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El secreto de las empresas centenarias catalanas

El verdadero éxito empresarial no consiste solo en crecer deprisa, sino en construir organizaciones capaces de seguir creando valor generación tras generación

Sede de Grifols en Sant Cugat del Vallès | Cedida
Sede de Grifols en Sant Cugat del Vallès | Cedida
Oriol Amat | VIA Empresa
Economista, UPF BSM y Observatorio de la PIME
Barcelona
15 de Julio de 2026 - 04:55

Cada año nacen en Catalunya unas 100.000 empresas, entre sociedades y personas autónomas que emprenden. Muy pocas, sin embargo, llegan a celebrar su centenario. De hecho, cada año desaparece un número similar al que se crea, de manera que llegar a los 100 años es una auténtica excepción. De acuerdo con los datos del Registro Mercantil (base de datos SABI), hemos identificado 757 empresas españolas que superan los 100 años de historia y continúan activas. De estas, 210 son catalanas: el 27,7% del total, una proporción superior al 19,8% que representa Catalunya sobre el PIB de la economía española. Para dimensionar el mérito, conviene recordar que la edad media de las empresas activas con datos en el Registro Mercantil es de unos 14 años (Informa, 2025), y que esta cifra incluso sobreestima la realidad, porque muchas empresas desaparecen durante los primeros meses de vida y ni siquiera llegan a depositar las primeras cuentas anuales en el Registro Mercantil.

 

Un club muy diverso 

Las empresas centenarias no se agrupan en un solo sector, sino que cubren toda la economía. Encontramos industria como La Farga, Damm, J. Vilaseca, Miquel y Costas, Miguel Torres o Recaredo; farmacéuticas como Grifols o Uriach; servicios como Roldós, Aigües de Barcelona, Aigües de Mataró, Terrassa, Aigües de Palamós o Aigües de Vilajuïga; cooperativas históricas como Cadí, Ivars d'Urgell, Ulldecona o Sant Jaume dels Domenys; transporte de viajeros como Alsina Graells o Hispano Igualadina; entidades como Asepeyo; clubes deportivos como el FC Barcelona o el RCD Espanyol, e instituciones singulares como Publicacions de l'Abadia de Montserrat —heredera de la imprenta instalada en el monasterio en 1499 y una de las editoriales en activo más antiguas del mundo— o Agrícola Regional, también vinculada a la Abadia.

De las 757 empresas españolas que superan los 100 años de historia, 210 son catalanas (el 27,7% del total)

¿Qué explica esta longevidad extraordinaria? No hay una receta única, pero los estudios existentes permiten identificar diversos rasgos comunes en estas organizaciones.

 

Pensar en la próxima generación, no en el próximo trimestre. El primer rasgo es un propósito claro. Estas empresas no gestionan mirando únicamente los resultados del próximo trimestre. La rentabilidad es imprescindible, pero las decisiones responden a una visión de largo plazo y a la voluntad de crear valor de manera sostenida para los clientes, las personas, los accionistas y la sociedad. Y como la mayoría son familiares, muchas decisiones se toman priorizando el valor que se transmitirá a la generación siguiente de aquí a quince o veinte años. Son, por tanto, empresas pacientes: prefieren crecer de manera sostenida y consolidar cada paso antes de dar el siguiente, en lugar de buscar resultados espectaculares en poco tiempo. Un estudio reciente del IMD (2026) sobre empresas familiares japonesas identifica la mirada intergeneracional y la coherencia con los mismos valores como dos de los principales factores que explican la longevidad empresarial.

Humildad y capacidad de adaptación. Las empresas centenarias no dan nada por garantizado: escuchan el mercado, aprenden de los errores y mantienen una actitud permanente de mejora. Su historia les aporta experiencia, pero no les hace perder la capacidad de aprender. De ahí nace una enorme flexibilidad. Han sobrevivido a guerras, crisis económicas, cambios tecnológicos y relevos generacionales porque han sabido evolucionar antes de que fuera demasiado tarde: han mantenido los valores, pero han innovado continuamente y han cambiado muchas veces los productos, los procesos y, en algunos casos, incluso el modelo de negocio. Precisamente cuando una empresa deja de adaptarse a los cambios, aunque tenga una larga historia detrás, empieza a poner en riesgo su continuidad.

Pasión por el cliente y por la marca. Otro rasgo común es la orientación al mercado. Estas empresas viven pendientes de los clientes y entienden que su continuidad depende de satisfacer sus necesidades mejor que nadie. Por eso apuestan de manera decidida por la calidad, la innovación, la excelencia en el servicio y la construcción de una marca sólida. Saben que una marca de prestigio no se crea con una campaña publicitaria, sino cumpliendo las promesas día tras día durante muchos años.

Buena gobernanza, buena gestión de los conflictos y relevo ordenado. La profesionalización de la dirección es otro factor determinante. La planificación de la sucesión, unos órganos de gobierno eficaces y la incorporación del mejor talento —sea o no familiar— aparecen de manera recurrente en las empresas más longevas. Saber separar propiedad y gestión, y preparar el relevo antes de que llegue, es a menudo lo que marca la diferencia entre llegar a la tercera generación o quedarse por el camino.

Prudencia financiera. El análisis de sus cuentas muestra una capitalización muy elevada: de media, unos fondos propios equivalentes al 44% del activo, un colchón que les da autonomía para afrontar nuevas inversiones. A esto se añade un endeudamiento moderado y una política de dividendos prudente. Esta fortaleza les permite encarar las crisis sin tomar decisiones precipitadas y, también, acertar los momentos de comprar y de vender —sean inmuebles, empresas o negocios—: más que seguir las modas, saben esperar el momento adecuado.

Confianza. El activo que necesita décadas. Finalmente, han construido un enorme capital de confianza. La de los clientes, de los trabajadores, de los proveedores y de la sociedad es un activo que tarda décadas en construirse, pero que se convierte en una de las principales ventajas competitivas de las empresas que perduran. Es, probablemente, su patrimonio más valioso, y el que resulta más difícil de copiar.

Cien años no son ningún seguro. La historia es un gran activo, pero no garantiza el futuro. Algunas empresas centenarias que hoy pasan dificultades habían sido durante décadas un referente en sus sectores. Cuando dejan de innovar, de poner al cliente en el centro, de mantener la prudencia financiera o de preservar una buena gobernanza, también pueden perder las ventajas que las habían hecho excepcionales. De hecho, en los últimos diez años ha desaparecido el 20% de las empresas que eran centenarias en 2015. La longevidad es un resultado que hay que revalidar cada día, no un derecho adquirido.

En definitiva, estas compañías nos recuerdan que el verdadero éxito empresarial no consiste solo en crecer deprisa, sino en construir organizaciones capaces de seguir creando valor generación tras generación. Su secreto no es ninguna fórmula mágica, sino la acumulación de buenas decisiones, una gestión rigurosa y una mirada siempre puesta en el largo plazo. En un mundo dominado por la inmediatez, las empresas centenarias nos dejan una lección de plena actualidad: las organizaciones que piensan en la próxima generación acostumbran a tomar mejores decisiones que las que solo piensan en el próximo trimestre. La longevidad no es un objetivo en sí mismo; es la consecuencia de seguir tomando, generación tras generación, las decisiones que hacen que una empresa siga siendo útil y relevante.

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