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Durante décadas, Catalunya ha demostrado una gran capacidad para desarrollar infraestructuras y consolidarse como uno de los principales motores económicos del país. El siguiente paso es reforzar nuestra capacidad para mantenerlas y adaptarlas a los nuevos desafíos. Hemos medido nuestra ambición por los kilómetros construidos, las estaciones inauguradas o la inversión ejecutada. Las infraestructuras han sido decisivas para la cohesión territorial, la modernización económica y la conexión con Europa. Pero el contexto ha cambiado y también deben evolucionar las métricas con las que evaluamos el éxito.
La competitividad de Catalunya dependerá no solo de lo que construya, sino de su capacidad para mantenerlo, anticipar riesgos y garantizar su continuidad en un clima cada vez más extremo. Tan importante como ampliar nuestras infraestructuras es asegurar su fiabilidad a largo plazo. Una infraestructura demuestra su valor cada día que funciona de manera segura y previsible.
El mantenimiento ha sido tradicionalmente la parte menos visible del debate público, pero desempeña un papel esencial en la productividad, la seguridad y la confianza. Un tren que no circula o una carretera cortada no son solo incidencias técnicas: generan costes económicos, logísticos y sociales. En Catalunya, donde miles de trabajadores dependen diariamente de Rodalies, la continuidad del servicio influye directamente en la movilidad, la organización de las empresas y la productividad del territorio.
"La competitividad de Catalunya dependerá no solo de lo que construya, sino de su capacidad para mantenerlo, anticipar riesgos y garantizar su continuidad en un clima cada vez más extremo"
El primer coste oculto de no mantener es financiero. Diferir el mantenimiento rara vez implica ahorrar; con frecuencia significa trasladar costes al futuro. Cuando una actuación preventiva no se ejecuta a tiempo, pueden ser necesarias reparaciones urgentes, restricciones operativas o cierres temporales. Por eso, anticiparse no solo contribuye a mejorar la seguridad, sino también a optimizar los recursos disponibles. En un territorio con un tejido industrial y logístico tan relevante como el catalán, disponer de conexiones fiables es también una condición para competir y atraer inversiones.
La situación de Rodalies refleja la complejidad de gestionar una red intensamente utilizada, sometida a la presión operativa, las necesidades de mantenimiento, las obras de mejora y el impacto de los temporales. Más allá de las incidencias concretas, el contexto actual ofrece una oportunidad para consolidar una gestión preventiva, capaz de identificar los puntos más sensibles, anticipar riesgos y reforzar progresivamente la fiabilidad del servicio.
Este debate se enmarca, además, en un contexto de inversión exigente. En España, distintos análisis económicos y sectoriales, así como referencias internacionales como la OCDE, apuntan a una caída relevante de la inversión pública en infraestructuras durante los últimos quince años. En el ámbito ferroviario, las cifras disponibles muestran una reducción significativa del gasto real destinado a conservar la red desde 2018. Lo relevante no es solo la cifra, sino la tendencia que refleja: redes maduras, mayor demanda y creciente presión climática, que hacen especialmente importante aprovechar cada recurso con criterios de eficiencia y visión de futuro.
La cuestión no puede formularse únicamente en términos de invertir más, aunque la inversión sea necesaria. La pregunta estratégica es cómo invertir mejor. Cada euro destinado al mantenimiento debería responder a una lógica clara: qué activos presentan mayor probabilidad de fallo, cuáles tendrían mayores consecuencias y dónde una actuación preventiva puede reducir más riesgos. Esta no es solo una conversación técnica: es una cuestión económica de primer orden.
Por otro lado, el clima ha dejado de ser una variable de contexto para convertirse en una variable de gestión. Buena parte de nuestras infraestructuras se diseñó bajo la premisa de que los riesgos evolucionaban dentro de patrones estables. Catalunya, como otros territorios mediterráneos, afronta sequías prolongadas y precipitaciones intensas que pueden alterar el comportamiento del terreno y acelerar determinados procesos de deterioro. Un talud, un terraplén o un drenaje aparentemente estable puede pasar a una situación de riesgo entre una inspección y la siguiente.
Esto no significa que las inspecciones tradicionales hayan dejado de ser útiles. Al contrario, siguen siendo fundamentales, pero hoy podemos complementarlas con nuevas herramientas que amplían nuestra capacidad de anticipación. La combinación de conocimiento técnico, observación continua y datos permite conocer mejor el comportamiento de las infraestructuras, detectar señales de deterioro y priorizar intervenciones. La tecnología no sustituye el criterio de los ingenieros, sino que lo refuerza.
En este contexto, uno de los grandes retos es avanzar hacia modelos de gestión cada vez más integrales y coordinados. Conocer los distintos niveles de exposición y vulnerabilidad de los activos permite anticipar riesgos y planificar actuaciones con criterios compartidos. Catalunya cuenta con un sólido ecosistema de ingeniería, universidades, centros de investigación y empresas tecnológicas. La oportunidad está en aprovechar ese potencial para impulsar una gestión más preventiva y orientada al largo plazo.
"Una Catalunya con infraestructuras fiables puede reducir costes de interrupción, proteger sus cadenas logísticas, facilitar la movilidad laboral y reforzar la confianza empresarial"
Para avanzar, existen tres prioridades claras: inventariar mejor los activos críticos, priorizar inversiones en función del riesgo y convertir los datos disponibles en decisiones operativas antes de que el deterioro sea visible.
La resiliencia debe convertirse en un criterio habitual de inversión. Una Catalunya con infraestructuras fiables puede reducir costes de interrupción, proteger sus cadenas logísticas, facilitar la movilidad laboral y reforzar la confianza empresarial. En una economía expuesta a desafíos climáticos y geopolíticos, la continuidad del servicio será una forma esencial de competitividad.
La buena noticia es que contamos con el conocimiento, la tecnología y la capacidad técnica para avanzar hacia ese modelo. El reto es seguir evolucionando en la forma en que medimos y gestionamos nuestras infraestructuras. Durante años, construir fue símbolo de progreso. En la etapa que viene, progresar también será cuidar mejor lo construido.
Por eso, estoy convencido de que la próxima gran infraestructura que necesita Catalunya no será necesariamente una nueva línea ferroviaria, un puente o una estación, sino una nueva manera de decidir: más preventiva, más medible y orientada al largo plazo. Porque invertir en mantenimiento y resiliencia es también invertir en productividad, competitividad y confianza en el futuro.
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