La reciente derrota del gobierno argentino en el Senado por la llamada ley de inviolabilidad de la propiedad privada ha expuesto los límites políticos e ideológicos del proyecto de Milei. Le ha hecho perder la batalla cultural que iba ganando al asociarlo con la entrega y la extranjerización de la tierra a favor de los intereses foráneos; ha detenido el furioso avance de la desregulación del Estado y sus instituciones y, finalmente, ha generado la peor crisis política del singular ejecutivo que da forma a la gobernanza ultraderechista que rige el destino de la República.
Derrota estratégica, simbólica y efectiva en sede parlamentaria, en las calles de todo el país y en las redes, el espacio natural para la comunicación y el lenguaje del oficialismo y sus tropas. Y fracaso aún más doloroso ante sus padrinos de Washington y Silicon Valley, Kristalina Georgieva, la protectora directora gerente del Fondo Monetario Internacional, sus pares de la ultraderecha regional y los mercados, siempre tan atentos a la evolución del experimento argentino. Insufrible, en particular, para la personalidad del presidente argentino, justo ahora, en el inicio de la carrera para su reelección en las elecciones generales que van a tener lugar, como manda el artículo 53 del Código Electoral Nacional (Ley 19.945), el cuarto domingo de octubre inmediatamente anterior a la finalización del mandato, es decir, el domingo 24 de octubre de 2027.
Una derrota cuya dimensión parecía más que improbable y en la que la bandera nacional, a diferencia de la oposición, jugó un papel decisivo. Particularidades de esa Argentina siempre volátil, siempre difícil de prever.
Un país en venta
La batalla por la venta de tierra se transformó en un conflicto superior para los ciudadanos, y Milei perdió el embate. Pesaba el temor al futuro y a una inmensa pérdida añadida que ponía en peligro la integridad territorial de una nación con más de trece millones de hectáreas ya extranjerizadas que se concentran mayoritariamente en áreas de frontera, en territorios con cursos de agua en zonas frías, en nodos logísticos clave, en regiones con potencial minero y en extensas áreas de bosques nativos. Con 2,7 millones de hectáreas en manos estadounidenses, 2 millones propiedad de italianos y 1,7 millones de españoles. Y en la que Gran Bretaña ocupa 1,1 millones de hectáreas en las Islas Malvinas y posee además otras 246.000 hectáreas en el resto del territorio nacional. Y otros 2,2 millones de hectáreas controladas por firmas radicadas en paraísos fiscales o países con regulaciones especiales.
La intensa ofensiva entreguista del gobierno de los últimos meses, debilitada últimamente por los innumerables frentes económicos y sociales abiertos por el oficialismo y las protestas ciudadanas, encontró un límite. La concepción de Milei y sus generales civiles de que la patria, la soberanía popular y los derechos colectivos de la Nación, las tierras y también los glaciares, ríos, lagunas y humedales, son una simple mercancía que debe subordinarse a las lógicas del mercado, incluso a los intereses de otras naciones, tocó una línea roja infranqueable en este quinto intento de aprobación parlamentaria. Histórica —y poco oportuna— la respuesta del canciller Pablo Quirno, que, a la pregunta de un periodista de si podía llegar a venderse una provincia entera a un comprador extranjero, respondió que sí. Como decir “Que vengan y se lo lleven todo”.
Histórica la respuesta del canciller Pablo Quirno, que, a la pregunta de un periodista de si podía llegar a venderse una provincia entera a un comprador extranjero, respondió que sí
Todas las máscaras utilizadas hasta el presente para definir la naturaleza del mileísmo —anticasta, libertarios, anarcocapitalismo, liberalismo libertario— han ido licuándose en los últimos meses para dejar paso a la auténtica definición de la política de Milei y su gobierno: extrema derecha, ultraderecha, llámenlo como quieran. Extrema derecha pura y dura. La de siempre, ahora con los barnices culturales y tecnológicos propios de la época. Una tipificación que, por la historia y la tradición política del país —si se exceptúan los paréntesis de los regímenes militares— se hace difícil de asumir y naturalizar para la mayoría de los argentinos y todavía más para el ecosistema mediático y la clase política, incluida buena parte de la oposición. Castigada por el rumbo económico y su tremenda dureza, la mayoría social advierte que el modelo Milei la deja afuera y sus beneficios se restringen a una minoría.
