evidencia incómoda: no se compite bajo las mismas reglas. Europa obliga a producir más caro en nombre de la sostenibilidad y, al mismo tiempo, permite la entrada de productos más baratos precisamente porque no asumen esos mismos costes. En ese contexto, la sostenibilidad deja de ser una ventaja competitiva para convertirse en una penalización estructural.
Desde una perspectiva ambiental, la paradoja se agrava. Europa no reduce el impacto ecológico global; simplemente lo desplaza. La huella ambiental no desaparece, cambia de geografía. Importar productos de regiones con mayores tasas de deforestación o menor control ambiental puede incrementar la huella de carbono total asociada al consumo europeo, incluso si las emisiones directas dentro de Europa disminuyen. Esto no es transición ecológica real, sino una forma sofisticada de contabilidad verde selectiva.
A esta incoherencia se suma otro factor que rara vez se menciona: el comportamiento del consumidor europeo. Exige sostenibilidad, pero compra precio. Y esa tensión entre valores y hábitos de consumo también condiciona, silenciosamente, las decisiones políticas y comerciales.
Bruselas justifica el acuerdo como una necesidad estratégica: diversificar mercados, reforzar alianzas con Sudamérica y reducir dependencias geopolíticas en un mundo cada vez más multipolar. Es cierto que Europa compite con China y otras potencias por influencia en la región y que necesita acuerdos comerciales para sostener su peso global. Pero desde el territorio rural europeo esta estrategia se percibe como una cesión: el sector primario se convierte en la variable de ajuste de una geopolítica diseñada para beneficiar principalmente a otros sectores económicos.
El problema no es menor. La pérdida de capacidad productiva interna no es solo un asunto económico; es un riesgo para la autonomía estratégica europea. Un continente que aspira a liderar la sostenibilidad no puede permitirse depender de terceros para su alimentación básica.
En Catalunya, esta tensión se vive con especial intensidad. El sector agrario catalán, con más de 50.000 explotaciones —muchas de ellas familiares o cooperativas— y un agroalimentario que representa alrededor del 20% de la industria regional, ha realizado inversiones significativas en trazabilidad, sostenibilidad hídrica, reducción de insumos químicos y adaptación a los estándares europeos. Cooperativas y productores locales han asumido costes y transformaciones profundas con la convicción de que ese esfuerzo sería reconocido. Hoy, muchos perciben que ese compromiso se diluye cuando se les obliga a competir con productos que no han recorrido el mismo camino.
Para el campesinado catalán, la sostenibilidad no es una consigna política, sino una condición de supervivencia territorial. Mantener vivo el paisaje, el tejido rural y la producción de proximidad no es solo una cuestión económica, sino un elemento de cohesión social, resiliencia y seguridad alimentaria.
Para el campesinado catalán, la sostenibilidad no es una consigna política, sino una condición de supervivencia territorial
El riesgo de esta incoherencia va más allá del conflicto agrícola. Cuando las normas se aplican con rigor dentro y se relativizan fuera, la sostenibilidad pierde credibilidad social. Y cuando pierde credibilidad, deja de ser un proyecto compartido para convertirse en una imposición. Encuestas europeas recientes muestran que el apoyo ciudadano a la transición ecológica disminuye cuando se percibe que genera desigualdad o pérdida de competitividad, un aviso que las instituciones no deberían ignorar. No se puede construir un futuro verde sobre una base desigual.
Mercosur podría haber sido una oportunidad para liderar un comercio internacional verdaderamente sostenible, con estándares comunes, mecanismos de verificación y cláusulas ambientales exigentes. En cambio, se ha convertido en el símbolo de una Europa que predica sostenibilidad, pero negocia pragmatismo.
El conflicto actual no es solo económico. Es estratégico, político y cultural. Europa debe decidir si quiere liderar la sostenibilidad como un principio real de su modelo económico o utilizarla únicamente como relato interno compatible con cualquier acuerdo externo. Porque no existe sostenibilidad sin coherencia. Y no existe coherencia cuando el sacrificio siempre recae en los mismos.
Europa aún está a tiempo de construir un modelo comercial que no enfrente sostenibilidad y competitividad, sino que las alinee. Pero para ello necesita algo más que acuerdos: necesita visión estratégica, valentía política y la voluntad de no dejar atrás a quienes sostienen el territorio.
Porque Europa no puede liderar lo que no es capaz de aplicar a sí misma.