Escucha el artículo ahora…
En septiembre de 2025, Tadej Pogačar se proclamaba campeón del mundo de ciclismo por las calles de Kigali, la capital de Ruanda. Las imágenes de aquel Mundial dejaron algo más que una nueva exhibición del esloveno. Miles de aficionados llenaban las calles, se subían a los tejados y convertían las subidas de la ciudad en un escenario que hasta hacía relativamente poco parecía reservado a las grandes capitales del ciclismo europeo. Aquel día, África no era solo el lugar de origen de algunos deportistas que triunfan lejos de casa. Era el centro del deporte mundial.
Un año después, Ruanda ha dado otro paso, esta vez mucho más costoso. El 13 de octubre de 2026, la Fórmula 1 anunció un acuerdo de diez años para volver al continente africano, donde no compite desde 1993. La carrera se celebrará a principios de la próxima década en un nuevo circuito en Bugesera, a unos 40 kilómetros de Kigali.
Detrás de este anuncio hay mucho más que un circuito y veinte monoplazas. Hay una estrategia de país, una inversión potencialmente extraordinaria y una pregunta que el deporte mundial lleva demasiadas décadas esquivando: ¿por qué un continente de más de 1.500 millones de habitantes sigue siendo prácticamente invisible en el mapa de los grandes eventos deportivos?
Un país que quiere convertir el deporte en negocio
Ruanda es un caso especialmente interesante porque hace años que ha entendido algo que algunos países todavía no han terminado de comprender: el valor de un gran evento no termina cuando se reparten los trofeos.
Detrás está el presidente Paul Kagame y, sobre todo, el Rwanda Development Board, el organismo encargado de promover la inversión, el turismo y el desarrollo económico del país. Es una especie de agencia de construcción de marca nacional que ha hecho del deporte una de sus principales herramientas de proyección internacional.
Su marca turística, Visit Rwanda, ha aparecido vinculada a entidades de primer nivel como el Paris Saint-Germain, el Atlético de Madrid, el Arsenal, el Aston Villa o los Los Angeles Clippers. Son acuerdos que tienen un objetivo muy concreto: situar Ruanda en el imaginario de millones de consumidores que difícilmente habrían pensado en este país como un destino turístico o de inversión.
El circuito de F1 de Bugesera no está pensado únicamente para organizar una carrera anual, sino como un complejo capaz de acoger competiciones, congresos, actividades empresariales y eventos durante todo el año
Los resultados económicos empiezan a dibujar una tendencia. Según el Rwanda Development Board, los ingresos turísticos pasaron de 647 millones de dólares en 2024 a 685 millones en 2025, con cerca de 1,5 millones de visitantes. No sería riguroso atribuir esta evolución exclusivamente al deporte, pero tampoco se puede ignorar que las grandes competiciones forman parte de una estrategia más amplia de posicionamiento.
El proyecto de Fórmula 1 sigue exactamente esta lógica. El circuito de Bugesera no está pensado únicamente para organizar una carrera anual, sino como un complejo capaz de acoger competiciones, congresos, actividades empresariales y eventos durante todo el año. Además, estará situado junto al nuevo aeropuerto internacional, una infraestructura valorada alrededor de los 2.000 millones de dólares en la que Qatar Airways participa con el 60% del capital.
Es decir, Ruanda no solo aspira a tener un Gran Premio. Quiere construir un ecosistema de negocios a su alrededor.
La gran pregunta: ¿cuánto cuesta comprar un lugar en el calendario?
La Fórmula 1 generó unos ingresos de cerca de 3.900 millones de dólares en 2025. Para Liberty Media, el grupo estadounidense que controla el campeonato, la entrada en nuevos mercados forma parte de una estrategia empresarial que combina derechos audiovisuales, patrocinios, organización de eventos y experiencias cada vez más exclusivas.
Y África representa una oportunidad difícil de ignorar. Según las estimaciones de la propia Fórmula 1, el continente ya supera los 100 millones de seguidores de este deporte, con una audiencia especialmente joven: en algunos de los principales mercados subsaharianos, cerca del 60% de los aficionados tienen menos de 35 años. Ahora bien, un aficionado no es necesariamente un cliente. Y aquí empieza la parte más compleja de la operación.

Ruanda tenía un PIB por habitante de unos 1.124 dólares anuales en 2025, según el Banco Mundial. Hablamos, por tanto, de una economía muy alejada de la capacidad adquisitiva de los países que tradicionalmente han acogido la Fórmula 1. Construir el circuito, pagar los derechos de organización, garantizar la seguridad y poner en marcha toda la infraestructura asociada exige un esfuerzo financiero considerable.
De momento, no se han publicado las cifras del presupuesto del circuito, el canon anual ni la estructura definitiva de financiación. Es una ausencia importante porque, sin estos datos, resulta imposible valorar con rigor la rentabilidad de la inversión.
La cuestión de fondo no es solo si Ruanda puede pagar una Fórmula 1. Es si la Fórmula 1 puede ayudar a Ruanda a generar suficiente actividad económica para justificar aquello que habrá invertido.
Sudáfrica 2010: un éxito deportivo no siempre es un éxito empresarial
La referencia inevitable es el Mundial de fútbol de 2010. Sudáfrica organizó una competición que reunió a más de tres millones de espectadores en los estadios y que proyectó una imagen extraordinaria del continente. Por primera vez, el gran espectáculo del fútbol mundial llegaba a tierras africanas.
Desde el punto de vista de la organización, del ambiente y de la proyección internacional, aquel Mundial fue un éxito. Pero el análisis económico posterior dejó conclusiones más matizadas.
