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Hay infraestructuras que son mucho más que infraestructuras. Son herramientas de país. Determinan la capacidad de una economía para relacionarse con el mundo, condicionan la localización de nuevas actividades empresariales y contribuyen a definir el papel que una ciudad ocupa en el mapa global. El aeroport de Barcelona-el Prat es una de estas infraestructuras.
El debate sobre su futuro ha vuelto al primer plano y lo ha hecho, como no podía ser de otra manera, rodeado de consideraciones territoriales, ambientales, económicas y sociales. Es un debate complejo, porque también lo es la infraestructura que se discute. Pero precisamente por eso conviene situarlo en los términos adecuados: la ampliación del Prat no debería ser planteada únicamente como una cuestión de capacidad aeroportuaria. Lo que está en juego es, en buena parte, la capacidad de Barcelona y de Catalunya para continuar conectadas con el mundo.
Las cifras ayudan a entender la dimensión del reto. Barcelona-el Prat cerró el 2025 con 57,5 millones de pasajeros, un nuevo máximo histórico, cerca de 361.000 operaciones y más de 200 millones de kilos de mercancías transportadas. El tráfico internacional superó los 43 millones de pasajeros. Aena registra actualmente centenares de conexiones desde Barcelona y presenta el Prat como una de las piezas del puente europeo entre Asia y América.
No estamos, por lo tanto, ante una infraestructura con una demanda hipotética o futura. El crecimiento ya está aquí. Y también lo está una transformación cualitativa del tráfico aeroportuario barcelonés: cada vez es más importante la capacidad de conectar directamente la capital catalana con los grandes centros económicos del planeta.
Más que turismo: conectividad aérea para la economía
Durante décadas, Barcelona ha construido buena parte de su éxito internacional sobre una combinación extraordinariamente potente: ciudad, economía, cultura, universidades, industria, turismo, congresos y una marca reconocida en todo el mundo. El aeropuerto ha sido una pieza fundamental de este proceso, pero sería un error continuar entendiéndolo únicamente como una infraestructura al servicio del turismo. El Prat es también una infraestructura de internacionalización económica.
Para una empresa catalana, disponer de conexiones directas con los principales mercados mundiales reduce distancias, facilita las relaciones comerciales, favorece la movilidad de los equipos directivos y de los profesionales y amplía las posibilidades de operar en mercados cada vez más globales. Y esta necesidad es especialmente relevante cuando hablamos de América y, sobre todo, de Asia-Pacífico.
"Una metrópoli que aspira a ejercer funciones globales necesita una infraestructura aeroportuaria capaz de acompañar esta ambición"
Las rutas de largo distancia no son simplemente una cuestión de comodidad para el pasajero. Forman parte del ecosistema económico que permite que una ciudad compita internacionalmente. Una economía abierta necesita conexiones con las otras economías abiertas. Y una metrópoli que aspira a ejercer funciones globales necesita una infraestructura aeroportuaria capaz de acompañar esta ambición. El camino recorrido hasta ahora es importante, pero el potencial todavía es mayor.
Asia y América: el gran salto cualitativo
El mundo económico ha cambiado profundamente. Las grandes cadenas globales de valor, los centros de decisión, las nuevas inversiones y una parte creciente de los flujos empresariales se concentran en espacios cada vez más alejados de nuestro entorno inmediato.
Asia es especialmente significativa. Nueva Delhi, Shanghái, Pekín, Tokio, Seúl, Singapur, Bangkok o Taipéi forman parte de un espacio económico de primer orden con el que Catalunya necesita mantener una relación cada vez más intensa. Y lo mismo puede decirse de las grandes áreas metropolitanas de América del Norte y de América Latina. En este contexto, Barcelona tiene la oportunidad de consolidarse como la gran puerta de entrada y salida del sur de Europa. La posición geográfica, la dimensión económica del área metropolitana, la fortaleza del sector industrial, la capacidad logística del territorio, con el Port de Barcelona a la cabeza, y la proyección internacional de la ciudad configuran una combinación difícil de replicar.
El aeropuerto es una parte esencial de esta ecuación. Además, la conectividad aérea no debe entenderse solo en términos de rutas o destinos. También es primordial la capacidad de ofrecer frecuencias, regularidad, calidad del servicio y condiciones operativas que permitan consolidar Barcelona como un aeropuerto de referencia para la larga distancia. El proyecto de ampliación planteado por Aena tiene precisamente entre sus objetivos convertir el Prat en un aeropuerto internacional sostenible y reforzar las conexiones de larga distancia con América, Asia y África.
Una cuestión de inversión extranjera
Hay, sin embargo, otra dimensión menos visible e igualmente importante: la capacidad de atracción de inversión extranjera. Cuando una empresa multinacional estudia dónde situar una nueva sede, un centro de servicios, una actividad tecnológica o una unidad de negocio internacional, analiza muchos factores: talento, fiscalidad, costes, universidades, calidad de vida, ecosistema empresarial, disponibilidad de espacios y estabilidad institucional. La conectividad aérea internacional forma parte de estos factores. Una ciudad global necesita estar conectada con otras ciudades globales. Barcelona ha logrado ocupar una posición destacada en muchos de estos ámbitos. Sería coherente disponer también de una infraestructura aeroportuaria que permitiera reforzar esta posición en los mercados de larga distancia.
