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La resurrección (I): montañas rusas en la Argentina de Milei

El grito común de una industria profundamente herida y de una fuerza laboral amenazada por la pérdida de derechos apunta a la falta de fondos, la desidia y el odio del gobierno nacional

Donald Trump felicita a Javier Milei en su llegada a la Casa Blanca para un almuerzo de trabajo | Mehmet Eser (Europa Press)
Donald Trump felicita a Javier Milei en su llegada a la Casa Blanca para un almuerzo de trabajo | Mehmet Eser (Europa Press)
Joan Queralt
Periodista y escritor
Argentina
04 de Enero de 2026 - 04:55

El día del combate, nadie apostaba por su triunfo. Los preámbulos habían sido un puro desastre, una cadena de errores y despropósitos que hacían presagiar un mal resultado. Desprovisto de su soberbia de antaño y de su bravuconería insultante, aborrecido por su conocida impiedad con los adversarios, la mitad del país esperaba celebrar cada golpe, cada traspiés que lo acercara al final y lo humillara. Cuando sonó la campana del comienzo, muchos se dispusieron a asistir -y a disfrutar- del último capítulo de esa figura que representa, mejor que nadie, el gigantesco desorden de nuestro tiempo.

 

“Ahora o nunca”

Sin embargo, contra todo pronóstico, Milei y La Libertad Avanza ganaron la pelea. Una remontada espectacular, difícil de explicar si nos atenemos a los datos microeconómicos que la acompañaban y que semanas antes no podían ocultar la situación del país, al borde de la recesión.

La reacción al triunfo de los libertarios se manifestó en todo el país y de muy diversas formas, casi todas propicias a los intereses libertarios: opositores en estado de conmoción que bajaron el tono de sus ataques hasta el murmullo o el silencio, tránsfugas de todos los partidos y provincias en fuga de sus navíos para saltar a la cañonera del vencedor, empresarios y especuladores eufóricos, fondos de inversión esperanzados. Sí, ese 26 de octubre hubo milagro y resurrección. Pero solo para los devotos de Milei.

 

Tras el resultado electoral, el poder económico nacional, y con él el mediático, se aprestó a tomar la iniciativa perdida en los últimos meses y pasó a presionar abiertamente al gobierno para que materializara cuanto antes el ajuste del gasto social, se profundizara el modelo que venían persiguiendo hacía décadas, y se lograran los consensos políticos necesarios para hacer realidad las reformas estructurales. El sueño eterno del establishment argentino, junto con el de liquidar definitivamente las conquistas sociales y culturales logradas a lo largo del siglo XX y el actual. La idea básica era “ahora o nunca”. Al margen quedaban, sin penalización, las malas prácticas y las corrupciones del proceso libertario.

También el gobierno detectó hallarse en el momento propicio para despreciar definitivamente la lentitud y los restos democráticos de la vieja política y monetizar las enormes oportunidades que, pese a la cadena de saqueos y gobiernos del último medio siglo, ofrece todavía un país como Argentina, ahora con la libertad liberada finalmente por los libertarios. Capitalización del triunfo electoral que, a corto plazo, incluía la aprobación del presupuesto nacional que consolide el plan de ajuste y la de las leyes laboral y tributaria.

Tras el resultado electoral, el poder económico nacional, y con él el mediático, se aprestó a tomar la iniciativa perdida en los últimos meses y pasó a presionar abiertamente al gobierno

Un “ahora o nunca” que abría la oportunidad de ordenar definitivamente un país disfuncional en el que los trabajadores y los jubilados, siendo baratos, siguen resultándoles caros, los mapuches y el resto de comunidades originarias siguen de okupas en las tierras del litio, del uranio, del cobre, del oro, la plata, el petróleo, el gas y el agua dulce que han de servir para pagar la deuda y a un sinfín de intermediarios, y donde las clases medias continúan pensando que pueden seguir estudiando gratuitamente y tener un trabajo con derechos. Un país tan disfuncional, tan poco de fiar que, hasta el recuerdo del Dios Maradona, con el tatuaje del rosarino Guevara en el brazo, le robó a la gente de bien de la que habla Milei el orgullo y el derecho de disfrutar de la albiceleste.