Por un lado, el gobierno sudafricano reconoció una inversión pública de 30.000 millones de rands en estadios e infraestructuras relacionadas con el torneo. Años después, diferentes estudios académicos identificaron un problema que se repite en muchos grandes eventos: recintos magníficos durante unas semanas que después resultan difíciles de mantener y de explotar comercialmente.
La grandeza de un evento no se mide solo por la audiencia que consigue, sino por aquello que deja cuando los deportistas se marchan
Además, Sudáfrica no es Ruanda: dispone de una economía mucho mayor, un mercado interior con una capacidad de consumo superior y una trayectoria internacional en la organización de grandes competiciones. Pensar que cualquier otro país africano puede reproducir su experiencia sería simplificar demasiado una realidad continental enormemente diversa.
Esta es precisamente la lección que Ruanda debería extraer de 2010. La grandeza de un evento no se mide solo por la audiencia que consigue, sino por aquello que deja cuando los deportistas se marchan.
África también quiere los Juegos Olímpicos
Mientras tanto, el movimiento africano ya no se limita a Ruanda. Marruecos compartirá con España y Portugal la organización del Mundial de fútbol de 2030 y está acelerando un amplio programa de inversiones en estadios, aeropuertos, ferrocarriles e infraestructuras turísticas. El Fondo Monetario Internacional estima que el conjunto de estas actuaciones movilizará cerca de 190.000 millones de dirhams entre 2024 y 2030.
Egipto también lleva años invirtiendo en instalaciones deportivas, con un gran complejo olímpico construido en la nueva capital administrativa, mientras que Senegal acogerá, entre el 31 de octubre y el 13 de noviembre de 2026, los primeros Juegos Olímpicos de la Juventud organizados en territorio africano.
Pero la gran frontera sigue siendo otra. Desde el nacimiento de los Juegos Olímpicos modernos, en 1896, ninguna ciudad africana ha organizado nunca unos Juegos Olímpicos de verano absolutos. Ni una sola vez. Sin embargo, esto podría empezar a cambiar. Sudáfrica figura entre los siete países que el Comité Olímpico Internacional reconoce como interesados en la edición de 2036. La decisión definitiva está prevista para 2029.
La actual presidenta del COI, Kirsty Coventry, es de Zimbabue y se ha convertido en la primera africana en dirigir el organismo. El pasado septiembre definió los Juegos de la Juventud de Dakar como un nuevo capítulo para el movimiento olímpico. Su predecesor, Thomas Bach, ya había defendido la posibilidad de organizar unos Juegos en Sudáfrica concebidos no solo para el país, sino para el conjunto del continente.
Es una cuestión que va más allá de las candidaturas. Si el olimpismo dice defender la excelencia, el respeto y la amistad, y aspira a construir un mundo mejor a través del deporte, ¿puede seguir dando la espalda a una parte tan importante de la población mundial?
Los Juegos no se pueden adjudicar solo por una cuestión de justicia geográfica. Hacen falta infraestructuras, solvencia financiera, garantías políticas y capacidad organizativa
Evidentemente, los Juegos no se pueden adjudicar solo por una cuestión de justicia geográfica. Hacen falta infraestructuras, solvencia financiera, garantías políticas y capacidad organizativa. Pero también es legítimo preguntarse hasta qué punto el modelo económico del olimpismo ha contribuido a perpetuar esta ausencia.
La otra cara del gran espectáculo
Hay, sin embargo, una contradicción que no se puede pasar por alto. La estrategia deportiva de Ruanda también ha despertado fuertes críticas de organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, que denuncian la represión política en el país y su presunto apoyo al grupo armado M23 en el conflicto de la República Democrática del Congo. El gobierno ruandés rechaza estas acusaciones.
Las dos organizaciones han cuestionado el acuerdo con la Fórmula 1 porque consideran que puede convertirse en una operación de sportswashing, es decir, la utilización del deporte para proyectar una imagen internacional favorable y apartar la atención de problemas políticos y de derechos humanos.
El debate es pertinente. Defender que África merece un papel más importante en el deporte internacional no significa avalar cualquier gobierno ni cualquier inversión. Del mismo modo que denunciar vulneraciones de derechos humanos no debería servir para justificar que todo un continente siga excluido de las grandes competiciones.

También hay otra pregunta que a menudo queda en segundo término: ¿qué piensa el aficionado africano?
Las calles llenas de Kigali durante los Mundiales de ciclismo demostraron que hay una pasión deportiva real, mucho más allá de las estadísticas de las televisiones y los departamentos de marketing. Pero si los grandes eventos se convierten en productos de lujo reservados a visitantes internacionales, el riesgo es construir una industria deportiva en el continente sin que una parte importante de sus habitantes pueda disfrutar de ella.
Y entonces la promesa de desarrollo quedaría inevitablemente incompleta.
Las calles llenas de Kigali durante los Mundiales de ciclismo demostraron que hay una pasión deportiva real, mucho más allá de las estadísticas de las televisiones y los departamentos de marketing
África está empezando a disputar una competición diferente. Ya no se trata solo de aportar futbolistas, ciclistas, atletas o talento a las grandes ligas del mundo, sino de atraer capital, generar negocio, construir infraestructuras y reclamar una parte del valor económico que el deporte produce.
Ruanda ha hecho una apuesta extraordinariamente ambiciosa. Sudáfrica mira hacia 2036. Marruecos piensa en 2030. Y el COI, las federaciones y los grandes operadores comerciales empiezan a descubrir que el mapa deportivo internacional todavía tiene territorios pendientes de conquistar.
Durante demasiados años, África ha sido uno de los grandes viveros del deporte mundial. Ahora empieza a llamar a la puerta del palco. Y la pregunta ya no es solo si la dejarán entrar, sino quién pagará la entrada y quién acabará haciendo negocio con el espectáculo.
Añadir VIA Empresa como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad