Cuando el desgaste llega antes que los objetivos, quizá toca revisar qué (y a quién) estás sosteniendo.
Todo avanza. El equipo funciona. Los objetivos se están cumpliendo. Pero tú te sientes atrapado. Sin espacio, sin energía y con esa sensación incómoda de que, aunque no falla nada... tú no avanzas. Y eso no se puede decir. Porque, ¿cómo explicas que estás agotado cuando todo parece ir bien? ¿Cómo justificas que tienes la cabeza llena, el cuerpo tenso y la paciencia corta, si tu equipo rinde y las cifras cuadran?
Esta es la cara B de muchas personas directivas. Empresarios, líderes, responsables de equipo que han construido algo que funciona a pesar de que lo sostienen a costa suya. Y como los resultados llegan, nadie pregunta cómo estás. Ni siquiera tú. Sostienes al equipo emocionalmente, anticipas los huecos, absorbes tensiones, compensas lo que no se dice y callas lo que pesa. Vas tirando, porque has aprendido a hacerlo. Y lo sigues haciendo porque eres responsable, porque te sale, porque —seamos sinceros— nadie más lo hará como tú. Hasta que un día, el cuerpo no acompaña. O la cabeza no responde. O te miras al espejo y ves una versión de ti que solo reacciona. Y entonces te das cuenta de que quizás todo avanza… pero tú no.
"Cuando el desgaste llega antes que los objetivos, quizá toca revisar qué (y a quién) estás sosteniendo"
No se trata de hacer menos. Se trata de hacer espacio para revisar qué estás sosteniendo. Y sobre todo: por qué. Hay una línea fina entre ser referente y ser imprescindible. Y cuando te conviertes en imprescindible, dejas de tener margen. Ya no puedes parar. Ni caer. Ni dudar. Y eso, a la larga, te pasa factura. El desgaste no siempre llega por acumulación de problemas. A veces llega por mantener demasiado tiempo lo que ya no te sirve. Porque aquello que funcionó hace dos años, hoy puede estar sosteniendo una estructura demasiado pesada para ti. Pero como funciona, no lo cuestionas. Y como no lo cuestionas, te quedas ahí.
Te dirán que delegues. Que confíes más. Que cuides tu tiempo. Pero tú no necesitas recetas rápidas. Necesitas espacio para pensar, criterio para decidir y una pregunta honesta: ¿esto que estoy cargando en la espalda… todavía me representa?
Lo que te desgasta no es solo el trabajo. Es el automatismo. Es el rol que has asumido porque te han colocado en él —o te has colocado tú sola— y que ya no te permite respirar. No hace falta que explote nada para que actúes. Basta con que notes que estás resistiendo más que decidiendo.
Por eso, este inicio de año no va de sumar objetivos. Va de restar peso. De identificar aquello que aguantas por inercia, de revisar la mentalidad con la que tomas decisiones y de volver a activar las fortalezas que te hacen sostenible —no solo eficaz.
Todavía estás a tiempo. De dejar de cargar para empezar a liderarte. Y eso, en sí mismo, ya es un cambio de dirección.