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León XIV, Trump y la batalla por el futuro de la humanidad

08 de Junio de 2026
Act. 08 de Junio de 2026
Fina Solà | VIA Empresa

Oficialmente presentábamos un libro sobre un Papa; en realidad, estábamos hablando de la batalla más importante del siglo XXI. Una batalla que atraviesa gobiernos, empresas, instituciones, tecnologías y personas. Una batalla sobre cómo ejercemos el poder y qué futuro queremos construir.

 

El miércoles de la semana pasada, en la Librería Ona de Barcelona, se presentaba el libro León XIV, sombras bajo la cúpula, de Vicenç Lozano, en un acto organizado por
Intermèdia Cultura.

Porque el libro de Lozano no es solo una crónica sobre la elección de Robert Francis Prevost, ni tampoco una inmersión fascinante en las tensiones internas del Vaticano. Es también el retrato de una de las grandes batallas que atraviesan hoy nuestras sociedades, nuestras empresas y nuestras instituciones: la pugna entre dos maneras de entender el poder, el liderazgo y el futuro.

 

La lucha entre tradicionalistas y reformistas que el autor describe dentro del Vaticano es exactamente la misma que encontramos hoy en muchas organizaciones. Es la tensión entre el control y la confianza. Entre la jerarquía y la corresponsabilidad. Entre una visión del mundo basada en la concentración del poder y otra basada en la distribución de la responsabilidad.

Y es precisamente aquí donde aparecen dos figuras que, a primera vista, parecen imposibles de comparar: Donald Trump y León XIV.

Trump y León XIV son mucho más que dos líderes. Representan dos maneras de entender el poder, de gestionar el miedo y de liderar personas. Y, probablemente, dos visiones muy diferentes del futuro.

Sin embargo, ambos son grandes disruptores. Ambos han entendido que el mundo atraviesa una crisis de sentido, una crisis de identidad y una crisis de confianza. Ambos ofrecen una respuesta a esta inquietud colectiva. Pero sus recetas son radicalmente diferentes: Trump representa el liderazgo de la certeza en tiempos de incertidumbre. Entiende mejor que casi nadie el poder de la narrativa, de la atención y de la emoción, y ha construido su influencia movilizando una de las emociones más poderosas del ser humano como es el miedo. El miedo a perder el trabajo, la identidad, el país o el control.

"Ambos han entendido que el mundo atraviesa una crisis de sentido, una crisis de identidad y una crisis de confianza. Ambos ofrecen una respuesta a esta inquietud colectiva. Pero sus recetas son radicalmente diferentes"

Pero Trump no inventa este miedo. Lo detecta. Lo verbaliza. Lo magnifica. Y, después, se presenta como la respuesta.

Desde la mirada de los arquetipos, Trump combina la energía del Gobernante, del Destructor, del Guerrero y del Bufón. Es un Gobernante que aspira a concentrar poder y control, un líder convencido de que los grandes cambios requieren una dirección fuerte y una autoridad central capaz de imponer orden. Es también un Destructor, no porque quiera simplemente cuestionar el sistema, sino porque está desmontando muchas de las instituciones, consensos y equilibrios que han definido el mundo occidental durante las últimas décadas. Su propuesta no es reformar; es sustituir un orden por otro.

Su energía principal, sin embargo, es la del Guerrero. La confrontación constante. La batalla abierta. La división entre quienes están con él y quienes están contra él. Necesita tensión porque la tensión moviliza. Y al mismo tiempo aparece el Bufón: domina los titulares, las redes y la conversación pública. Sus constantes cambios de guion, las provocaciones y los giros inesperados mantienen el mundo en alerta permanente. Y aquí hay una de las claves de su liderazgo.

Cuando vivimos en incertidumbre, nuestro sistema de alarma se activa. Entramos en modo supervivencia. El miedo reduce nuestra capacidad de reflexionar, matizar y pensar en complejidad. Y cuando esto ocurre, tendemos a buscar protectores. Figuras fuertes. Líderes que prometen seguridad aunque no necesariamente representen todos nuestros valores.

"La de Trump es la lógica del tecnofeudalismo, un modelo en el que la tecnología, los datos, el conocimiento y el poder tienden a acumularse en pocas manos mientras la mayoría simplemente ejecuta"

Trump ha entendido esta dinámica psicológica mejor que casi nadie. Es una manera de liderar que no solo encontramos en la política. También vive dentro de muchas empresas. Organizaciones en las que la información se retiene, donde el control se confunde con liderazgo, las decisiones se concentran en pocos niveles de la estructura y donde el miedo sigue siendo, todavía hoy, una herramienta de gestión. Es la lógica del tecnofeudalismo, un modelo en el que la tecnología, los datos, el conocimiento y el poder tienden a acumularse en pocas manos mientras la mayoría simplemente ejecuta.

