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Del carbón y el hierro al mundo de hoy (y III)

La forma de Estado que hoy se adecúa mejor a las nuevas relaciones, creadas por la revolución tecnológica, son las de un Estado totalitario, dictatorial y no social

Elon Musk y Donald Trump en el Despacho Oval de la Casa Blanca | Francis Pool (CNP / Europa Press)
Elon Musk y Donald Trump en el Despacho Oval de la Casa Blanca | Francis Pool (CNP / Europa Press)
Narcís Mir | VIA Empresa
Ingeniero y economista
12 de Abril de 2026 - 04:55

Este artículo es la tercera y última entrega del especial 'Del carbón y el hierro al mundo de hoy'

 

Hoy nos encontramos en medio de la revolución digital, la tercera gran revolución tecnológica. Las dos anteriores, sin entrar en subdivisiones, fueron la revolución agrícola y la revolución industrial. De cada una emergió un grupo social o élite ganadora, que impuso un sistema político, jurídico e ideológico coherente con las nuevas relaciones creadas en la base material de la sociedad gracias a la mutación tecnológica.

La revolución agrícola se produjo a lo largo de un gran período que comenzó, aproximadamente, hace 12.000 años. La nueva tecnología permitió la emergencia del excedente, es decir, de la capacidad de producir por encima de las necesidades de subsistencia y reproducción de las personas. Este excedente se producía de forma estable, no periplo y defendible de eventuales usurpadores. También permitió la esclavitud. Las nuevas élites fueron los reyes, las castas sacerdotales y los funcionarios. Para garantizar la máxima apropiación del excedente, estas élites necesitaban la coerción, servicio que proporcionó primero, la guardia personal, y después, el ejército, institución que fue posible gracias a este excedente. Anticipándose al consejo de Maquiavelo, que el poder necesita la coerción y del consenso, este último lo obtuvieron con las religiones. Si el poder venía de los dioses, los súbditos lo aceptaban mucho más fácilmente como un hecho necesario.

 

Con la revolución industrial, una nueva clase -la burguesía-, a consecuencia del aprovechamiento de las nuevas tecnologías, impuso su nuevo Estado: el Estado liberal de derecho, tal como he explicado en el segundo artículo. Tuvieron que pasar muchos años y muchas luchas para mejorar las condiciones del proletariado y transformar el estado de derecho en democrático y social.

Esta pulsión de las nuevas élites surgidas de una revolución tecnológica para maximizar la apropiación del potencial excedente, no se puede considerar como una ley del desarrollo humano, sino como una regularidad histórica. Y es por esta pulsión que se necesitan muchos años, muchas luchas y muchos sufrimientos para que los perdedores puedan neutralizar, relativamente, esta situación inicial. Solo hay que ver el reconocimiento del sufragio universal, primero para los hombres y más tarde para las mujeres; o bien la abolición de la esclavitud.

Ante la situación de inseguridad, la población renuncia a la democracia para tener más seguridad

En el mundo de hoy, cuando ponemos el foco en la institucionalización de los Estados, observamos un desplazamiento general hacia formas de Estado totalitarias, dictatoriales y no sociales. ¿A qué se debe esta tendencia general? He escuchado diferentes explicaciones: la socialdemocracia ha aceptado las tesis de centroderecha; ya no se identifica democracia con progreso económico; ante la situación de inseguridad, la población renuncia a la democracia para tener más seguridad; las redes sociales son espacios con una agenda ideológica de extrema derecha; etc. Todas estas explicaciones, a mi entender, hacen referencia a los efectos, pero no a las causas.

Por lo tanto, empiezo por observar las relaciones en la base material de esta nueva fase del capitalismo nacida de la revolución digital, y me fijo en unas variables que definen la prosperidad y la equidad de las sociedades: la acumulación y concentración del capital y de las rentas. Utilizo las conclusiones extraídas de los dos artículos “Acemoglu y Robinson contra Piketty”.

La participación en el capital del 50% de la población más pobre siempre ha sido muy pequeña, alrededor del 5%

Con independencia de la existencia de una ley general, lo que sí podemos observar es que a partir de la década de 1970-1980, se está produciendo un proceso sostenido de acumulación del capital, un proceso de concentración de la propiedad del capital, y un proceso de concentración de las rentas. También vemos que este proceso es especialmente intenso en los países anglosajones y, especialmente, en los Estados Unidos. Y esta concentración de capital adopta formas monopolistas, como se hace evidente con las grandes empresas tecnológicas.