La rebelión de las cifras
Inmunes al aumento de la temperatura social y aún menos a los reclamos de la ciudadanía, el presidente y sus ministros siguen prometiendo reformas ambiciosas y lugares de honor en las clasificaciones planetarias para sostener la narrativa de que están cambiando la historia argentina para alcanzar un futuro promisorio. La insistencia de Milei, Caputo y el resto del gobierno en que hay récord de consumo, que ya se ven brotes verdes y que lo mejor está por llegar ya no sirve, salvo para los fanáticos y los cómplices. En el país de las vacas, la carne es el mejor termómetro del estado nacional: en 2023 los argentinos consumían 53,8 kilos de carne vacuna por año; en 2026 el número tiende a 47. Milei y Caputo les han sacado 6,8 kilos; trece asados menos por año, un asado menos por mes. Una pérdida significativa para los hábitos patrios.
Pero mucho menos trágica que la destrucción del entramado productivo y laboral por el cierre de 30.633 empresas desde noviembre de 2023 hasta mayo de 2026, una destrucción equivalente al 6% del total de unidades productivas, según datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo; datos que, en buena parte, se traducen en los 411.613 puestos de trabajo registrados perdidos, de ellos 70.217 el pasado mes de mayo. Una masacre laboral correspondiente al 4,2% del total de puestos de trabajo registrados, de 9.857.173 a 9.445.560.
En el país de las vacas, la carne es el mejor termómetro del estado nacional: en 2023 los argentinos consumían 53,8 kilos de carne vacuna por año; en 2026 el número tiende a 47
Es curioso el modelo de libertad traído por Milei en sus dos años y medio de mandato, por lo menos la que tiene que ver con el bolsillo y el tiempo de los argentinos. Motosierra en mano, prometió arrasar a la casta, reparar los errores y saqueos públicos del pasado y, tras el brutal sacrificio del ajuste inicial, sanear las cuentas y devolver a los argentinos al sendero del bienestar. Pero los números de la realidad no cumplen con lo prometido: en 2016, diez años atrás, para tomar el autobús tenías que trabajar 21 minutos, ahora 51; para comprar un kilo de patatas tenías que trabajar diecinueve minutos, ahora 50; para comprar un litro de leche, 28 minutos, hoy una hora y dos minutos; para comprar un aceite de girasol de litro y medio, 54 minutos, hoy tres horas y 36 minutos; para comprar un kilo de pan, 57 minutos, hoy dos horas y 31 minutos; para comparar un detergente, media hora, hoy una hora y ocho minutos; para comprar un kilo de carne picada tenías que entregar una hora y 51 minutos; hoy cinco horas y 46 minutos.
Las cifras del pasado irresuelto son, por cierto, escandalosas: solo en la última década, la participación sobre el PIB de los trabajadores formales e informales se contrajo en 7,3 puntos, y los asalariados perdieron el equivalente a 41.000 millones de dólares anuales, que pasaron a manos de la ganancia empresarial y el trabajo precario. En una década, cada uno de los poco más de dieciséis millones de trabajadores asalariados cedió involuntariamente a otras clases sociales el equivalente a 2.500 dólares anuales. Una tendencia negativa que comparten los pensionistas, comunidad en la que cada jubilado acumula, en promedio, una pérdida de 7,3 millones de pesos, equivalentes a 4.226,14 euros, y los que cobran la pensión mínima perdieron el 30% de su poder de compra y acumulan una pérdida equivalente a 8,4 jubilaciones de 2023.
En tiempos de Milei, presidente experto en crecimiento económico, como así se autotituló durante años, los ingresos siguen cayendo. Según la Fundación Pensar, el principal centro de pensamiento y diseño de políticas públicas de Propuesta Republicana (PRO), el partido político liderado por el expresidente Mauricio Macri, hoy, en Argentina, el 76% de los argentinos pertenece a la clase media baja y clase baja y ganan entre 1.900.000 pesos (1.104,38 euros) y 750.000 pesos (435,94 euros) como promedio de ingreso en el hogar.
