Plutócratas o ciudadanos

La prosperidad europea solo se mantiene si la democracia evita que el poder y la riqueza se concentren

Peatones y usuarios de patinetes eléctricos cruzan un paso de cebra | iStock
Peatones y usuarios de patinetes eléctricos cruzan un paso de cebra | iStock
Josep-Francesc Valls es uno de los grandes expertos en la clase media | Marc Llibre
Profesor y periodista
13 de Enero de 2026 - 04:55

Europa continúa siendo uno de los pocos espacios del mundo donde una amplia mayoría -entre el setenta y el 80% de la población- puede construir una vida económica materialmente estable, aunque otro 20%, sin llegar necesariamente a la exclusión social, afronta dificultades graves para llegar a fin de mes. Así se desprende de las más recientes estadísticas comunitarias. Todo esto se puede ir al traste si llegan al poder los más ricos y los despóticos. El dilema de fondo es sencillo: o esta prosperidad está gobernada por los ciudadanos a través de la democracia, o acaba secuestrada por los plutócratas.

 

Si salvamos las inevitables diferencias metodológicas y lo miramos en perspectiva histórica, el contraste es aún más revelador. A mediados del siglo XX, hacia 1950, probablemente solo entre un 30 y un 50% de los europeos podía vivir de manera económicamente digna. Alrededor de 1900, esta proporción difícilmente superaba el 20 o el 30%. Y 100 años antes, en la Europa de 1800, mayoritariamente preindustrial, solo una minoría -quizás una quinta parte de la población- disponía de un nivel de vida que hoy calificaríamos de acomodado.

El dilema de fondo es sencillo: o esta prosperidad está gobernada por los ciudadanos a través de la democracia, o acaba secuestrada por los plutócratas

Los avances de los dos siglos y pico últimos no son el fruto exclusivo de las revoluciones industrial y tecnológicas que se han producido; las máquinas, la energía, las tecnologías, los datos, los algoritmos, la IA, los nuevos modelos de negocio, la globalización y los procesos innovadores han configurado sin duda la sociedad del bienestar, pero no hubieran sido suficientes para dar el salto definitivo hacia la riqueza generalizada sin un tipo de organización política muy concreta. La democracia liberal -con todas sus imperfecciones- ha sido el único sistema capaz de convertir el crecimiento económico en prosperidad socialmente compartida. Han ido de la mano.

 

Cuando la democracia se consolida tras la Segunda Guerra Mundial, la renta media se dispara: el acceso a la educación, a la salud, al sistema de pensiones, a las infraestructuras y a la movilidad, al impulso de la cultura y el ocio, al asentamiento de la sociedad del conocimiento se universalizan y la población que puede vivir con normalidad económica deja de ser una minoría para convertirse en una gran mayoría.

El mercado no es el milagro

Adam Smith, en el primer libro moderno de economía, Estudio sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones (1776) no veía los mercados como un milagro autónomo, sino como un mecanismo que necesita un marco estable para generar prosperidad: ninguna sociedad, decía, puede avanzar ni ser feliz si la gran mayoría de sus miembros son pobres y miserables.

El progreso económico sostenido es consecuencia, por una parte, de las fuerzas del mercado y, por otra, de las instituciones —cuyos miembros son elegidos democráticamente—, de los servicios colectivos gestionados con transparencia, de los tribunales independientes de justicia y de la seguridad jurídica, de la libertad de prensa, de la defensa de los derechos de las minorías, de las garantías institucionales internacionales, de la preservación de la propiedad, de la fortaleza de los organismos multilaterales y de un sistema fiscal razonable

En estas condiciones de garantía del debate público y de la convivencia, el capital, el talento y la innovación fluyen y expanden la riqueza global. Cuando los mecanismos del poder no son compartidos, equilibrados y contrapesados, la sociedad pierde pie. En estas condiciones la economía puede crecer durante un tiempo, pero acaba concentrándose, degradándose y agotándose.

La democracia no es solo un valor político; es un activo económico. Es imperfecta, porque se fundamenta en la búsqueda permanente de consenso, en la confianza entre todos y en el cumplimiento de las leyes

La democracia no es solo un valor político; es un activo económico. Es imperfecta, porque se fundamenta en la búsqueda permanente de consenso, en la confianza entre todos y en el cumplimiento de las leyes, y ya sabemos que la acción de los humanos es irregular, descuidada, corruptible y egoísta. A pesar de todo, ennoblece. Por eso mismo es perfeccionable.

Concentración de poder y riqueza

El economista turco, profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts, Kamer Daron Acemoğlu, Premio Nobel de Economía 2024, refuerza esta idea afirmando que las sociedades prosperan cuando cuentan con instituciones inclusivas y fracasan cuando el poder y la riqueza se concentran en pocas manos. Y Anne Applebaum, periodista estadounidense y autora de El ocaso de las democracias: la seducción del autoritarismo (2020), describe el nuevo autoritarismo como una alianza entre oligarquías económicas y poder político: gobiernos que mantienen una fachada de mercado mientras vacían de contenido la libertad, la justicia y la información. En estos sistemas, los negocios no desaparecen, pero dejan de competir: pasan a depender del favor del poder, de la arbitrariedad de los gobernantes y de sus gestos grandilocuentes para seducir a las mayorías.

Esto es lo que a menudo se olvida en el debate contemporáneo: ni los plutócratas ni los autoritarios -peor aún cuando son las mismas personas- se disfrazan de querer crear más riqueza y acaban capturando la economía y destruyéndola; pero una economía capturada deja de ser dinámica, deja de ser meritocrática.

La democracia, con todas sus imperfecciones, es el único mecanismo que impide que el capital se convierta en casta y que el poder sea su botín. No garantiza igualdad, pero preserva algo mucho más valioso para el progreso: que nadie pueda cerrar definitivamente el juego. Los regímenes autoritarios son capaces de producir espejismos económicos, pero a medio y largo plazo -incluso a corto- invierten mal, concentran rentas, expulsan el talento discrepante y, al fin y al cabo, demuelen las clases medias, que son precisamente las que han propiciado su ascenso.

Los regímenes autoritarios son capaces de producir espejismos económicos, pero a medio y largo plazo invierten mal, concentran rentas, expulsan el talento discrepante y, al fin y al cabo, demuelen las clases medias

La relación entre economía y democracia es estructural. Sin democracia, el capitalismo deja de generar prosperidad compartida y se transforma en un sistema de rentas, privilegios y miedo. La historia económica desde 1800, y sobre todo desde después de la Segunda Guerra Mundial, no se puede borrar de un plumazo

Las instituciones que aún preservan esta unión entre economía y democracia -como la Unión Europea (UE) o las Naciones Unidas-, deben rearmarse rápidamente para defenderse y pasar cuanto antes de las unanimidades que bloquean a las mayorías activas que les permitirán actuar.