"La mejor política industrial es la que no existe". Esta sentencia que aún resuena es de Carlos Solchaga, ministro de Industria y Energía del primer gobierno de Felipe González. Es de 1984, ya hace más de cuarenta años. Solchaga continuaba: "Nuestro país no puede ni debe competir con el resto de naciones europeas en los grandes temas industriales. Su futuro está en el sector de los servicios, y dentro de este, del turismo". Un hombre clarividente.
La reculada industrial: entre la estadística y la realidad
Efectivamente, el peso de la industria en España, y en Catalunya, no ha hecho más que reducirse en las últimas décadas. En los últimos 30 años, por ejemplo, la industria en España ha pasado de generar el 44,4% del valor añadido bruto al 15,6. En Catalunya, la tradición industrial se mantiene, pero también a la baja (18,6 %) y por debajo de la media europea, que es del 20,1%.
Cuando 22 años después Zapatero devolvió los socialistas al gobierno, nombró de nuevo un ministro de Industria, José Montilla, después de unos cuantos años con las competencias integradas en Economía. Un ministerio que ha incluido habitualmente comercio, turismo y también energía y que, con las competencias teóricamente traspasadas a las CCAA, luchaba por sobrevivir. "La (re)creación de este ministerio comporta que la política industrial vuelve a la agenda del Gobierno", afirmaba Montilla. Era el 2004.
El mercado energético y el caso de Endesa
Montilla se encontró sobre la mesa la OPA de Gas Natural sobre Endesa. Era cuando Esperanza Aguirre decía que "antes alemana que italiana". Finalmente, fue Enel -controlada por el Estado italiano- quien se la quedó. Entonces desde Madrid redescubrieron la política industrial, porque el precio de la energía, muy condicionado por el nivel de concentración del sector energético, incide directamente en la competitividad de las industrias. Y de hecho, hasta hace bien poco, estas tenían los precios de la electricidad entre los más elevados de Europa. Ahora, con las medidas preventivas para evitar nuevos grandes apagones como el de abril, han vuelto a subir.
¿Qué es la industria? Tous como ejemplo

El concepto de industria se ha transformado notablemente en muchos casos. Parte de la bajada estadística también tiene que ver con ello. Primero, muchas empresas industriales han ido deshaciéndose de aquellas tareas que no eran el corazón de su actividad y las han derivado en empresas especializadas de servicios: desde la limpieza al mantenimiento, desde la vigilancia al transporte. Han crecido, pues, estos servicios a las empresas, a veces al mismo tiempo también al consumidor final, que si bien ahora no se contabilizan como industria, sí que dependen de unos clientes industriales.
Tous ha crecido verticalmente y ha abierto sus propias tiendas para distribuir el producto
Por otro lado, y dentro de la tendencia general a la desmaterialización de la producción, muchas empresas industriales se han vuelto cada vez más híbridas. Si nos fijamos en Tous, por poner un caso de éxito muy cercano, ¿diríamos que sigue siendo una empresa industrial? Bueno, producen una manufactura. Una gran parte en el exterior y una pequeña parte todavía aquí, porque dicen que no quieren perder el saber hacer manufacturero. Pero Tous ha crecido verticalmente y ha abierto sus propias tiendas para distribuir el producto. ¿Qué pesa más en el negocio, el proceso industrial o el de distribución y venta? Y más allá: ¿la manufactura en sí misma o todos los valores inmateriales vinculados a la moda que han conseguido que se asocien con ella?
Hibridación empresarial y formación
La mayoría de empresas que suministran a otras empresas seguramente no entran en esta dinámica, pero cada vez más las que generan un producto final sí lo hacen. De la confección a la electrónica, de los automóviles a la alimentación. Esta hibridación aún hace más difícil conceptualizar la política industrial, porque ya no se trata solo de fabricar, sino de distribuir y vender. Y en muchos casos este deviene el corazón del negocio.
Hoy, el principal problema de la empresa líder en distribución comercial en España es encontrar trabajadores, pero no de vendedores, que siempre dicen que es lo que más se busca. Hoy lo que echan más en falta son técnicos de mantenimiento, un trabajo tradicionalmente vinculado a la industria y con el que compiten para captarlos para tener a punto sus instalaciones. Otro ejemplo de la hibridación empresarial y de la transversalidad de las políticas necesarias: en este caso, de formación de estos técnicos de mantenimiento.
La transversalidad del absentismo
Hasta que la necesidad de inmigrantes no se convirtió en el principal problema de las empresas -según la gran patronal catalana- el absentismo se llevaba toda la responsabilidad de los quebraderos de cabeza. Sin distinción de sectores productivos. Un problema tan complejo y multifactorial como el absentismo -condiciones de trabajo, envejecimiento de los trabajadores, organización y capacidad de promoción interna, falta de implicación y de responsabilidad laboral, nuevos valores en relación con el trabajo...- es tan transversal que resulta imposible abordarlo simplemente como política industrial. O de servicios.