El informe de julio del Centro de Estudios sobre Trabajo y Desarrollo de la UNSAM describe la caída del empleo formal con salarios de mínimos históricos y aporta un dato contundente: más del 90% de los nuevos ocupados no llegan a fin de mes y necesitan trabajar más horas para generar mayores ingresos, sin conseguirlo. Según otro informe, en este caso sobre la evolución de empleo y RRGG, realizado por el SNCTI en junio de este año, desde diciembre de 2023, en Argentina, cada día siete científicos pierden su empleo en el ámbito de la ciencia y la tecnología. Los datos muestran una tendencia crítica: 6.400 investigadores, técnicos y becarios se quedaron sin trabajo y el país tiene un tercio menos de investigadores que el promedio de los países desarrollados, 2,8 frente a 9,7 cada 1.000 activos.
Más del 90% de los nuevos ocupados no llegan a fin de mes y necesitan trabajar más horas para generar mayores ingresos
Seis millones de endeudados

Como resultado de la decisión deliberada de Milei de hacer caer los salarios y provocar el deterioro de los ingresos, nueve de cada diez funcionarios estatales están endeudados, con deudas que no pueden pagar. La vieja y repetida fórmula del neoliberalismo de ordenar la macroeconomía a través de la destrucción de los ingresos de la mayoría de los trabajadores, y también la mejor opción para endeudar al Estado y a las familias. Militares y cuerpos y fuerzas de seguridad, pero también médicos, docentes y administrativos, que han visto reducirse sus ingresos entre un 30 y un 40% —y, en muchos casos, entre un 40% y un 60%— desde la asunción del gobierno libertario, para situarse por debajo del índice de pobreza. “El deseado resultado de la motosierra”, es decir, del modelo, en palabras de Javier Milei.
Un Milei que, con la misma frialdad, descarta cualquier posibilidad de que el Estado implemente algún mecanismo de asistencia para esos seis millones de argentinos que atraviesan problemas para pagar sus deudas. “Nadie les puso una pistola en la cabeza para endeudarse”, afirmó al referirse al crecimiento de la morosidad. Sin hacerse cargo de una política económica que ha reducido los ingresos de los ciudadanos hasta los límites de la hambruna, y que sigue justificando con el ya gastado tópico de que es uno de los efectos colaterales del kirchnerismo. Un peronismo que comienza a descongelarse, obligado a recomponer una mínima imagen de unidad por la crisis del mileísmo y el inicio de las estrategias electorales, pero en realidad siempre a la espera de que su líder, Cristina Fernández de Kirchner, consulte su bola de cristal y decida el candidato a elegir: su hijo Máximo u otro cualquier dirigente sacado de la chistera antes que el peronista mejor situado para enfrentarse a Milei, Axel Kicillof, actual gobernador de la provincia de Buenos Aires. Miserias de los jarrones chinos, que diría Felipe González.
Quizá no quepa atribuir causalmente el hecho a los salvajes ajustes aplicados por el gobierno de Milei, el empobrecimiento, el desempleo, el endeudamiento, el creciente deterioro de la salud mental, pero lo cierto es que hoy, en Argentina, la cifra de suicidios triplica el número de homicidios. En 2025, el segundo año de gobierno de Javier Milei, Argentina registró 5.209 suicidios consumados, lo que supone un incremento del 22,6% respecto de 2024, el mayor aumento anual del que se tiene registro reciente. Una cifra que equivale aproximadamente a catorce suicidios diarios, es decir, uno cada algo más de dos horas. Cerca del 80% de los suicidios corresponden a hombres y el mayor impacto se concentra entre los jóvenes: el grupo de 15 a 29 años representa más del 30% de todos los suicidios del país.
¿Un presidente a la deriva?
El discurso del presidente ha terminado haciéndose añicos contra el duro muro de la realidad. Con cifras que, a falta de una oposición que se haga visible, se han convertido en el mayor obstáculo para el avance de Milei y sus aliados, y también en la última esperanza de los millones de argentinos que parecen haber acabado por asumir la dimensión de la amenaza de esta versión criolla del mesiánico y colérico Aguirre bautizado Javier Gerardo Milei. Cifras que, reconvertidas en intención de voto, muestran que seis de cada diez argentinos califican como mala o difícil su situación económica y predomina la idea de que lo peor aún no ha pasado. Superados los dos años y medio de gestión, un 31,8% responsabiliza por la situación económica al gobierno de Milei, si bien un porcentaje apenas superior (32,6%) sigue atribuyéndola a “la herencia recibida” del kirchnerismo.