La participación en el capital del 50% de la población más pobre siempre ha sido muy pequeña, alrededor del 5%. Por lo tanto, si el capital se concentra en el decil superior es a costa del 40% central, que define la clase media. La concentración de las rentas, afecta negativamente tanto a la clase media como a la más pobre. La concentración de las rentas es especialmente alarmante en los países anglosajones. Esto significa que el crecimiento general de las rentas (PIB) se descompone en un crecimiento superior del grupo que gana peso y uno inferior para los grupos que pierden peso. Las manifestaciones de esta situación son claras: dificultades de emancipación y de adquisición o alquiler de vivienda si no es por transmisión o ayuda de los progenitores; extinción de las expectativas de prosperar en la escala social; flujos de inmigración que a menudo repercuten en las condiciones de las clases con menos recursos; etc.

La revolución industrial y burguesa provocó la sustitución del estado absolutista por el Estado liberal de derecho, como el más adecuado a las nuevas condiciones económicas. ¿Cuál sería, pues, la nueva forma de Estado coherente con estas nuevas condiciones que impone el capitalismo digital? Examinémoslo, ateniéndonos a los tres vectores que definen la forma de Estado, a partir de sus polos opuestos: Estado de derecho frente al Estado autoritario o totalitario; Estado democrático frente al Estado autocrático o dictatorial; Estado social frente al Estado no social.

El Estado social representa la aspiración a la igualdad de oportunidades y a la solidaridad social, muy lejos de las posiciones individualistas de las nuevas élites. De ahí las exigencias de estas a la reducción de la fiscalidad; o bien a la movilidad del capital, buscando la mínima fiscalidad; o la colocación de los capitales en paraísos fiscales. El Estado social es una creación muy reciente y, vista la dinámica actual, puede ser un Estado muy efímero.

En cuanto al estado de derecho, las nuevas élites aspiran a hacer que, además de los económicos y de seguridad, reconozca unos derechos mínimos. Necesitan el dominio de los aparatos del Estado para aplicar un totalitarismo que les permita adaptar las leyes a sus estrictos intereses.

Finalmente, también su preferencia es por el Estado dictatorial frente al Estado democrático. De esta manera garantizan un total control del poder público.

Desde los años setenta se ha producido una acumulación de capital que adopta formas monopolísticas, como se hace evidente con las grandes empresas tecnológicas en los EE. UU.

En conclusión, y a mi parecer, la forma de Estado que hoy se adecua mejor a las nuevas relaciones en la base material de la sociedad, creadas por la revolución tecnológica, son las de un Estado totalitario, dictatorial y no social. Esto es lo que ayudaría a explicar este desplazamiento generalizado hacia esta forma de Estado. La situación actual en los Estados Unidos, con el presidente Donald Trump, creo que es un reflejo fiel de este modelo. Y no es casual.

Es evidente, sin embargo, que todos estos países que manifiestan este desplazamiento tienen una historia de Estados de derecho y democráticos. Por lo tanto, la mutación la tienen que hacer, en muchos casos, conservando algunas formas. Por ejemplo, sin eliminar el sufragio universal, pero para ello tienen que utilizar a fondo el otro recurso del poder, el consenso, mediante la manipulación. Esto se traduce en la necesidad de control de los medios de comunicación, en la financiación de las redes sociales que transmiten sus mensajes, en el papel de los partidos populistas atizando formas de odio a las antiguas élites o a la inmigración, recurso muy utilizado por el poder cuando trata de cohesionar su base social. También es imperativo el control del sistema judicial.

El presidente de China, Xi Jinping, durante una comparecencia | Huang Jingwen (Xinhua News / Europa Press)
El presidente de China, Xi Jinping, durante una comparecencia | Huang Jingwen (Xinhua News / Europa Press)

¿Y China? China recibió por herencia del comunismo una forma de Estado que coincide perfectamente con la necesaria y eso le ha facilitado un crecimiento económico muy alto. Por eso muchos países se miran en ella.

Este artículo tiene únicamente un propósito de diagnóstico. Hacer prescripciones exigiría algún artículo más. Simplemente, apuntaré que en la revolución industrial, los perdedores pudieron asociarse y crear nuevas instituciones (partidos que los representaran, sindicatos, movimientos sociales, etc.) y así poder conseguir derechos sociales y mejoras en la igualdad de oportunidades. Las condiciones hoy de los perdedores son más difíciles.

Sería necesaria una reacción a escala global y uno de los principales perdedores, la clase media, hoy no manifiesta tener conciencia de clase, ni parece que quiera tenerla. Simplemente, lucha por no caer en el pozo de los perdedores. Para las posibles respuestas, es necesario saber que si las élites de la revolución burguesa eran revolucionarias, las élites de la revolución digital son reaccionarias: querrían un nuevo Estado absolutista. Resistencia es la terapia necesaria para el mantenimiento del estado de derecho, democrático y social, y ante el desfallecimiento, acudir a Camus: “Donde no hay esperanza, nos incumbe inventarla”.