El pasado 10 de julio, el Cercle d'Economia acogió una mesa redonda bastante interesante bajo el título de Barcelona/Madrid: dos maneras de ser capital. Conceptualmente, las dos maneras a las que se refería eran las dos maneras históricas de ejercer la capitalidad respectiva: la administrativa y la industrial. Que son, o eran, dos maneras muy diferentes de hacerlo. En un caso, con el apoyo del aparato administrativo del Estado, y, en el otro, del apoyo de la iniciativa privada de su burguesía más emprendedora...
Primera pregunta sin resolver. ¿Esto sigue siendo así?
"El nombre de 'Matadero', como es fácil de adivinar, viene de unas antiguas instalaciones de sacrificio de animales de granja que como las de Barcelona, quedaron obsoletas"
El acto, coorganizado con el Pla Estratègic Metropolità de Barcelona (PEMB) y Barcelona 2026 Capital Mundial de la Arquitectura, fue iniciado por el director general del Cercle, Miquel Nadal, y presentado por la presidenta del PEMB, Carol Recio, y contó con la participación de Natalia Peiró, directora general de Madrid Futuro; Mercè Conesa, CEO de Barcelona Global; José Luis Romo, director artístico de Matadero Madrid, y Judit Carrera, directora general del Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB, la única institución catalana que lleva tres letras “C” en sus siglas sin que ninguna corresponda a la palabra “Catalunya”).
Por cierto, con esto del Matadero no hay que asustarse. No es un matadero de creadores culturales, es el nombre de un importante “espacio cultural abierto donde descubrir, donde encontrarse, y del cual formar parte”, según su propia definición, que depende del Ayuntamiento de Madrid. El nombre de Matadero, como es fácil de adivinar, viene de unas antiguas instalaciones de sacrificio de animales de granja que como las de Barcelona, quedaron obsoletas.
Versalles en el Cercle
Aclarado este punto, digamos que este tipo de encuentros Barcelona-Madrid/Madrid-Barcelona suelen desarrollarse en clave extremadamente respetuosa y amable, tanto por parte del equipo local como del equipo visitante y sus estrellas respectivas, entre las cuales por la parte visitante cabe distinguir, justamente, la del director artístico del Matadero, que a pesar de aceptar la mayor financiación de la cultura madrileña por parte de las administraciones, tuvo la habilidad de comentar que Barcelona y las provincias catalanas cuentan con diputaciones provinciales, generalmente generosas en temas culturales, y Madrid, no. No tuvo respuesta.
La paz, en cambio, se vio un poco alterada en el turno de preguntas y respuestas cuando Marian Muro, antigua directora general de Turisme Barcelona y de Turisme Catalunya, tomó la palabra para defender el elefante que de repente había aparecido en el salón de actos del Cercle: el turismo. “¿El turismo es cultura?", se habían interrogado otros a sí mismos. Desde el punto de vista histórico, sin duda. Los primeros turistas, o mejor dicho, los primeros viajeros, lo habían sido por motivos económicos y culturales.
El debate, sin embargo, quedó bastante centrado cuando Muro preguntó a la distinguida concurrencia si tendríamos Sagrada Familia si no fuera por el turismo; o si la Casa Batlló y otras casas modernistas barcelonesas podrían subsistir sin los ingresos derivados de las visitas turísticas (y culturales, ¿verdad?) que las llenan de vida y recursos económicos cada día de la semana. “Porque la Sagrada Familia no recibe ninguna ayuda oficial, ¿sabéis?”, remachó la señora Muro.
Y a partir de entonces, los asistentes, todos ellos gente vinculada al sector, se animaron a hacer un debate sobre las excelencias de la cultura, la descentralización, su origen cultural y la necesidad de ordenarlo y tantos y tantos aspectos muy difíciles de resumir en un artículo este. Un debate lleno de referencias a la gentrificación, la masificación y la crisis de la vivienda que tal vez fue más vivo en el pica-pica posterior que en el versallesco escenario del Cercle d’Economia, que Dios guarde muchos años, mientras yo me hacía estas preguntas:
"La invasión de instalaciones industriales en Barcelona del siglo XIX y principios del XX ¿fue útil o inútil para el progreso de la ciudad?"; "cuando se dieron cuenta, pobrecitos míos de mi alma, que todo aquel desbarajuste pedía ordenación, descentralización, higiene y un poco de criterio?
Algún día encontraremos las respuestas, seguro.
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