"El pueblo argentino decidió acompañar la disciplina”, celebró Milei, para luego presumir de esos "dos tercios de los argentinos que decidieron abrazar el rumbo a las ideas de la libertad y no volver al pasado". En materia de geopolítica afirmó que "Argentina tiene la posibilidad de ser protagonista de un cambio de reglas de juego globales”, y como no podía ser de otra manera, recordó sus estrechos lazos con unos Estados Unidos que “necesitan un aliado firme en América Latina para ayudarlos a ordenar un continente descarriado por el socialismo del siglo XIX". Por supuesto no mencionó que el dopaje económico que le ofreció Washington para alzarse con el triunfo del 26 de octubre no solo había determinado en gran parte el resultado de las elecciones sino sellado también su presente y su futuro político, ahora definitivamente en manos de Donald Trump y Scott Bessent, su secretario del Tesoro. Tampoco confesó el costo de ese rescate partidario para la frágil salud de la economía nacional.

Las interpretaciones del milagro

Transcurridas algunas semanas, la explicación que reunía más consensos pasó a ser la de responsabilizar al miedo la inesperada resurrección de Milei. Un doble miedo, para ser exactos: al lunes 27, el día posterior, en el caso posible de derrota del gobierno, y el estallido de una auténtica crisis multiorgánica de naturaleza interna, política, económica, social, capaz de provocar un cataclismo similar al del 2001. O bien, la que generaría, también en caso de derrota, la retirada del apoyo político y financiero del gobierno estadounidense, tal y como había anticipado el propio Donald Trump. Dos alternativas que propiciaron, según la mayoría de los analistas y dirigentes políticos, el voto de la prudencia, conservador -más vale malo conocido que bueno por conocer- que suponía el mantenimiento del gobierno libertario y la profundización de su proyecto económico y social. Millones de argentinos, conscientes de su propia historia, sabían que la aparición de buenos por conocer era altamente improbable en caso de una derrota libertaria. Y el riesgo, mayúsculo.

Millones de argentinos, conscientes de su propia historia, sabían que la aparición de buenos por conocer era altamente improbable en caso de una derrota libertaria. Y el riesgo, mayúsculo

La consultora Pulso Research concluyó por su parte que el hartazgo entre los votantes había sido más fuerte que cualquier impugnación y enojo con el gobierno del presidente Milei. "Ganó el menos odiado. Aquello que aún es nuevo, representa el cambio, ofrece algo distinto y conserva el favor de la indulgencia popular", según explicaba el estudio. Como señaló el politólogo Diego Genoud, Trump demostró que con un simple tuit pudo sostener un gobierno que estaba escupiendo sangre. Un tuit, por cierto, plagado de falsas promesas. “Milei iba a perder la elección, lo apoyé y ganó”, diría días después el presidente norteamericano con su habitual humildad.

El hastío de la política y de los partidos tradicionales, la falta de un liderazgo opositor, la estabilidad a cualquier precio, el dólar barato, la memoria todavía fresca, traumática, de la inflación descontrolada del gobierno anterior, el del Frente de Todos, la amenaza de Trump y el miedo a un nuevo cataclismo social similar al del 2001, todo influyó para que Milei consiguiera 9 millones y medio de votos en una elección donde se iba a definir mucho más que el número de diputados y senadores.

Días de vino y rosas

 

El nuevo gobierno de Milei, después de los cambios posteriores a las elecciones legislativas | Presidència d'Argentina
El nuevo gobierno de Milei, después de los cambios posteriores a las elecciones legislativas | Presidència d'Argentina

Al prodigio de la victoria le sucedió la celebración. No se festejaba únicamente el resultado electoral sino la prometedora avenida que se abría para hacer posible una especie de segundo mandato anticipado. La oportunidad de aplicar nuevos ajustes y avanzar en los proyectos prioritarios, muchos de ellos impuestos por el FMI en el pliego de condiciones de su último préstamo: la reforma laboral, la reforma tributaria, la reforma del Código Penal, la reforma previsional. Asumiendo por fin, sin más disimulos, su condición de gobierno ultraderechista empeñado en políticas de ultraderecha. “Abróchense los cinturones”, advirtió sin demora Milei. En esos días de vino y rosas, desinhibidos por el éxito reciente, los voceros mileístas llegaron incluso a anticipar una posible reforma constitucional, que llevaría de 4 a 6 años el plazo de permanencia en el poder, con eliminación de la figura del vicepresidente y la reducción de la Cámara de Diputados. Un traje a medida para los sueños napoleónicos de su presidente. El oficialismo lo desmintió, pero el globo sonda ya había salido a pisar la calle.

El banquete de celebración fue altamente selectivo, no todos estaban invitados. Al raso permanecía la cola de los damnificados, la vida real. Lejos de la orquesta, del champagne y la pizza, los dones prometidos por Papá Trump no se hacían presentes. Tampoco los beneficios de los éxitos históricos que proclamaban los altavoces del gobierno.

Solo un preciado objetivo no logró la Casa Rosada, y Milei en particular, en ese generoso inicio de noviembre: hacerse una foto con Messi, uno de sus ídolos, que le dijo tres veces “no”

Desde ese domingo de octubre, mágico para los intereses de LLA, hasta mediados de noviembre, todo pareció sonreírle a Milei y a su tropa. En el frente interno, Karina Milei, predestinada en octubre a perder su protagonismo político en aras de Santiago Caputo, punta de lanza local de los procónsules norteamericanos, se reafirmaba como la Emperatriz del libertarismo, a falta de algunas pequeñas batallas por conquistar. Éxitos familiares que su hermano, un entusiasta de los uniformes, coronó entregándole al Ejército el ministerio de Defensa en un duro zarpazo para la casi invisible vicepresidenta Victoria Villarruel, y toda una provocación para la Argentina de los derechos humanos. Un Milei empoderado que, además, iba logrando en esos días felices, la creación de un bloque de gobernadores adictos, decisivos para la obtención de futuras victorias parlamentarias del oficialismo. El outsider de la política, el excéntrico bufón de los platós televisivos sin experiencia en los asuntos del Estado pasaba a monopolizar el dominio de la derecha argentina. Solo un preciado objetivo no logró la Casa Rosada, y Milei en particular, en ese generoso inicio de noviembre: hacerse una foto con Messi, uno de sus ídolos, que le dijo tres veces “no” pese a los insistentes requerimientos del gobierno.

Efectos colaterales de la victoria

La derrota golpeó duro a la oposición y rebajó al mínimo las esperanzas de su maltrecho aliado, el PRO de Mauricio Macri. Fue, en metáfora boxística, un uppercut al mentón que oscureció sus mentes y detuvo su respiración.

El gobierno, remodelado solo en parte, aprovechó el viento a favor y la repentina calma provocada por la estabilización de los precios y la sensación de orden económico, para intensificar dos de sus entusiasmos: la opacidad y la represión. De los acuerdos con Bessent, el secretario del Tesoro norteamericano, no se dio -ni nunca se daría a conocer- la letra pequeña ni tampoco sus cláusulas. Otro secreto que añadir al silencio oficial sobre el desconocido destino de las 37 toneladas de oro de las reservas del Banco Central, valoradas en 6.733 millones de dólares. Un misterio sin más justificación por parte del Banco Central que la de no poner en riesgo la seguridad y la estabilidad del sistema financiero.

