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Crecer sí, pero no a cualquier precio: cinco lecciones para la empresa

¿Qué puede hacer una empresa que quiera avanzar hacia el poscrecimiento sin poner en riesgo la cuenta de resultados?

Una operaria en una fàbrica | iStock
Una operaria en una fàbrica | iStock
Oriol Amat | VIA Empresa
Economista, UPF BSM y Observatorio de la PIME
Barcelona
29 de Julio de 2026 - 04:55

¿Puede una economía crecer indefinidamente en un planeta finito? Y, si la respuesta es que no, ¿qué alternativa tenemos? Este es el punto de partida de la publicación de la Cátedra de Finanzas Sostenibles de la UPF Barcelona School of Management con Triodos Bank, editada por Marcos Eguiguren y un servidor, de la cual recogemos aquí algunas de las principales conclusiones.

 

Los datos ayudan a entender el reto. Durante siglos, el PIB mundial creció muy lentamente. Con la Revolución Industrial, sin embargo, se inició una aceleración sin precedentes que lo ha llevado a superar los 100 billones de dólares. Este crecimiento ha contribuido a sacar de la pobreza a cientos de millones de personas, pero también ha tenido costes importantes. Según Global Footprint Network, hoy necesitaríamos 1,7 planetas Tierra para sostener nuestro ritmo de consumo. Y las desigualdades siguen siendo muy elevadas: según Reuters, en las empresas cotizadas el consejero delegado cobra de media 268 veces lo que cobra el empleado medio. Ya en el año 1972, el Club de Roma advertía de los riesgos de un crecimiento indefinido en un planeta finito. Más de medio siglo después, el debate sigue plenamente vigente.

Hoy necesitaríamos 1,7 planetas Tierra para sostener nuestro ritmo de consumo

Ante este reto hay tres grandes opciones. La primera es seguir creciendo y confiar en que la tecnología y el mercado resuelvan los problemas. La segunda es el decrecimiento, que propone reducir deliberadamente producción y consumo. La tercera es el postcrecimiento: ni crecer por crecer ni decrecer por decrecer, sino poner el bienestar de las personas y los límites del planeta en el centro de las decisiones económicas.

 

Kate Raworth lo explica con una imagen muy gráfica: la economía del donut. El objetivo es situarnos entre un suelo social —garantizar necesidades básicas como alimentación, salud, educación y vivienda— y un techo ambiental que no podemos sobrepasar. Para las empresas, esto no significa renunciar a la rentabilidad. Significa cambiar la brújula: pasar de crecer a cualquier precio a crear valor económico, social y ambiental a largo plazo.

Hay empresas que ya lo están haciendo. La cervecera familiar alemana Neumarkter Lammsbräu, fundada en 1628, ha decidido limitar su crecimiento a las materias primas que puede obtener localmente y producir de manera 100% ecológica. En lugar de limitarse a compensar emisiones comprando certificados de CO2, ha creado un fondo climático propio para reducirlas. Menos marketing verde y más transformación real. Otro ejemplo es Mondragón, donde la propiedad cooperativa favorece que una parte importante de los resultados se reinvierta en la empresa, las personas y el territorio. También hay transformaciones espectaculares. Ørsted, antigua compañía danesa centrada en los combustibles fósiles, se ha reconvertido en uno de los grandes actores mundiales de la energía eólica marina. Y Patagonia promueve la reparación y reutilización de la ropa y destina recursos a la conservación del medio ambiente. Modelos muy diferentes, pero una misma idea: negocio y sostenibilidad pueden ir de la mano.

El contraste también nos enseña. Hay empresas admiradas por su innovación que continúan instaladas en una lógica de crecimiento casi ilimitado. Grandes empresas de comercio electrónico compensan emisiones con reforestación mientras su modelo depende de un consumo cada vez mayor. Y empresas industriales promueven el reciclaje mientras continúan fabricando productos con una vida útil limitada. La sostenibilidad real es difícil de conciliar con el crecimiento a cualquier precio.

¿Qué puede hacer una empresa que quiera avanzar hacia el postcrecimiento sin poner en riesgo la cuenta de resultados? De los casos analizados se pueden extraer cinco lecciones muy concretas.

Cambiar los indicadores. Las ventas y el beneficio son imprescindibles, pero no lo explican todo. Hay que incorporar indicadores de impacto ambiental, satisfacción de los clientes, bienestar de los empleados y contribución a la sociedad. Medir mejor ayuda a decidir mejor.

Priorizar la durabilidad y la reparación. Los productos que duran y se pueden reparar fidelizan a los clientes, generan servicios de postventa y reducen costes y residuos.

Cerrar el círculo. Reutilizar, reciclar y regenerar no es solo una cuestión ambiental. También es eficiencia. Cada material que se recupera es un recurso que no hay que volver a comprar.

Acortar la cadena de suministro. Proveerse más cerca puede reducir emisiones, pero también dependencias y riesgos de suministro. Las crisis logísticas de los últimos años nos lo han recordado.

Repartir mejor. Horquillas salariales razonables y reinvertir una parte de los beneficios pueden reforzar la cohesión, la reputación y la capacidad de atraer y retener talento.

Ninguna de estas cinco medidas obliga a una empresa a decrecer. Y todas son compatibles con una empresa competitiva, sana y rentable. La diferencia es otra: el éxito deja de medirse solo por el cuánto y incorpora también el cómo y el para qué. Por eso, la cuestión no es crecer o dejar de crecer. Es decidir qué conviene que crezca, qué no y cómo queremos prosperar. Para las empresas, anticiparse a este cambio no es solo una cuestión de sostenibilidad. Cada vez más, es una cuestión de estrategia, competitividad y futuro.

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