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Oro y plata: cuando el sistema duda, el metal recuerda

En un mundo de tipos de interés reales negativos y endeudamiento crónico, cada vez más inversores vuelven a mirar hacia los activos que no dependen de una decisión política

El oro y la plata acabarán el 2025 con máximos históricos | iStock
El oro y la plata acabarán el 2025 con máximos históricos | iStock
David Garrofé es empresario y secretario general de la patronal catalana Cecot desde 1988 hasta 2021 | Mireia Comas
Empresario
02 de Enero de 2026 - 04:55

Hay momentos en la historia económica en que los mercados no necesitan mucha interpretación: hablan solos. El repunte sostenido del oro, la plata y de muchas primeras materias no es una extravagancia financiera ni una moda pasajera alimentada por inversores nerviosos. Es, más bien, una confesión colectiva. Una de esas verdades incómodas que el sistema prefiere no verbalizar, pero que acaba emergiendo a través de los precios.

 

El dinero, nos recordaba Voltaire con su lucidez corrosiva, es una cuestión de confianza. Y cuando esta confianza se resquebraja, el papel, físico o digital, tiende a demostrar hasta qué punto su valor es una convención frágil. El oro y la plata no prometen rentabilidades espectaculares ni futuros utópicos; simplemente ofrecen algo que hoy escasea: memoria histórica.

La relación entre los metales preciosos y los mercados bursátiles es antigua y cargada de simbolismo. Cuando la economía crece, cuando el crédito fluye y la fe en el progreso es casi religiosa, el oro queda relegado a las cajas fuertes y a las joyerías. Pero cuando el relato tambalea, cuando aparecen la inflación persistente, las crisis financieras, las guerras o los bancos centrales actuando como último recurso universal, el metal vuelve a escena. No porque haya cambiado, sino porque nosotros sí lo hemos hecho. Recordemos que los procesos económicos son también psicológicos. 

 

Esta dinámica no es nueva. En los años setenta, tras la ruptura definitiva del patrón oro, la inflación devoró salarios y ahorros mientras el oro multiplicaba su precio. A inicios de los 2000, con el estallido de la burbuja tecnológica, volvió a demostrar que la narrativa del “nuevo paradigma” suele tener fecha de caducidad. En 2008, mientras el sistema financiero se rescataba con dinero público y la palabra austeridad se reservaba para las clases medias, el oro actuó como recordatorio silencioso de que los errores no desaparecen porque se mutualicen.

Keynes definía el oro como una reliquia bárbara, pero también advertía que la inflación es una forma sutil de confiscación. Quizás por eso, en un mundo de tipos de interés reales negativos y endeudamiento crónico, cada vez más inversores —institucionales y particulares— vuelven a mirar hacia los activos que no dependen de una decisión política tomada un miércoles por la tarde.

La singularidad de la plata

La plata merece una mención aparte. Siempre ha sido el metal modesto, el pariente pobre del oro, más industrial y menos reverenciado. Pero precisamente ahí reside su fuerza. A diferencia del oro, la plata no solo se acumula: se consume. Paneles solares, electrónica, baterías, medicina, transición energética. Cada hoja de ruta verde lleva implícita una necesidad creciente de plata. Y esto crea una tensión evidente entre el mundo real y el mundo financiero.

Porque mientras la demanda física aumenta, el mercado ha perfeccionado el arte de vender plata que no existe. Contratos de futuros, ETF y otros instrumentos derivados han creado una realidad paralela donde los derechos sobre plata superan ampliamente el metal disponible (hay que ser conscientes de que la relación entre la plata papel y la plata física es de nueve a uno). Es una alquimia moderna: transformar promesas en activos. Hasta que alguien decide reclamar el metal físico. Entonces, como advertiría Nassim Nicholas Taleb, descubrimos que el sistema era robusto solo en apariencia, pero profundamente frágil

Cuando el precio se forma mayoritariamente en mercados donde la entrega física es residual, el valor deja de reflejar escasez y pasa a reflejar confianza

Este fenómeno de los “metales de papel” no es una anécdota técnica, sino un riesgo sistémico. Cuando el precio se forma mayoritariamente en mercados donde la entrega física es residual, el valor deja de reflejar escasez y pasa a reflejar confianza. Y la confianza, como el crédito, es abundante hasta que deja de serlo. Por lo tanto, nuevos conversos a los metales, vigilad y mucho con los vendedores de humo. 

