Hoy, en el momento en que escribo, muchos agricultores europeos han llevado los tractores a las carreteras para protestar contra el posible acuerdo Unión Europea (UE) con Mercosur. Bajo este acrónimo se identifica el acuerdo comercial de libre comercio entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay con la UE. Un pacto que afecta a más de 700 millones de personas. El tratado, tal como está establecido, supone la supresión de barreras arancelarias, de barreras a la inversión directa y abriría el acceso a la contratación pública. Todo ello, sin embargo, limitado a unos contingentes determinados que podrían ser revisados en el futuro. Asimismo, la alianza considera la necesidad de reducir emisiones de gases de efecto invernadero y atender consideraciones medioambientales.
Un acuerdo con mala prensa
Se ha dicho que todo ello no es más que un intercambio entre coches y vacas. El acuerdo ha recibido críticas de todas partes. Diferentes organizaciones ecologistas, entre ellas Greenpeace, Vía Campesina y otras han alzado la voz ante esta supuesta “barbaridad” que supondrá, según ellos, un impulso a la agricultura intensiva, la deforestación y más cambio climático. Incluso, algunas organizaciones de consumidores han expresado sus temores ante el hecho de que les lleguen productos de menor calidad.
Este astro de mala prensa se ha situado cómodamente en el imaginario colectivo. Así, Mercosur, para diversos colectivos, es un concepto que genera acríticamente rechazo. Los argumentos que expresaban este jueves los agricultores junto al tractor en la carretera eran en parte fruto de este mensaje negativo generalmente aceptado. Sin embargo, hace muchos años que compramos productos a estos países, con una agricultura avanzada. Al mismo tiempo, el cambio climático o la deforestación no dependerá de este acuerdo. De lo contrario, tal como veremos, los acuerdos son mucho más que coches intercambiados por vacas.
Pero en las posiciones críticas paralizantes hay países importantes de la UE que dificultarán el acuerdo. En este proceso, Francia tiene la opción más beligerante, lo que complica mucho la adopción del pacto
Las necesarias cláusulas espejo, tan reclamadas
En cualquier caso, hay un argumento que es indiscutible: ningún agricultor puede entender que lleguen al mercado productos extranjeros que han requerido unos procesos diferentes, medioambientalmente más permisivos, para su producción que los exigidos por la Unión Europea. Un hecho que supone una competencia claramente desleal, totalmente inadmisible.
Esta disfunción ya fue advertida desde el inicio del Pacto Verde Europeo. Ya entonces, los ministros de agricultura alertaron de una producción sostenible a costa de unas importaciones insostenibles. Hay que tener en cuenta que por los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio, los cambios normativos unilaterales no son aceptables. Era necesario, por tanto, armonizar los criterios comerciales mediante acuerdos bilaterales, tal como sería el acuerdo con Mercosur.
Balance de impactos
El apartado más negativo, tal como se ha dicho, es la posible competencia desleal por comercialización de productos que han tenido unas exigencias de salud o medioambientales más favorables y, correspondientemente, menos costosas. Aun así, el tratado considera en una cláusula genérica la necesidad de respetar aspectos de salud y medio ambiente, algo que abrirá la puerta a negociar la letra pequeña.
El acuerdo puede ser positivo para diferentes sectores agrícolas, sobre todo los más vinculados a la calidad como factor diferencial. Aquí podríamos incluir productos tales como el aceite, vino, fruta y huerta. También favorable como menor coste para productos como los cereales y la soja, de la que somos grandes importadores. Asimismo, abre un espacio comercial a productos transformados de nuestra potente industria alimentaria.
El acuerdo es positivo para sectores agrícolas, con productos como el aceite, vino, fruta y huerta; por otro lado, el vacuno de carne recibirá un impacto negativo
En contra, claramente, está el vacuno de carne. Sin embargo, es un impacto negativo abordable con estrategias vinculadas a una comercialización diferenciada pero sobre todo vinculada a la defensa del territorio, los bosques, prados y paisaje, algo susceptible de una valoración concreta.
Interés geoestratégico del acuerdo Mercosur
Más allá de los impactos concretos, positivos y negativos, en el ámbito sectorial, el mayor valor de Mercosur es su importancia estratégica en un nuevo escenario geopolítico bajo la presión de poder de los EE.UU, con un presidente Trump capaz de cualquier atrevimiento disruptivo.
Donald Trump se burla de la Europa democrática y medioambientalmente preocupada y manifiesta abiertamente sus pretensiones de control en Groenlandia y Sudamérica. Frente a esto, Europa solo muestra su debilidad.