“No podemos saber sobre el acuerdo comercial con los Estados Unidos; no podemos saber sobre el swap con el Tesoro; no podemos saber sobre los préstamos del Fondo Monetario”, se lamentó Alejandro Bercovich, uno de los mejores periodistas económicos del país. En suma, "todo un secreto en la bóveda. Toda deuda secreta”, resumía el periodista en alusión a una "deuda que vamos a tener que pagar nosotros, pero que no nos explican cómo toman, del mismo modo que tomaron los más de 100.000 millones de dólares que han engordado la deuda pública desde que asumieron Milei y Caputo". Avalado por el respaldo de los votantes, el gobierno de la Libertad ya no está dispuesto a dar explicaciones. A nadie.

Avalado por el respaldo de los votantes, el gobierno de la Libertad ya no está dispuesto a dar explicaciones. A nadie

La inyección electoral se tradujo asimismo en otra vuelta de torniquete en la represión de las protestas y en nuevas amenazas de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, entonces en sus últimas semanas en el cargo para asumir su banca en el Senado. Una Bullrich amada por el poder económico, que deja el ministerio represor con el récord de 1.300 manifestantes heridos y que, como senadora de LLA, se estrenará mostrando una vez más su desprecio por los jubilados con la propuesta de desmantelar la obra social del Programa de Atención Médica Integral (PAMI), para los jubilados y pensionados, las personas mayores de 70 años sin jubilación, por representar “un gasto brutal”, y transferir sus fondos a los sindicatos como compensación por los ataques letales que la reforma laboral representa para ellos. Represión e intimidaciones que se tienen que enmarcar en el contexto de implantación de la reforma laboral y penal, que generan preocupación entre trabajadores, gremios y movimientos sociales.

La gran ofensiva para una nueva era

A rebufo del éxito, el gobierno se puso a trabajar en la búsqueda de un mayor capital político para alcanzar, en el menor plazo de tiempo posible, su objetivo de fondo: la reformulación estructural de la economía argentina. Un proyecto que intentó la dictadura cívico-militar en los años setenta y Domingo Cavallo en los noventa, y que no pudieron llevar a término. Desde comienzos de noviembre, en la Argentina del resucitado Milei, todo pasó a estar en oferta, como si el negocio estuviese en remate por cierre y liquidación: desde los hospitales hasta los glaciares, desde la energía atómica a los alfajores, desde las centrales hidroeléctricas al sistema ferroviario, desde las tierras raras y las normales hasta los espacios públicos y las rutas nacionales, desde la carne a los clubs de fútbol o la mismísima moneda nacional, el peso, que desde hace años viene temiendo por su relevo por el dólar.

Como si se tratara de una Normandía austral, en paralelo comenzó el desembarco de la Administración norteamericana, autora reconocida del milagro, con el Secretario del Tesoro, Scott Bessent, y sus enviados especiales a la cabeza. Una irrupción precedida, de forma nada casual, de la llegada de los funcionarios del J.P.Morgan para acordar a su vez las reglas de juego con el Ejecutivo y establecer los puestos claves de sus siete ex altos ejecutivos en el gobierno. El cuadro se completaría, algunos días después, con el arribo del nuevo embajador de los EEUU, Peter Lamelas, encargado de disciplinar a gobernados y gobernadores locales y de complicarles la vida a los chinos en el renacido virreinato regido desde Washington y New York, y monitorizado desde Florida.

El cuadro se completaría con el arribo del nuevo embajador de los EEUU, Peter Lamelas, encargado de disciplinar a gobernados y gobernadores locales y de complicarles la vida a los chinos en el renacido virreinato regido desde Washington y New York

Indiferente a todo lo que no procediera de esos centros de decisión, el antiguo arquero del Chacarita Juniors envió el mensaje de que “no iba a levantar el pie de las reformas, dado que había llegado el momento para acelerar más fuerte” y mostró su confianza en que el oficialismo lograría los respaldos necesarios para aprobar su paquete de reformas en el Congreso, otra de las exigencias de sus tutores políticos y económicos. “El Congreso va a estar en condiciones de afrontar todas estas reformas y esto está avalado por las urnas”, remarcó. La “modernización” del país había encendido sus motores y nada iba a detenerla. Ni pequeños detalles como el de una inflación que llevaba cinco meses subiendo, sin desaparecer como estaba previsto. “Lo hará en agosto del 2026”, prometió el presidente. No en julio o en septiembre. En agosto. Hasta entonces, los argentinos, y en particular la gente de bien, solo deberán esperar a que se cumplan sus oráculos.