Todo esto se inscribe en un contexto más amplio: la pérdida progresiva de credibilidad de las monedas fiat. Estas no tienen valor intrínseco; tienen autoridad. Y la autoridad depende de un consenso social que se va erosionando cuando la inflación deviene estructural, cuando los ahorros pierden poder adquisitivo y cuando la impresión de dinero parece la única respuesta a cualquier problema.

Milton Friedman insistía en el hecho de que la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario. Pero también es un fenómeno político, porque permite transferir riqueza sin pasar por las urnas. En este escenario, el oro y la plata no ofrecen rentas, pero ofrecen algo que cada vez se valora más: no mienten.

El oro es considerado un valor refugio por los inversores | iStock
El oro es considerado un valor refugio por los inversores | iStock

El comportamiento de los bancos centrales es especialmente revelador. Mientras el discurso oficial insiste en que el sistema es sólido y que la inflación está bajo control, muchos de estos mismos bancos acumulan oro en sus reservas, especialmente en países que buscan reducir la dependencia del dólar y del sistema financiero occidental. Es un clásico “haz lo que digo, no lo que hago”. Ya en septiembre de 2023 destacábamos la silenciosa pero progresiva compra de metales por parte de los Brics, la cual avanzaba una futura desdolarización. Los grandes brokers mundiales han obviado esta realidad durante demasiado tiempo y ahora que están recomponiendo sus carteras incorporando metales, están haciendo subir el oro y la plata a niveles estratosféricos. 

Alan Greenspan, mucho antes de presidir la Reserva Federal (Fed), escribió que el oro protege contra la confiscación vía inflación. Hoy, esta afirmación suena menos ideológica y más descriptiva. En un mundo que se encamina hacia las monedas digitales de banco central, la necesidad de un soporte tangible, aunque sea implícito, se vuelve evidente. Una moneda digital sin confianza es solo una hoja de cálculo con pretensiones.

En un mundo que se encamina hacia las monedas digitales de banco central, la necesidad de un soporte tangible se hace evidente

El aumento del precio de los metales preciosos no enriquece a los trabajadores ni resuelve los problemas estructurales de la economía, pero envía un mensaje claro: el ahorro en efectivo es vulnerable. El salario ha perdido poder adquisitivo y la promesa de que el sistema siempre encontrará una salida indolora suena cada vez menos creíble.

Las clases trabajadoras y medias son las principales damnificadas de este entorno. Quien puede diversificar y proteger patrimonio, lo hace. Quien no, asume el coste de la inflación y del encarecimiento de las primeras materias. El oro no crea desigualdad, pero la pone delante del espejo.

El caso del mercado inmobiliario

Parecería claro que los metales todavía tienen un gran recorrido, pero, ¿y el mercado inmobiliario? ¿Puede ser una alternativa defensiva como los metales? Es probable que el inmobiliario no colapse, dado que la demanda es mucho mayor que la oferta -y esto durará una década-, pero también es cierto que los salarios no crecen y que las leyes urbanísticas son un desastre pensado por políticos teóricos irresponsables que dificultan la generación de un mercado que funcione. En un mundo más incierto y líquido, los activos que no requieren hipoteca ni endeudamiento a 30 años ganan atractivo. El metal, una vez más, juega con ventaja.

Todo apunta a un cambio de ciclo profundo. El ascenso del oro, la plata y las materias primas no es una apuesta apocalíptica contra el futuro, sino una respuesta racional a un presente cargado de contradicciones. Cuando la deuda es estructural, la inflación persistente y la política monetaria improvisada, los activos reales recuperan centralidad. Como decía JP Morgan, el oro es dinero; el resto es crédito. Quizás el siglo XXI, con toda su sofisticación tecnológica, está redescubriendo una lección antigua: que la confianza no se puede imprimir indefinidamente. 

El oro y la plata no fallan. No porque sean perfectos, sino porque no prometen nada. Somos nosotros, con nuestra necesidad de creer que esta vez es diferente, quienes insistimos en olvidarlo. Y cuando el sistema duda, el metal simplemente recuerda.