El ruido está muy presente en todas partes. Se cuela por las ventanas, las obras, los conciertos y los eventos de todo tipo. En el ISE, entre pasillos a rebosar y los zapatos aún empapados por la lluvia, también está: persistente, cotidiano. En medio de este paisaje sonoro, Cesva ocupa un lugar singular y se presenta como el único stand que habla de contener el ruido en un espacio diseñado para amplificarlo. Marçal Serra, ingeniero y director de acústica, lo suelta a VIA Empresa con una media sonrisa: “Aquí siempre quedamos como los chicos malos”.
La empresa barcelonesa, fundada en 1969, despliega en este entorno su especialidad: convertir el ruido en información útil, precisa y accionable, capaz de entender cómo respira una ciudad. Hoy, la compañía familiar está en manos de la tercera generación, con Joan Casamajó al frente de la gerencia, quien ha impulsado el mayor salto tecnológico de la firma: “Ha cogido el sonómetro y lo ha subido a la nube”, asegura Serra. Y este impulso tecnológico no se entiende sin Barcelona, la ciudad donde Cesva ha crecido y con la que mantiene una estrecha relación de colaboración.
Barcelona hace años que apuesta por una idea muy concreta de ciudad inteligente, y esto incluye un elemento poco habitual: un departamento dedicado exclusivamente al control y la reducción del ruido urbano. No es un proyecto puntual, sino un equipo que se dedica a entender qué pasa acústicamente en cada calle. Cuando la ciudad empezó a desplegar su modelo de ciudad inteligente (smart city), se topó con un reto evidente: si las decisiones se han de basar en datos, estos han de ser fiables. Hasta entonces, el mundo de las ciudades inteligentes había estado dominado por las telecomunicaciones, especialistas en enviar información de un punto a otro.
“Nuestro negocio clásico son los sonómetros de mano, los que usa la policía, pero el salto real llega cuando Barcelona nos pide datos fiables”, explica el director. En 2014, en pleno impulso del Smart City Expo World Congress, el Ayuntamiento buscaba una manera de monitorizar el ruido con garantías. “Si un dato es malo, te bloquea todo el sistema, necesitaban datos buenos de verdad”, señala.
Hoy hay más de 200 sensores repartidos por Barcelona, integrados en la plataforma municipal Sentilo, para tomar decisiones inmediatas cuando los decibelios superan los límites
Así pues, en aquel momento la entidad diseñó y fabricó los primeros sensores específicos para la ciudad. Hoy hay más de 200 repartidos por Barcelona, integrados en la plataforma municipal Sentilo. Controlan el espacio público y detectan picos, patrones y anomalías para tomar decisiones inmediatas cuando los decibelios superan los límites. Por lo tanto, los sensores no son solo un mapa de puntos repartidos por la vía pública, también son la herramienta que permite a Barcelona gestionar el ruido cuando se organiza un concierto o un acto multitudinario. Y aquí hace un apunte clave: “No todos los ruidos lo son para todos. En un concierto, para algunos será música buena; para otros, ruido".
Este control se complementa con otras herramientas sobre el terreno. Además de los sensores fijos, la ciudad utiliza sonómetros de mano en zonas especialmente sensibles y, en los conciertos, se instalan limitadores acústicos, es decir, equipos que regulan el volumen en tiempo real. “No distorsionan la música, esta suena igual, pero suben o bajan el volumen en función de si se están superando los límites o no”, puntualiza Serra. “Barcelona esto lo tiene muy interiorizado”, añade.
El modelo ha convertido la capital catalana en un referente internacional. Personas de todas partes del mundo se acercan al stand del ISE para entender cómo se puede compatibilizar la actividad diaria, el descanso vecinal y la sostenibilidad urbana. Uno de ellos ha sido un responsable egipcio que, en plena feria, explicaba a Serra que en su país conviven hoteles, fiesta nocturna y turistas que al día siguiente quieren visitar las pirámides. "Quieren importar el modelo barcelonés porque necesitan exactamente eso: actividad y descanso sin conflicto", explica Serra.
Únicos fabricantes en el Estado y presencia en más de 40 países

El organigrama interno de Cesva se estructura entre 30 y 50 trabajadores, pero a pesar de su dimensión, la entidad es una rara avis en el sector: "Somos el único fabricante de sonómetros de todo el Estado y uno de los pocos en el mundo que produce también sus propios micrófonos de condensador", reconoce Serra. Esta capacidad de diseño y fabricación propia, certificada con la calidad ISO 9001 en diseño, fabricación y calibrado, les permite competir en un mercado global donde hay menos de una docena de actores homologados.
Sus equipos viajan a más de 40 países y tocan todos los continentes, como Asia, Australia, África, Marruecos, Sudáfrica y buena parte de Sudamérica. A menudo, son las administraciones públicas las que los buscan para resolver problemas concretos de ruido con datos fiables y herramientas que funcionen sobre el terreno. “Muchas poblaciones no saben por dónde empezar, y frecuentemente nos toca explicar casos de uso porque hablamos con muchas ciudades, pero no entra en nuestra línea de negocio asesorar”, admite Serra.
Serra (Cesva): "Somos el único fabricante de sonómetros de todo el Estado y uno de los pocos en el mundo que produce también sus propios micrófonos de condensador"
Y la práctica diaria deja ejemplos claros. De hecho, uno de los proyectos que Cesva tiene en marcha ilustra bastante bien hasta dónde puede llegar la tecnología, y Serra hace una demostración directa en su stand. En una zona urbana con obras, un ayuntamiento recibía quejas constantes de ruido. Todo apuntaba a la maquinaria, pero se trataba del perro del vecino: “La persona que se queja seguramente trabaja fuera todo el día y no oye las obras, pero el fin de semana quiere descansar y le molestan los perros”, contextualiza.
Con la plataforma NoisePlatform de Cesva, el equipo técnico puede acceder al mapa acústico de toda una semana, de lunes a domingo, e identificar las franjas donde empiezan y acaban las obras. Al clicar sobre un punto concreto, el sistema permite escuchar lo que pasa y clasificar el ruido por su tipología: “Animal, perro, animal, perro”, muestra el sensor.
Un segundo ejemplo. En una parada de autobús de Barcelona, los datos revelaron que el ruido provenía de la acumulación de gente durante el turno nocturno, "y la solución fue tan simple como mover la parada", relata Serra. “Cuando tienes datos buenos, las decisiones son mucho más claras”, defiende.
Simplificar una disciplina que "espanta", el ADN de Cesva

El ADN de Cesva también pasa por hacer fácil aquello que, de entrada, “asusta”. Serra admite sin dramatismos que mucha gente cree que la acústica es un laberinto técnico, y en parte lo es. El ruido no se mide con unidades lineales, sino con decibelios, que funcionan con operaciones energéticas. El resultado es contraintuitivo: "Si tienes una fuente que hace 60 decibelios y le añades otra igual, no obtienes 120 decibelios, sino 63. En acústica, dos y dos no hacen cuatro: hacen cinco”, resume entre risas. Por eso, dos fuentes iguales solo suman tres decibelios más.
Esta lógica hace que mucha gente perciba la acústica como una disciplina opaca, pero Cesva trabaja justamente para traducirla en herramientas visuales y fáciles de emplear. “Intentamos que todo sea muy intuitivo, muy gráfico y muy simple de usar”, explica Serra. Y esta filosofía impregna también en los productos nuevos: la línea que ahora lanzan, el sensor TA150, comenzó hace diez años, pero todavía hoy sorprende a profesionales que la descubren por primera vez.
El ISE, el Smart City u otros salones internacionales permiten a Cesva acceder a públicos que no tenía identificados o encontrar posibles distribuidores en países donde todavía no ha puesto el pie
Por eso, Cesva empieza a incorporar poco a poco la inteligencia artificial para interpretar patrones acústicos. “La IA es una herramienta muy potente, pero se debe utilizar con sensatez”, avisa Serra. En un proyecto, los golpes de pelota de una pista de pádel fueron detectados como golpes de pelota, pero de baloncesto. Salvo estos ajustes que aún hay que pulir, la tecnología ya es lo bastante madura para identificar sonidos concretos y automatizar tareas.
Por otro lado, la simplicidad del producto final hace emerger un último elemento esencial para Cesva: el contacto directo con el cliente. Las ferias internacionales son el escenario palpable de todo este trabajo, en el que la tecnología deja de ser un prototipo para convertirse en una conversación real. En el departamento de acústica -“la cabeza y la cola de la empresa”, según Serra- es donde nacen las ideas, a menudo en forma de "cuatro líneas en un papel", y donde acaban convertidas en un dispositivo que ha atravesado electrónica, software, mecánica y validación técnica. Pero el momento decisivo llega cuando éste se planta delante del cliente y es él quien lo disecciona. “Es bestia ver cómo aquello que imaginaste ahora está en sus manos”, admite.
Las ferias son, sobre todo, un generador de ideas. La gente se acerca con ganas de decir la suya, de sugerir, de preguntar si no se ha pensado en añadir tal función o resolver tal detalle. Y de aquí salen mejoras reales. Serra lo ha vivido hace muy poco: un cliente le propuso una funcionalidad hace medio año por teléfono, y en el ISE le ha podido enseñar que ya está implementada. “Estaba entusiasmado: veía su idea convertida en producto”, recuerda. Esta capacidad de incorporar un retorno inmediato es una ventaja que las grandes multinacionales -sobre todo las que solo distribuyen productos diseñados a miles de kilómetros- no tienen.
Además del contacto directo, las ferias abren puertas a mercados inesperados. El ISE, el Smart City u otros salones internacionales permiten a Cesva acceder a públicos que no tenía identificados o encontrar posibles distribuidores en países donde todavía no ha puesto el pie. El ejemplo de Egipto es uno: un responsable local ha visto el producto, ha conectado y cree que puede introducirlo en su país. “Estos encuentros no los tienes si no estás aquí”, dice Serra. Y para él, saber qué funciona, qué no, qué sorprende y qué falta, es una de las partes más satisfactorias de todo el proceso.