Disociado de la gestión diaria del gobierno, irascible con su entorno y cada vez más encerrado en sus lógicas ultraderechistas, Milei sigue traspasando todas las líneas rojas marcadas en la Constitución nacional, las leyes, los convenios internacionales y las más elementales reglas de la diplomacia. Dispone la salida de tropas propias y el ingreso de militares extranjeros sin autorización del Congreso; incumple, entre otras, la ley de financiación universitaria pese a las reiteradas reclamaciones de la Justicia; tilda de terroristas a científicos, periodistas, docentes, estudiantes y trabajadores, siguiendo las nuevas disposiciones de la Estrategia de Seguridad de Marco Rubio; provoca la ruptura de relaciones diplomáticas con Brasil, su principal socio comercial; vacía la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), una de las joyas de la corona de la ciencia argentina, y desarticula el proyecto estratégico del CAREM, el más importante del organismo, con un grado de avance del 70% de su obra tras la inversión de 690 millones de dólares. Un desmantelamiento exigido desde hace tiempo por EEUU por considerar el proyecto altamente contrario a sus intereses, y que hoy ha pasado a manos de la compañía Meitner Energy, una empresa creada en 2024 y con sede en Delaware, que acaba de trasladar su sede operativa a Buenos Aires y está participada principalmente por capitales privados estadounidenses. O que, en un registro distinto, difícil de explicar desde la simple lógica de la política, disuelve el histórico Coro Nacional de Niños, poniendo fin a una estructura con casi 60 años de trayectoria.
Milei odia la microeconomía, le pone enfermo. Él atiende, a su manera, a lo macro: el PIB, la inflación, los tipos de interés, la deuda pública, el déficit fiscal, la balanza comercial, la política monetaria
Milei odia la microeconomía, le pone enfermo. Él atiende, a su manera, a lo macro: el PIB, la inflación, los tipos de interés, la deuda pública, el déficit fiscal, la balanza comercial, la política monetaria. La micro, en cambio, le repugna. Porque la micro tiene que ver con el hambre de la gente, con los jubilados sin acceso a los medicamentos, con los desalojos de quienes no pueden pagar el alquiler, con la infancia desnutrida, con el desempleo que crece, con los enfermos, con la educación y la salud pública, con el estado del bienestar. Con los daños colaterales de la macro. Algo insufrible para un presidente que piensa y dice lo siguiente: “El otro día escuchaba a alguien bastante imbécil diciendo: ’No, no, bueno, vos tenés sectores que les va muy bien, pero vos tenés que ir a salvar a los que les va mal’. Eso es de una brutalidad y de una ignorancia enorme, porque en el fondo el que te propone tocar la micro te está proponiendo hacer corrupción. Es de corruptos eso, ¿te das cuenta? Es decir, que los que agarran y quieren tocar la micro y todo eso son asesinos potenciales”.
Un futuro con miedo al vacío
Tras 32 meses de gobierno, la certeza de albergar el más dañino caballo de Troya de la historia nacional invade el ánimo de los habitantes del país austral llamado todavía Argentina, protagonista del mayor ensayo distópico organizado por los poderes dominantes del siglo XXI.
Es difícil, desde la simple crónica periodística, transmitir el drama humano que vive la Argentina. La vastedad del sufrimiento, la magnitud de la crueldad, los episodios que parecen sacados de una nueva Historia de la Infamia. Ancianos que comen una vez al día o mueren por falta de medicación, niños que se acuestan sin haber cenado, adolescentes que se suicidan en las esquinas de la miseria y el abandono, millones de hombres, mujeres, familias, sin trabajo. Parece una guerra, una posguerra, un exterminio. Del que no se conoce la cifra de víctimas, sus nombres, sus historias de vida. Argentina, el antiguo granero del planeta, se ha convertido en un país de días infinitos y fríos y noches insomnes, de enfermedades antiguas que retornan de las penurias del pasado, de violencias de un Estado en descomposición, de culpables sin juicio ni pena y de inocentes condenados.
Argentina, el antiguo granero del planeta, se ha convertido en un país de días infinitos y fríos y noches insomnes
El problema central del país lo recordaba el sociólogo y docente universitario Daniel Lutzky días atrás: “Hoy, lo que sostiene a Milei es el miedo. ¿El miedo a qué? El miedo al vacío. Es decir, la idea de que es Milei o nada. Y eso puede cambiar en la medida que la gente empiece a sentir que ese vacío puede dejar de estar vacío”.
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