Al otro lado aparece Robert Francis Prevost. Un hombre discreto. Un misionero. Un jurista. Un líder que llega al centro después de haber vivido durante años en la periferia. Y ya en su primera gran decisión envió un mensaje al mundo: escogió llamarse León XIV, y no lo hizo por casualidad. El nombre remite inevitablemente a León XIII, el Papa que a finales del siglo XIX afrontó los profundos cambios sociales, económicos y tecnológicos derivados de la Revolución Industrial.

Con la encíclica Rerum Novarum, León XIII situó la dignidad humana, el trabajo y la justicia social en el centro de una transformación que estaba redefiniendo el mundo. Más de un siglo después, Robert Francis Prevost parece querer establecer un paralelismo evidente. Si León XIII afrontó los desafíos de la revolución industrial, León XIV parece dispuesto a afrontar los desafíos de la revolución digital y de la inteligencia artificial.

El nombre no es un homenaje al pasado. Es una declaración de intenciones sobre el futuro. Si Trump lidera desde la tensión, León XIV parece hacerlo desde la comprensión. Su arquetipo dominante es el del Sabio: escucha antes de hablar, observa antes de decidir, no tiene prisa porque está al frente de una institución que piensa en siglos y no en ciclos electorales. Pero sería un error interpretarlo solo como un hombre de consenso.

León XIV es también un Gobernante. Tiene poder, lo ejerce, y toma decisiones. Lo hace, sin embargo, desde una lógica diferente. No busca controlar todas las voces. Busca que todas las voces puedan participar en la construcción de un proyecto compartido. Aquí aparece la energía del Creador, porque lo que estamos observando no es una simple continuidad del legado de Francisco. Es la construcción de un nuevo orden profundamente reformista que intenta avanzar sin romper los puentes con la tradición. No quiere destruir la institución; quiere ayudarla a evolucionar.

Su mirada es también la del Cuidador. Cuando habla de inteligencia artificial, de migraciones, de pobreza o de dignidad humana, no habla solo a los católicos. Habla a toda la sociedad. Nos recuerda que detrás de cada algoritmo, de cada decisión política o de cada modelo económico hay personas.

"Cuando habla de inteligencia artificial, de migraciones, de pobreza o de dignidad humana, León XIV no habla solo a los católicos. Habla a toda la sociedad"

Y aquí aparece otra característica que explica buena parte de su liderazgo: León XIV no ejerce el poder desde el protagonismo, sino desde el servicio. Es lo que hoy muchas organizaciones llaman Servant Leadership o Humble Leadership. Una manera de entender el liderazgo que no pregunta "¿cómo puedo aumentar mi poder?" sino "¿a quién sirve este poder?". No se trata de liderar desde el ego, sino de liderar desde el propósito. No se trata de estar en el centro de la conversación, sino de crear las condiciones para que la conversación exista.

Quizás por eso sus intervenciones trascienden el ámbito religioso. Porque cuando habla de dignidad humana, de tecnología, de pobreza o de convivencia no está defendiendo solo una institución. Está intentando ponerse al servicio de una causa mucho mayor: la humanidad. Y es precisamente esta vocación de servicio la que explica por qué su mensaje interpela a creyentes y no creyentes, políticos y empresarios, educadores y ciudadanos, porque el liderazgo que practica no busca ser admirado. Busca ser útil.

Y, finalmente, aparece una dimensión que cada vez se hace más visible: la del Mago. Porque bajo su apariencia serena se intuye un estratega extraordinario. Alguien que entiende el tablero de ajedrez, capaz de mover piezas con paciencia, de construir consensos y de transformar una estructura milenaria sin provocar una ruptura interna.

"En un mundo cada vez más polarizado, León XIV parece haber entendido algo fundamental: liderar no consiste en eliminar el conflicto, sino en crear las condiciones para que el conflicto se transforme en conversación"

Pero, probablemente, su habilidad más relevante no es la de transformar. Es la de sostener. Sostener la tensión entre visiones opuestas. Sostener la convivencia entre tradicionalistas y reformistas. Sostener dos maneras diferentes de entender la Iglesia sin que el sistema se fracture.

En un mundo cada vez más polarizado, León XIV parece haber entendido algo fundamental: liderar no consiste en eliminar el conflicto, sino en crear las condiciones para que el conflicto se transforme en conversación, para que las diferencias se conviertan en aprendizaje y para que las tensiones se transformen en evolución. Su gran aportación no es imponer una visión sobre otra, sino construir puentes. Puentes entre pasado y futuro. Entre tradición y reforma. Entre autoridad y participación. Entre tecnología y humanidad. Entre personas que piensan diferente.