Se abrían las puertas de una nueva etapa, enfocada a lo que el sociólogo y editor de la revista Crisis, Mario Santucho, define como “la restricción del campo de lo posible”, un brutal recorte que más allá de lo estrictamente político va a afectar al campo de lo laboral, de los derechos y libertades, subordinado todo a la imposición de nuevos factores extra democráticos, caso de la dinámica extorsiva de Trump amenazando al pueblo argentino con las siete plagas de Egipto en el caso de un mal resultado de Milei en las elecciones. Un nivel inédito de injerencia que boceta el modelo y las normas del nuevo capitalismo, no solo para Argentina sino para el resto de los países de la región.

Para Santucho, en realidad, el resultado de octubre, más que impulsar una nueva fase del mandato de Milei, inaugura en el país un ciclo postdemocrático, autoritario. En el que las leyes y normas del pasado, incluidas las constitucionales, van a incumplirse impunemente, como de hecho se han estado incumpliendo a lo largo de estos dos años de mandato libertario, en los que el gobierno de Milei ha hecho caso omiso de los repetidos requerimientos de la Justicia y de las resoluciones del Parlamento. Impunidad que, por ejemplo, llevará a que el primer presupuesto votado en la era Milei viole la Constitución Nacional al no incorporar tres leyes votadas y ratificadas por el Parlamento Nacional para financiar las Universidades, las Discapacidades y la Emergencia Pediátrica.

Con el triunfo indiscutible de La Libertad Avanza, el renovado liderazgo de Milei, el desembarco de los marines de Wall Street y una oposición en cuidados intensivos quedaba exclusivamente en manos del oficialismo y sus protectores la determinación y la agenda de qué se hablaría y qué se decidiría a partir de ese momento, y, en teoría, comenzaban a darse las condiciones necesarias para el gran proyecto de disciplinar al país.

La economía real levanta la voz

Manifestantes y policias en una protesta en Buenos Aires el pasado 17 de diciembre | Virginia Chaile (ZUMA Press Wire / DPA)
Manifestantes y policias en una protesta en Buenos Aires el pasado 17 de diciembre | Virginia Chaile (ZUMA Press Wire / DPA)

La primera mitad de noviembre fue el gran momento de los libertarios. Los días amanecían solo para ellos, y no podía decirse lo mismo sobre la suerte del país y la de quienes habitan en el espacio exterior de su cosmovisión. Fue entonces cuando La Libertad Avanza absorbió a todos los tránsfugas del resto de partidos, deslumbrados por su reciente triunfo de octubre, logrando con su apoyo y el de los gobernadores la tranquilidad parlamentaria para llenar de nuevo el depósito de la motosierra. Tras las negociaciones, en Diputados, el bloque oficialista pasaría de no superar los 40 legisladores a tener 91. Un número suficiente para blindar los vetos de Milei y negociar en mejores condiciones. Ungido de mesías por los dueños del país, y de alférez provisional y principal aliado en América Latina por la administración Trump, Milei parecía afrontar, excepcionalmente, un período veraniego de calma.

No fueron pocos los argentinos -la mitad, según las encuestas- que en esos primeros días de noviembre temieron que si la oposición seguía sin encontrar solución a su impotencia y a sus divisiones internas, a su descrédito absoluto ante la ciudadanía, Milei pudiera continuar sentado en el sillón de Rivadavia probablemente hasta el 2031, al término de un futuro nuevo mandato o, incluso, más allá de esa fecha, bajo nuevas reglas no republicanas. Solo un elemento parecía concederles algo de esperanza: la implosión de una economía real que, en paralelo a las celebraciones libertarias y abandonada por todos, continuaba minando con rapidez los cimientos del país.