¿Por qué necesitamos más industria?
Después de todo lo sucedido, ¿por qué decimos, a diferencia del Solchaga de hace 40 años, que necesitamos mantener una base industrial potente? ¿Por qué este discurso ha sido asumido por la Unión Europea, que propugna que la industria debería generar al menos el 20 % del PIB? ¿Por qué si las principales empresas mundiales han pasado de ser industriales -automoción, energía- a serlo de servicios, como las mal llamadas tecnológicas?
La industria genera puestos de trabajo más estables, con más valor añadido y con mejores condiciones laborales
En resumen, porque, como la pandemia nos demostró, no podemos ser absolutamente dependientes de las importaciones exteriores, desde los chips a las mascarillas. Y ahora las armas. Porque el carácter material de las manufacturas, aunque incorporen elevados componentes simbólicos o aspiracionales, hace que tiren de muchas otras actividades, de suministros industriales y de servicios. Porque es en la industria donde se manifiestan con más rotundidad todos los avances tecnológicos como factor de innovación y de competitividad, plataformas aparte, que no en los servicios personales. Porque, al menos hasta ahora, la industria genera puestos de trabajo más estables, con más valor añadido y con mejores condiciones laborales.
Un gobierno español más beligerante

En los últimos ejercicios nos hemos encontrado un cierto cambio de actitud del gobierno español hacia la industria y hacia las grandes empresas en general. Algunos casos señalados han sido el rescate de Talgo y el reflotamiento de la siderúrgica catalana Celsa. Durante una temporada, parecía que la Fundación la Caixa volvía a convertirse en el brazo industrial catalán, ahora a través de las inquietudes del Ministerio de Industria. La salida de Àngel Simón constató que era tan solo un espejismo y que los objetivos financieros y de rentabilidad a corto plazo -"hay que alimentar la obra social"- se imponían a cualquier visión estratégica industrial.
En el caso de Talgo, el Estado, a través de la SEPI, se ha implicado en el accionariado de la empresa, junto con el gobierno vasco y la empresa también vasca Sidenor. En el caso de Celsa, se ha procurado que el control sobre la empresa que han tomado los deudores de la compañía no se convierta en un troceamiento y venta de activos para saldar las deudas acumuladas. Desde el ministerio de Jordi Hereu se ha actuado con una mano izquierda y una eficacia que hasta ahora se echaba en falta. Política industrial con un cierto retorno a un intervencionismo que parecía pasado de moda.
El Pacto Industrial de Catalunya
Hace pocos meses, el conseller de Empresa y Trabajo presentó el Pacto Nacional por la Industria 2026-2030. El pacto establece 166 medidas agrupadas en cinco grandes bloques: sostenibilidad y energía, ocupación de calidad, innovación y competitividad, infraestructuras y suelo industrial, y simplificar la burocracia y promover la compra pública de innovación. Con un presupuesto total de 4.400 millones de euros.
El pacto establece 166 medidas agrupadas en cinco grandes bloques: sostenibilidad y energía, ocupación de calidad, innovación y competitividad, infraestructuras y suelo industrial, y simplificar la burocracia y promover la compra pública de innovación
Siempre está bien llegar a consensos entre los agentes sociales y la Administración. De hecho, el Estatuto de Catalunya de 1978 ya había establecido que Catalunya tendría competencia exclusiva en la planificación de la actividad económica, comenzando por la industria, y siempre (¡ay!) dentro de los preceptos constitucionales dedicados a la regulación económica general. Este tipo de prevenciones constitucionales serán determinantes para que después el Estado, con todos sus recursos y normativa general, deje las competencias en industria -y en muchos otros ámbitos- en poco más que buenos deseos y adornos.
Ahora que -si se consigue la mayoría necesaria en el Congreso- Catalunya recibirá anualmente 4.700 millones de euros anuales más, dispondremos de más recursos y habrá que ser más cuidadosos que nunca a la hora de gastarlos e invertirlos. Por ejemplo, en la promoción de la industria, sobre todo la de pequeñas y medianas empresas, que juegan otra liga que las grandes multinacionales. En un entorno de incertidumbre en los mercados internacionales y de transformaciones en la globalización tal como la hemos conocido hasta ahora, la competitividad basada en la innovación y en la eficiencia de los sistemas de distribución mundial será decisiva para adaptarse a las nuevas circunstancias. Surgirán nuevas oportunidades que habrá que aprovechar, como el acuerdo final de la Unión Europea para crear una zona de libre comercio con el Mercosur.
Sin embargo, siempre hay que recordar que mientras no dispongamos de las herramientas propias de un Estado, jugaremos con una mano atada a la espalda en la liga mundial de las empresas industriales porque la política industrial, como hemos visto, se hace de muchas más y poderosas maneras.