Y es aquí donde el diálogo deja de ser una herramienta de comunicación para convertirse en una herramienta de liderazgo. Porque el diálogo es la única vía capaz de generar confianza cuando no hay consenso, de construir comunidad cuando existe diversidad y de sostener proyectos colectivos en entornos de una complejidad creciente.

Quizás por eso León XIV está demostrando ser un Papa de "poco ruido y muchas nueces". Lejos de los grandes titulares y de las declaraciones estridentes, avanza pieza a pieza, sin estridencias ni confrontación innecesaria, pero con una enorme capacidad para influir, orientar y transformar.

Si Trump moviliza a través de la alarma, León XIV parece querer movilizar a través de la conciencia. Si uno promete protección, el otro propone corresponsabilidad. Si uno concentra poder, el otro intenta distribuirlo. Si uno divide para movilizar, el otro construye puentes para transformar. Y quizás la idea más revolucionaria de su pontificado no es ningún posicionamiento político ni ninguna reforma doctrinal. Es la sinodalidad. Esta es una palabra que puede parecer exclusivamente religiosa, pero que esconde una de las reflexiones más avanzadas sobre liderazgo que existen hoy.

La sinodalidad parte de una idea aparentemente simple pero profundamente transformadora: la inteligencia no reside exclusivamente en la cúspide de la jerarquía, sino que también lo hace en la conversación, en la escucha, en la participación y en la capacidad de construir sentido compartido. La sinodalidad habla de corresponsabilidad, de confianza, de inteligencia colectiva. De compartir poder sin perder dirección. De liderar sin necesidad de controlarlo todo.

"La batalla que estamos observando no es solo religiosa ni política, sino cultural, empresarial y humana"

Y eso es precisamente lo que la hace tan relevante más allá de la Iglesia. Porque esta es exactamente la pregunta que hoy se hacen muchas empresas: cómo liderar en un mundo cada vez más complejo donde ningún líder, por brillante que sea, puede entenderlo ni decidirlo todo solo. Frederic Laloux lo describió magistralmente en Reinventar las organizaciones cuando formuló el modelo de las organizaciones TEAL. Cuando observamos los primeros pasos de León XIV es difícil no ver algunos de estos principios, ya que el Papa no quiere destruir la institución, sino evolucionarla. Tampoco quiere eliminar la autoridad, sino transformar la manera como se ejerce. No pretende concentrar más poder. Busca generar más corresponsabilidad. Y eso es profundamente revolucionario.

Por esta razón, la batalla que estamos observando no es solo religiosa ni política, sino cultural, empresarial y humana. Es la confrontación entre dos cosmovisiones: la tecnofeudalista, que cree que el futuro se construye acumulando poder, datos, conocimiento y capacidad de decisión; y la tecnohumanista, que defiende que la tecnología solo tiene sentido si amplía la dignidad, la libertad, la conciencia y las posibilidades de las personas.

Quizás por eso el gran movimiento de León XIV llega con Magnifica Humanitas. Porque cuando habla de inteligencia artificial no está hablando solo de algoritmos. También lo hace de qué lugar ocupará el ser humano en el futuro. Se está preguntando si la tecnología servirá para ampliar nuestra humanidad o para sustituirla. Nos recuerda que la dignidad humana no es negociable. Y, probablemente, esta es su aportación más relevante. Porque en un momento histórico obsesionado con la inteligencia artificial, León XIV nos hace pensar la importancia de desarrollar otra inteligencia: la conciencia. Una conciencia capaz de integrar pluralidad, escucha, responsabilidad y ética.

"La pregunta que nos lanza es la más importante de nuestro tiempo: cuando la tecnología sea capaz de hacer casi cualquier cosa, ¿qué decidirá hacer el ser humano con este poder?"

Quizás por eso León XIV nos está hablando a todos. No porque sea Papa. No porque lidere la Iglesia. Sino porque entiende el liderazgo como un acto de servicio a la dignidad humana, al diálogo y a la convivencia y pluralidad. Un servicio al futuro. Una invitación a hacernos responsables y reflexionar sobre el mundo del mañana.

La pregunta que nos lanza es la más importante de nuestro tiempo: cuando la tecnología sea capaz de hacer casi cualquier cosa, ¿qué decidirá hacer el ser humano con este poder?

La gran batalla del siglo XXI no será entre personas y máquinas. Será entre dos maneras de ser humanos. Entre el miedo y la conciencia. El control y la corresponsabilidad. Los muros y los puentes. Y esta es una decisión que no tomarán los algoritmos. No la tomarán las plataformas. No la tomarán los mercados. La tomaremos nosotros.

Todos estamos expectantes por la visita del Papa León. Y más ahora que lo conocemos un poco más gracias a Vincenç Lozano y a los espacios de reflexión e inspiración que crea Intermèdia Cultura