A mediados de noviembre, esa débil ilusión, teñida de contradicciones, comenzó a tomar cuerpo. Y con ella, la montaña rusa de la vida argentina volvió a ponerse en marcha una vez más. En un claro resultado de las políticas del gobierno Milei, centradas exclusivamente en la esfera financiera, la crisis de la economía real se había profundizado ante los ojos de millones de argentinos, asombrados por su indiferencia --cuando no complicidad-- ante el cierre y la fuga de empresas, el aumento del desempleo, la caída del consumo, la producción y el trabajo, el encarecimiento de los servicios, la pérdida de ahorros y el crecimiento del pluriempleo como única salida para evitar quedar atrapados en la pobreza.

La economía real juntó todas sus cifras y sus peores estadísticas para crear la tormenta perfecta que cambiaría el clima y rebajó las expectativas siempre hiperbólicas del gobierno. Emergía, desnuda e indignada, para recordar las urgencias desatendidas y exhibir el derrumbe de la clase media y la situación de emergencia social de millones de trabajadores. La democracia argentina, en feliz recuerdo del comunicador Víctor Hugo Morales de la frase de Raúl Alfonsín, ha olvidado “su promesa de comer, curar y educar”.

La democracia argentina, en feliz recuerdo del comunicador Víctor Hugo Morales de la frase de Raúl Alfonsín, ha olvidado “su promesa de comer, curar y educar”

El temporal no cesó y pasó a diciembre. Y los datos, graves, inquietantes, siguieron llegando de las entrañas del sector productivo nacional, la periferia despreciada por los libertarios a lo largo de todo su mandato, repiqueteando a coro en las portadas de los diarios, las pantallas de los informativos de los canales de televisión independientes, y multiplicándose en las redes. Acumulándose en una secuencia sin fin: cierre de empresas de todo tipo, paralización y reducción de la producción industrial, despido de miles de trabajadores, precarización laboral, crecimiento exponencial del endeudamiento familiar, industria nacional asfixiada bajo la presión de las importaciones que invaden el país…

Las heridas de la Argentina olvidada

Los datos de los salarios, del encarecimiento de la vida y del endeudamiento de los hogares, por su parte, parecen comprometer la serenidad del futuro inmediato. Según un informe del Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag), el salario mínimo de los trabajadores argentinos, utilizados por Milei como ancla del ajuste y la desaceleración de la inflación, son los más bajos de América Latina. Con apenas 225 dólares, se sitúan en el fondo de la tabla, por debajo de Bolivia, Paraguay y muy lejos de Costa Rica, que lidera con 729 dólares. Y según un trabajo del Instituto Argentina Grande (IAG), desde junio del año pasado viene creciendo el endeudamiento de las familias. Entre junio de 2024 y julio de 2025 -último dato- creció un 100% (en términos reales) el monto adeudado por los argentinos a bancos y entidades financieras y casi no ha variado la cantidad de personas endeudadas (15 millones, un tercio de la población). De acuerdo con el último informe del Banco Central, solo en el pasado mes de octubre se registraron 108.979 cheques rechazados por falta de fondos. Hace un año, habían sido apenas 35.659 cheques. Un crecimiento del 205% interanual. Indiferente a las cifras y a sus efectos en la vida de millones de ciudadanos, pero, el gobierno anuncia imperturbable más ajustes para el 2026: menos pensiones, menos fondos, menos derechos.

