Cada vez hay más segundas oportunidades: de apuestas para ganar dinero, de cursos de formación, de regímenes alimentarios, de medicinas alternativas, de canales de televisión, de nuevos emparejamientos, de terapias de autoayuda y coaching, de predicadores sociales que reinventan la historia... Nunca había habido tantas ni tan selectivas. Por ejemplo, no me han tocado ni la Grossa ni el Gordo, veo muy difícil que moje en la lotería del Niño, e incluso dudo que me vuelva a tocar como hace diez años el haba del Roscón de Reyes. Tengo, en cambio, una visión mucho más crédula de las segundas oportunidades que da el año 2026: 1) por el final de la crispación; 2) por romper la dinámica de que la sociedad del bienestar requiere la existencia de pobres; y 3) porque la IA acabe siendo un acelerador silencioso de las dos anteriores.
1. El coste económico de la crispación
Las sociedades avanzan a medida que aplican las nuevas tecnologías y resuelven los conflictos. Así hemos vivido desde el origen de la humanidad: las revoluciones de los modelos de producción y de las materias primas configuran la economía, y de la resolución de las tensiones surgen las soluciones. Todos los humanos somos diferentes los unos de los otros; la convivencia se consolida a base de establecer y cumplir normas comunes que nos vamos concediendo.
Las falsedades y las burbujas informativas, el lenguaje agresivo e insultante, convertirlo todo en un escándalo, las simplificaciones extremas, la política de las urgencias, la victimización, la judicialización permanente, la desconfianza hacia las instituciones, la falta de respeto por la seguridad internacional de algunos gobernantes, o el cambio directo e indirecto de las reglas de juego democrático configuran un estado de crispación que es, probablemente, el problema democrático y de convivencia más caro que tenemos hoy, a pesar de no figurar en ningún presupuesto.
Las sociedades avanzan a medida que aplican las nuevas tecnologías y resuelven los conflictos
La primera partida de este coste es la destrucción de la confianza entre las personas. Una sociedad excitada no es capaz de deliberar ni de autorregularse: se erosiona el capital social, aparece la fatiga cívica, se devalúa la aplicación de la ley a la espera de no se sabe qué, y, finalmente, la inestabilidad paraliza cualquier decisión.
¿Podemos imaginarnos los datos macroeconómicos españoles proyectados al año que comienza con propuestas claras de todos los partidos, confrontándolos tranquilamente en los parlamentos, en las instituciones, en las mesas de negociación y diálogo en busca de consenso en cada conflicto? ¿Podemos imaginarnos esto mismo también en el ámbito comunitario y en todas las instancias mundiales, aceptando las reglas de juego y cambiándolas cuando haya consenso? Si hiciéramos cuentas de lo que nos ahorraríamos, sería una gran oportunidad para 2026.
2. La normalización de una sociedad dual
Las religiones, en general, han considerado la pobreza como una realidad inevitable con recompensa ulterior. Aristóteles justificaba la esclavitud y defendía que la sociedad jerárquica es la más natural. Bernard de Mandeville, en el siglo XVIII, defendía que las desigualdades son el motor económico de la humanidad. Malthus, unas décadas después, tildaba la miseria de correctivo natural. Con estos precedentes, el pensamiento liberal —tanto el clásico como el contemporáneo— ha desarrollado sus teorías sobre la base de que la pobreza es un estímulo para el trabajo. Dicen, en el fondo, lo mismo que los darwinistas sociales: el sistema funciona si hay pobres.
Frente a estas tesis, Marx defiende que la pobreza no es en absoluto indispensable en una sociedad igualitaria; Keynes advierte que la desigualdad excesiva es ineficiente; el Nobel Joseph Stiglitz afirma que la pobreza no es el precio del progreso, sino su fracaso; Amartya Sen sostiene que se puede eliminar la pobreza con instituciones adecuadas y que democracia y bienestar son compatibles con el crecimiento; y Thomas Piketty demuestra que la redistribución puede reducir desigualdades sin frenarlo.
Aunque una de las corrientes que promovieron la Unión Europea (UE) era liberal, la sociedad del bienestar europea considera un fracaso la persistencia de la pobreza y lucha contra ella. Pero soplan vientos que pretenden borrar los avances de los últimos cincuenta o setenta años y promueven una sociedad partida en dos: por un lado, ricos y clases medias con estabilidad económica y acceso a vivienda, educación, salud y pensiones; por otro, los más vulnerables, con trabajos precarios, inseguridad laboral y jurídica, rentas insuficientes y escasos beneficios sociales, lejos de los ascensores sociales.
Desgraciadamente, una parte significativa de las clases medias se está dejando convencer de que su estabilidad depende de la exclusión de los más débiles, a los que asimila a la delincuencia, la vagancia, la falta de talento o, en el mejor de los casos, a un simple objeto de caridad. Cuando, en realidad, la incorporación de los más vulnerables aporta talento, reactiva los servicios y el consumo y estimula la innovación y la inversión. Desaprovechar esta oportunidad sería una pérdida colectiva.
3. La IA como acelerador silencioso
Aunque la burbuja de la inteligencia artificial pueda desinflarse algún día, se retrasarán proyectos empresariales, pero —como ocurrió con las puntocom— las tecnologías no desaparecen porque avancen a un ritmo diferente del capital.
La tecnología progresa de manera exponencial. La IA es una máquina que, bien utilizada, puede ayudar a vivir mejor. No es milagrosa: genera derivados perversos y riesgos evidentes. Pero puede ponerse al servicio de la reducción de la crispación social y de la lucha contra la pobreza, siempre que se use con criterios públicos, transparentes y humanos. Su impacto depende más de la aplicación que de la tecnología misma: es neutra, deductiva a partir de la información existente, y no tiene otra ideología que la de quien la programa. Y aquí es donde se abren las oportunidades, si los objetivos son sociales, complementarios a las personas y bajo un control democrático riguroso.
La IA puede ponerse al servicio de la reducción de la crispación social y de la lucha contra la pobreza, siempre que se use con criterios públicos, transparentes y humanos
En el caso de la crispación, la IA puede detectar discursos de odio, falsedades y dinámicas de polarización; dar apoyo a los contenidos contrastados; mejorar el debate público aportando datos fiables; y anticipar riesgos de conflicto para abordarlos antes de que estallen. En el caso de la pobreza considerada necesaria, puede identificar problemas reales a menudo invisibles, automatizar soluciones adecuadas, evitar fraudes, casar la oferta de trabajo con la demanda local y acercar los mejores ascensores sociales a cada situación concreta.
En ambos casos, orientar la IA hacia la resolución de estos problemas de civilización representaría una auténtica segunda oportunidad para el 2026.