Hoy es imposible negar el papel de la tecnología en los cambios económicos y sociales. La destreza en el uso de las mejores tecnologías ha permitido el dominio, casi siempre por la fuerza, desde los primeros homínidos hasta nuestros días. Esta trayectoria de desarrollo tecnológico ha tenido procesos de mutaciones radicales, que han originado cambios políticos, jurídicos e ideológicos. Podemos distinguir tres grandes revoluciones de esta naturaleza: la revolución neolítica (agrícola), la revolución industrial y la revolución digital, en la que estamos inmersos.
En los dos primeros procesos transformadores se ha observado siempre un mismo patrón. Unas clases o élites dominadoras de las nuevas tecnologías acabaron imponiendo las instituciones que mejor se ajustaban a sus intereses. Afectaban a la población de su espacio de poder (tribus, imperios, Estados...). Y se producían ganadores y perdedores como resultado de estas mutaciones. Ganadores no significa en absoluto dotados de maldad. Tenemos un ejemplo en Catalunya. Su revolución industrial debe mucho a una burguesía emprendedora que supo aprovechar los avances tecnológicos para convertirlos en empresas modernas. Ganadores significa que en el reparto del excedente generado por las nuevas tecnologías están en el lado favorable. Hagamos un repaso de estos dos grandes cambios.
La revolución industrial de Catalunya debe mucho a una burguesía emprendedora que supo aprovechar los avances tecnológicos para convertirlos en empresas modernas
La revolución agrícola se inicia hace 12.000 años. Los cazadores recolectores lo pasaban mal, pero sus cuerpos estaban fibrados y su alimentación era variada. Por obligación hacían aquello que hoy nos aconsejan para estar sanos. Pero no con los primeros agricultores. La bioarqueología muestra unos esqueletos con disminución de la altura; problemas en la columna vertebral y las rodillas, a consecuencia de pasarse de sol a sol encorvados sobre la tierra; problemas de caries... La alimentación tenía muchas calorías, pero no era nada variada. El sedentarismo, junto con una alta densidad humana, conviviendo con los animales y la acumulación de residuos, provocó una gran transmisión de enfermedades infecciosas.
La esperanza de vida en el pasado es una variable de difícil medida. La alta mortalidad durante los primeros años de vida coexistía con personas que llegaban a los 60 y 70 años. A pesar de estas prevenciones, las esperanzas de vida al nacer de los cazadores-recolectores se estiman en 20-35 años. Para las primeras sociedades agrícolas, de 20-30 años, es decir, disminuyó. No será hasta la Europa occidental, hacia 1.800, que alcanza los 35-40 años. Para llegar hoy, en los países desarrollados, a los 80-85 años.
En resumen, la revolución agrícola significó un gran aumento de la productividad de la tierra, pero no necesariamente un mayor bienestar para las personas. Con la revolución industrial pasó algo parecido, aunque a una velocidad relativa mucho mayor. Las miserables condiciones de vida del proletariado han sido perfectamente estudiadas y noveladas. Desde el ensayo La situación de la clase obrera en Inglaterra, de Engels, publicado en 1845, hasta novelas como Tiempos difíciles, de Dickens, publicada en 1854, Mary Barton, de Elisabeth Gaskell, publicada en 1848; o la misma Sybil, de Benjamin Disraeli, futuro primer ministro conservador británico, publicada en 1845.
Un episodio que pone en evidencia el empeoramiento de la clase obrera con la revolución industrial es muy ilustrativo. En la Francia prerrevolucionaria, el nivel de vida era sensiblemente inferior al de Gran Bretaña. Se estima que el ingreso promedio era de unas 3,5 veces el nivel de subsistencia, mientras que el inglés era de seis veces. Dos generaciones más tarde, todo había cambiado. ¿Cómo era posible que Inglaterra en plena revolución industrial, a pesar de estar económicamente más avanzada, resultaba que el nivel de pobreza era mucho mayor que en Francia?
Esta paradoja hizo que se encargara a Tocqueville ir a Inglaterra y elaborar un informe. Tocqueville fue y inició el informe, pero no lo terminó, siendo publicado el esbozo que hizo después de su muerte. Todo apunta, y a veces se explica que este fue el motivo para no terminar el informe, que él creía que los campesinos franceses obtuvieron tierras después de la Revolución, mientras que en Inglaterra las personas que habían podido cultivar sus propias tierras o habían disfrutado del aprovechamiento comunal, se habían visto obligadas (enclosures) a marchar a las ciudades para trabajar en las fábricas, incluidos los niños, y vivir amontonadas en condiciones miserables.
Es difícil no convenir hoy que las necesidades, al menos las materiales, están infinitamente más satisfechas gracias al progreso tecnológico
¿Cuándo mejoraba esta situación? En ambos casos, el reparto de los frutos de una mayor productividad se consiguieron cuando los perdedores pudieron reunir la fuerza necesaria para un reparto más equilibrado. En el caso de la revolución industrial, en términos relativos, el tiempo para reunir esta fuerza fue mucho menor que con la revolución agrícola. La fuerza sindical y los partidos obreros fueron las herramientas principales de esta mejor redistribución. Sin embargo, el gran cambio se produjo con los 30 gloriosos, después de la Segunda Guerra Mundial. Un período de fuerte crecimiento económico, así como de miedo a la influencia de la Revolución Rusa, permitieron un mejor reparto así como el nacimiento de la clase media.
En cambio, con la revolución agrícola, tanto la esclavitud como la servidumbre se prolongó por milenios. Un factor que permitió la revolución agrícola y favoreció las grandes desigualdades fue un extraordinario crecimiento de la población, a consecuencia de una alta fertilidad de las mujeres. Las mujeres cazadoras-recolectoras, dados los problemas que significaba acarrear niños, los amamantaban durante muchos años para disminuir la probabilidad de embarazo. En este crecimiento demográfico en la sociedad agrícola se fijó Malthus para escribir Un ensayo sobre el principio de la población. La población quedaba diezmada mediante las guerras y pandemias, como muy bien describe Walter Scheidel en El gran nivelador.
¿Qué podemos concluir de estos dos grandes episodios? Es difícil no convenir hoy que las necesidades, al menos las materiales, están infinitamente más satisfechas gracias al progreso tecnológico. Pero también debemos convenir que esto lo hemos podido disfrutar sobre los hombros del sufrimiento de muchas personas en el proceso de transformación. Y esta variable no debería quedar fuera de la ecuación del progreso.
Queda el último paso: ¿qué podemos esperar de la revolución de la Inteligencia Artificial (IA)?
1. La necesidad de no perder el tren en el uso efectivo de esta tecnología. No hacerlo, significa la renuncia al estado del Bienestar y la decadencia. Hoy su dominio corresponde a Estados Unidos y China. Europa parece más preocupada en la regulación que en la adaptación.
2. Habrá ganadores y perdedores. No obstante, disponemos de mejores instituciones para evitar un pésimo reparto de los costes y beneficios. ¿Tendrán estas instituciones suficiente capacidad y voluntad para resolver el dilema consistente en la apertura necesaria para el uso efectivo de la IA y, a la vez, evitar un elevado desequilibrio de las cargas?
3. Las empresas que tienen el dominio de la IA constituyen unas tecnooligarquías que concentran el poder económico, político y social. En el transcurso de los últimos 40 años, a escala global, la acumulación de capital y la concentración de rentas y riqueza han sido extraordinarias. En las primeras posiciones por países, por el patrimonio que controla el 10% superior de la población, encontramos Rusia, Estados Unidos y China. Si ponemos el foco en el 1%, el proceso de concentración es todavía superior. A las nuevas élites, los Estados de derecho, democráticos y sociales les estorban. China y Rusia ya tienen el Estado adecuado. Estados Unidos está en este proceso. Y en todo el mundo avanzan las posiciones más derechistas con la función de su desmantelamiento.
Habrá ganadores y perdedores. No obstante, disponemos de mejores instituciones para evitar un pésimo reparto de los costes y beneficios
4. Daron Acemoglu y Simon Johnson, dos reputados economistas Premios Nobel en 2024 -junto con James A. Robinson-, en su libro Poder y progreso analizan la evolución de las revoluciones tecnológicas y sus efectos sobre la prosperidad. Defienden la tesis de que la trayectoria tecnológica la podemos decidir nosotros. Afirmada así, no es una tesis que comparta. En el lenguaje aristotélico podríamos decir que es una afirmación verdadera en potencia pero no en acto. Ciertamente, es posible, pero la experiencia de las dos revoluciones tecnológicas anteriores no nos muestra unas instituciones resultantes con este comportamiento tan roussoniano.
El dilema de nuestras sociedades será ser muy receptivos con la IA y muy vigilantes con el reparto de los costes y beneficios, y en la defensa de los Estados de derecho, democráticos y sociales.
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