De acuerdo con el último informe del Banco Central, solo en el pasado mes de octubre se registraron 108.979 cheques rechazados por falta de fondos. Hace un año, habían sido apenas 35.659 cheques

El grito común de una industria profundamente herida y de una fuerza laboral amenazada por la pérdida de sus derechos apunta a la falta de fondos, la desidia y el odio del gobierno nacional. A cuestiones que limitan con la defensa de la vida. Porque el ajuste de estos años y el que está por llegar, condena. A los jubilados hambreados y sin medicamentos, a los discapacitados sin derechos, a los trabajadores esclavizados, a los niños sin hospitales de referencia. La precarización, sostienen los sociólogos más lúcidos, ya no es un problema de ciclo en la Argentina de Milei, se ha vuelto el clima y la norma de la época. “La calidad de vida de la gran mayoría de nuestro pueblo se ha deteriorado por el modelo de Milei, basado en el ajuste, el hambre y la exclusión; en la entrega de soberanía y de los recursos naturales; en la desindustrialización y el endeudamiento externo”, dijo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz 1980, en el acto en Plaza de Mayo del pasado 11 de octubre para denunciar los retrocesos que se viven tras dos años de gobierno de Milei.

Los pasados y los que están por llegar. La reforma laboral, en primer lugar. La propuesta más importante y urgente para Milei y su gobierno. Una supuesta reforma de “modernización” de las relaciones laborales que, en caso de aprobación y posterior implantación, representaría en conjunto una transferencia regresiva y directa de los ingresos de los trabajadores al sector empresarial de 21 billones de pesos anuales, aproximadamente 14.490 millones de dólares estadounidenses, según el cálculo del cooperativista Leonardo Monk.

La propuesta del gobierno, que ha logrado poner en estado de alarma no solo a la oposición y a los movimientos sociales sino incluso a los sindicatos argentinos, con la CGT a la cabeza, después de una larga y escandalosa indolencia, extiende la carga horaria, otorga amplias facilidades de despido, supone menos indemnizaciones y desconoce pilares básicos del derecho laboral como la jornada de ocho horas y el derecho a huelga. En suma, supondría para la clase trabajadora argentina, sumida ya en una profunda crisis por la congelación de los salarios y el continuo crecimiento del desempleo, uno de los mayores retrocesos en materia de derechos desde el regreso democrático de 1983. El plan, que busca debilitar el enorme poder de los sindicatos argentinos retirándoles el control de las obras sociales, valoradas en cifras multimillonarias, reduciría también la capacidad de organización de los trabajadores y facultaría al empleador para modificar o eliminar condiciones laborales según sus necesidades.

La reforma propuesta por el gobierno, y exigida por el FMI, pretende abaratar el trabajo, facilitar el despido, debilitar los convenios colectivos y limitar e impedir la actividad sindical

En resumen, la reforma propuesta por el gobierno, y exigida por el FMI, pretende abaratar el trabajo, facilitar el despido, debilitar los convenios colectivos y limitar e impedir la actividad sindical. Un golpe letal a la ya precaria situación de los trabajadores y de la clase media del país. Vendida por el ejecutivo en pleno como un elemento clave para el crecimiento económico y la creación de ocupación, Julián de Diego, abogado laboralista y uno de los redactores de la reforma, ha admitido públicamente que la iniciativa no generará empleo.

Espadas en alto para un incierto 2026

El año termina en Argentina con las espadas en alto. Con el país abierto a una doble alternativa a corto o, a lo sumo, medio plazo: la de la implosión de una crisis económica y social de alto voltaje o la de la imposición de ese proyecto de primarización, endeudamiento crónico y financiarización, de difícil, improbable sostenibilidad si se confronta, por ejemplo, con el empleo privado formal que genera el agro, la minería y las finanzas, un 8,9%, frente al 44,7% de la industria, el comercio y la construcción, sumidas en la peor crisis desde el dramático 2001. Un modelo cuyas contradicciones entre el plan de reformas estructurales del poder y la dramática situación social que vive la población agudizará sin duda el conflicto social, situándolo en el epicentro de la vida política y económica del país a partir de este 2026 a punto de comenzar.