El proyecto Mercosur, en un momento coyunturalmente tan agudo, podría ser dinamizador de las aspiraciones hacia una Europa fuerte, estratégica y necesariamente aliada con Sudamérica como contrapeso a los bloques dominantes. Una opción donde el estado español juega un papel singular, con una Europa que debería tener en el horizonte real y tangible la unidad política. En caso contrario, Europa se aboca a la irrelevancia.
Las opciones del campesinado
Las protestas campesinas, en buena parte, tienen su motivación como expresión del cansancio de los agricultores, por múltiples razones. Por el esfuerzo para atender el reto medioambiental en el seno de una cadena alimentaria desequilibrada; por las diversas dificultades en el ámbito sanitario con una concentración casual de enfermedades acompañadas de una gestión insuficiente de la fauna salvaje; por las crecientes pérdidas producidas por el cambio climático; por la imposible asunción de que en el mercado se encuentren productos de fuera cultivados o criados en condiciones diferentes a las exigidas en Europa, por la burocracia infinita para atender la Política Agraria Común (PAC).
Este cúmulo de razones para el malestar se ha focalizado contra un único icono: Mercosur. A mi entender, es una simplificación excesiva y desorientada. En primer lugar, los impactos por países son bien diferentes, pero, bajo el liderazgo de Francia, se han diluido estas diferencias dentro de un relato único que no se adecúa a esta realidad diferenciada. Así, en España y en Catalunya los impactos negativos quedan muy localizados, mientras que los hay claramente positivos. En segundo lugar, razones geoestratégicas de primer nivel aconsejan este acuerdo.

En este sentido, las declaraciones de rechazo sistemático del pacto no las considero una línea de actuación afortunada. Al contrario, la respuesta española y catalana a Mercosur debería ser proactiva hacia un buen acuerdo.
Hoy todos celebramos que formamos parte de la Unión Europea. Sin embargo, para llegar a ella hicieron falta muchas discusiones, muchas cesiones y tomar compromisos que no agradaban a todos. Con Mercosur pasa un poco lo mismo. Es una meta que puede devenir muy positiva, pero requerirá ajustes y generosidad desde todas las partes.
Nuestra agricultura debería confiar un poco más en su capacidad competitiva. Hay muchas pruebas de ello: es una agricultura moderna y cada vez más tecnificada, estrechamente vinculada a una potente industria que aporta fortaleza al sector agroalimentario en conjunto. Pero nuestra agricultura debe ser consciente de que se están produciendo cambios muy importantes en el escenario geoestratégico con un importante rol transformador de las nuevas herramientas tecnológicas. Apostar por avanzar y hacerse fuertes en esta nueva realidad es el camino de futuro.
Nuestra agricultura debe ser consciente de que se están produciendo cambios muy importantes en el escenario geoestratégico; apostar por avanzar y hacerse fuertes en esta nueva realidad es el camino de futuro
Mercosur es un acuerdo al que habrá que hacer muchos ajustes, uno de ellos esencial es el de la equivalencia de condiciones productivas. Además, habrá que adoptar estrategias singulares para dar respuesta positiva a los flecos más negativos, como el posible impacto en el vacuno de carne. Entre estas estrategias se encuentra la diferenciación y la valoración del producto local, bien apreciado por el consumidor de aquí. Entre las estrategias, también, debe figurar la valoración económica de los bienes públicos que aporta el sector ganadero extensivo en la defensa territorial, el mantenimiento de los prados, la defensa de los bosques y la calidad del paisaje.
Las organizaciones agrarias deberían implicarse a fondo en la mejora del acuerdo Mercosur, pero con el objetivo de alcanzar un buen acuerdo. Ese trato que no satisface a nadie, pero que es el mejor de todos los posibles.
Se comenta a menudo que Mercosur es el acuerdo de las multinacionales y, por lo tanto, no es una herramienta para la pequeña y mediana empresa agraria. Un argumento que justificaría el rechazo sin más complicación. Contra esta opinión está la realidad. Esta realidad ha cambiado, de poco sirve no verlo. Ciertamente, hay oportunidades en los mercados globales para pequeñas empresas que han sabido encontrar pequeños nichos de mercado. Pero también es cierto que, mayoritariamente, el comercio global se mueve a partir de empresas de cierta dimensión, con una escala suficiente para atender la complejidad del comercio internacional.
Frente a esta realidad, la opción excelente es estar ahí en lugar de renunciar a ella. Con este fin existe la opción de la integración empresarial. En este sentido, el cooperativismo aporta una herramienta valiosa para convertir lo pequeño en grande. Recientemente, he participado en conversaciones con el cooperativismo de Brasil. A la vista de su trabajo, de su dimensión y de su vocación emprendedora no he podido evitar el sentimiento de envidia. Sería bueno transformar la envidia en hechos. Es decir, cambiar la envidia por el orgullo de estar al frente del camino de futuro.