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Los establecimientos de proximidad también son seguridad urbana

22 de Mayo de 2026
Antoni Torres | Pimec

Durante años hemos analizado el comercio, pero los establecimientos de proximidad son muchos más. Son todos aquellos que encontramos en nuestras calles, restaurantes, bares, gimnasios, pequeños industriales, artesanos y profesionales independientes, y lo hemos estudiado casi exclusivamente desde una perspectiva económica: facturación, empleo, competitividad o hábitos de consumo. Pero cada vez hay más evidencia urbanística, criminológica y social que nos obliga a ampliar la mirada. Cuando desaparecen los establecimientos de barrio, no solo se pierde actividad económica; también se debilita la vida urbana y la cohesión social de nuestros barrios y pueblos.

 

La relación entre espacio urbano y seguridad no es nueva. Ya en 1961, la urbanista y activista Jane Jacobs formuló una idea que hoy continúa plenamente vigente en su obra The Death and Life of Great American Cities: las calles vivas son más seguras que las calles vacías. Jacobs defendía que la presencia constante de personas, comercios y actividad cotidiana genera los llamados “ojos en la calle”, es decir, una vigilancia informal que contribuye a prevenir conductas incívicas y oportunidades delictivas.

"Cuando desaparecen los establecimientos de barrio, no solo se pierde actividad económica; también se debilita la vida urbana y la cohesión social"

Este planteamiento es hoy una de las bases del urbanismo preventivo y de modelos contemporáneos como la ciudad de los quince minutos. También inspira marcos internacionales como el Crime Prevention Through Environmental Design (CPTED), ampliamente utilizado en Europa y en Canadá, que sostiene que el diseño urbano, la iluminación, la visibilidad y la actividad comercial pueden reducir la vulnerabilidad de los espacios urbanos.

 

La idea es sencilla, pero poderosa: un barrio con persianas bajadas, locales vacíos y poca actividad cotidiana es un barrio más expuesto a la degradación urbana y a la percepción de inseguridad. En cambio, cuando hay establecimientos de proximidad, hay luz, movimiento, interacción social y vida en la calle. Hay personas entrando y saliendo, observando, compartiendo espacio público y generando comunidad, esta cotidianidad actúa como un factor protector.

En Barcelona y en otras ciudades europeas, diversos estudios apuntan en esta misma dirección. El Instituto Metropolitano, a través de la Encuesta de Victimización de Barcelona, concluye que la percepción de seguridad depende en gran parte de la vitalidad urbana, de la presencia de personas y de la calidad del tejido social y comercial. Los espacios percibidos como más inseguros suelen ser zonas degradadas, poco frecuentadas o con baja actividad social.

"Un barrio con persianas bajadas, locales vacíos y poca actividad cotidiana es un barrio más expuesto a la degradación urbana y a la percepción de inseguridad"

También el Col·lectiu Punt 6, desde la perspectiva del urbanismo feminista, ha puesto el acento en la relación entre seguridad percibida y vida cotidiana. Sus estudios remarcan que la ausencia de actividad comercial y las fracturas urbanas aumentan la sensación de vulnerabilidad, especialmente en colectivos que hacen un uso más intensivo del espacio público.

En este contexto, hay que entender que el comercio y el resto de establecimientos de proximidad cumplen una función que va mucho más allá de la venta de productos o servicios. Son infraestructura social. Es cohesión urbana. Es red comunitaria. Y también es seguridad pasiva.

Cuando una farmacia baja la persiana en un barrio o pueblo, y cito la farmacia porque suele ser de los últimos que cierran, no solo desaparece un servicio esencial. También se pierde un punto de luz, una presencia constante, un espacio de confianza y una pieza del tejido cotidiano que da vida a la calle. Lo mismo ocurre con cualquier otro establecimiento de proximidad.

Por eso, las políticas públicas orientadas a proteger el comercio y los establecimientos locales no deberían considerarse únicamente medidas económicas. Son también políticas urbanas, sociales y de prevención. Preservar la vida comercial de los barrios es preservar espacios habitados, activos, seguros y cohesionados.

El debate actual ya no es si “menos comercio o establecimientos significa más crimen”. El consenso académico es más sofisticado y, probablemente, más relevante: la desaparición de vida cotidiana debilita la vigilancia informal, erosiona la cohesión social y aumenta la vulnerabilidad ante la degradación, el incivismo y la delincuencia oportunista.

Y es aquí donde el comercio y el resto de establecimientos de proximidad recuperan todo su valor estratégico. No solo como motor económico, sino como un elemento imprescindible para construir barrios y pueblos más vivos, más humanos y también más seguros.