Esto no significa que una nueva ruta aérea genere automáticamente una inversión. La relación es mucho más compleja. Pero sí resulta razonable considerar la conectividad internacional como uno de los activos que configuran la competitividad territorial y la capacidad de una metrópoli para relacionarse con las economías más dinámicas del planeta.
Rodalies y aeropuerto: no hay que elegir
En este punto aparece una falsa dicotomía que conviene superar. Catalunya necesita unas Rodalies fiables, frecuentes y eficientes. No es una cuestión secundaria. Es una necesidad de primer orden para la movilidad cotidiana de cientos de miles de ciudadanos y para el funcionamiento del país. Pero esta demanda no invalida la necesidad de una infraestructura aeroportuaria competitiva.
No tiene sentido plantearlo como una disyuntiva: o Rodalies o aeropuerto. Barcelona necesita ambas cosas. Necesita un sistema ferroviario metropolitano robusto y necesita un aeropuerto capaz de conectar Catalunya con los principales centros económicos del mundo.
"Barcelona necesita un sistema ferroviario metropolitano robusto y un aeropuerto capaz de conectar Catalunya con los principales centros económicos del mundo"
De hecho, los dos sistemas deberían formar parte de una misma política de movilidad y competitividad territorial. El acceso ferroviario al aeropuerto, la intermodalidad, la conexión con el conjunto del territorio y la mejora de Rodalies pueden contribuir precisamente a hacer compatible una mayor conectividad internacional con una movilidad más eficiente.
El delta del Llobregat: protegerlo para hacer posible el proyecto
El otro gran debate es ambiental. Y aquí tampoco debería haber atajos. El delta del Llobregat es un espacio natural de altísimo valor. La Generalitat lo considera el segundo sistema deltaico en importancia de Catalunya: destaca por la singularidad de sus lagunas, humedales, dunas y hábitats, así como por su importancia para las aves acuáticas y migratorias. Precisamente por eso, cualquier actuación sobre el aeropuerto debe partir de un principio inequívoco: el valor ambiental del delta no puede ser una variable secundaria.
Proteger el delta y ampliar el aeropuerto no tienen por qué ser necesariamente objetivos incompatibles. El reto consiste en hacer posible una ampliación sometida a los máximos estándares ambientales, con una evaluación rigurosa, medidas de prevención y corrección y un programa de compensación y restauración ecológica ambicioso.
Esta es, de hecho, la dirección que ya ha empezado a tomar el proyecto. En junio de 2025, el ministerio de Transportes y la Generalitat dieron luz verde a la propuesta de ampliación propuesta por Aena, que plantea compatibilizar el desarrollo del aeropuerto intercontinental de Barcelona con el mínimo impacto ambiental sobre las lagunas del Delta del Llobregat. La Generalitat, además, ha encargado un estudio ambiental específico para reforzar las medidas compensatorias y garantizar que la transformación del aeropuerto se desarrolle con criterios ambientales exigentes y con especial atención a los espacios de la Red Natura 2000. Este debería ser el camino: no oponer economía y naturaleza, sino exigir que cualquier desarrollo económico incorpore la protección de la biodiversidad como una condición esencial.
"Este debería ser el camino: exigir que cualquier desarrollo económico incorpore la protección de la biodiversidad como una condición esencial"
Una decisión sobre el modelo de país
El debate sobre la ampliación de El Prat es, en el fondo, un debate sobre el modelo de país que Catalunya quiere construir. Podemos optar por una economía cada vez más internacionalizada, conectada con los grandes centros de decisión de Europa, América y Asia, capaz de atraer inversión, talento y actividad empresarial, y con Barcelona consolidada como una ciudad global. O podemos aceptar que la conectividad aérea internacional de nuestra principal metrópoli quede limitada por una infraestructura que, después de años de crecimiento, ya opera en niveles de saturación evidentes. Esta decisión no debería tomarse desde la improvisación ni desde las consignas. Requiere planificación, rigor técnico, transparencia, diálogo institucional y una exigencia ambiental máxima.
Barcelona no es solo una destino turístico. Es una metrópoli industrial, empresarial, científica, tecnológica, logística y universitaria. Catalunya no es solo un territorio receptor de visitantes: es una economía exportadora que necesita relacionarse con los mercados globales. El Prat debe estar a la altura de esta realidad. Ampliar el aeropuerto no debería significar dar la espalda al delta del Llobregat, ni renunciar a unas Rodalies de calidad, ni apostar por un crecimiento sin límites. Debería significar, precisamente, hacer compatible conectividad, competitividad, intermodalidad y protección ambiental.
"Ampliar el aeropuerto no debería significar dar la espalda al delta del Llobregat, ni renunciar a unas Rodalies de calidad"
El reto no es escoger entre aeropuerto y territorio. El reto es demostrar que una gran metrópoli europea es capaz de crecer sin dejar atrás su patrimonio natural. Si Barcelona aspira a ser una ciudad global, necesita un aeropuerto global. Y si Catalunya quiere continuar siendo una economía abierta e internacionalizada, necesita disponer de una conectividad aérea a la altura de esta ambición.
El delta del Llobregat, mientras tanto, debe continuar siendo parte indisociable de este futuro: no como el espacio que impide avanzar, sino como un patrimonio natural que hay que preservar, restaurar y valorar mientras se construye la infraestructura que debe conectar Catalunya con el mundo.
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