Al final, ha tenido lugar lo que era previsible y conocido por cualquiera que haya trabajado en adquisiciones internacionales. Es decir, se entra en una empresa con una parte del capital y, pasados unos pocos años, la empresa compradora adquiere el resto de las acciones. El sistema tiene ventajas: verificar los datos a fondo -te ahorras una due diligence larga y tediosa-, los antiguos propietarios ayudan a la transición, etc. Es por eso que, finalmente, el grupo Henkell ha culminado la operación adquiriendo el resto de las acciones de Freixenet hasta llegar al 100%. Nada nuevo, como tampoco lo fue el hundimiento de la DO Cava en su día. Y es que los actos siempre tienen consecuencias.
Que todo este montaje acabaría como el Rosario de la Aurora me di cuenta ya hace muchos años cuando, paseando por Londres, entré en un Marks & Spencer a curiosear. Me encontré con unas botellas de “Spanish cava” que se vendían al equivalente de hoy de unos cinco euros. Hice unos pequeños cálculos: tapón de corcho con bozal, botella de vidrio, etiquetado, transporte, almacenamiento y, márgenes del sector distribución... La verdad es que deduje -sin equivocarme demasiado- que el contenido de la botella no servía, perdónenme el ejemplo, ni para dar lavativas.
A raíz de aquella deducción escribí un artículo en el diario Avui bastante radical, ya que, a mi entender, la situación era inaceptable. Por diversas razones, todas sustentadas por el engaño a escala nacional. Se nos vendía el cava como súmmum de la catalanidad cuando, de hecho, se trataba de una DO de ámbito español, sin presencia de la Generalitat en ningún momento. Se le pagaba, al campesino, precios de miseria -menos del 10% de lo que se pagaba por la uva para producir champán francés-. El vino era, mayoritariamente, inmaduro y maltratado. Se amenazaba a los medios de comunicación con restringir la famosa publicidad navideña -lo sé por experiencia-. Como la omertá era la práctica habitual, los diarios catalanes no publicaban las multas millonarias -principalmente a Freixenet- que aplicaba el ministerio de Agricultura; solo salían publicadas en diarios no catalanes. Las prácticas caciquiles de la antigua Caixa del Penedès eran silenciadas. ¡Buf! Me parece que me dejo alguna, pero no pretendo ser exhaustivo.
El caso es que, al haber publicado el artículo, me llamaron de Freixenet -me parece recordar que eran unos abogados, para impresionar- y les dije que se lo hicieran mirar, y que si ellos creían que decía alguna mentira, me lo hicieran saber y yo publicaría la rectificación. Todavía espero que me digan algo. Ellos no lo sabían, pero yo jugaba con ventaja: estaba muy documentado -tenía un amigo director general de unas cavas importantísimas que hacían un cava honesto- y, hecho fundamental, me amparaba la lógica y la razón.
"El resumen de hoy es que la percepción del mercado es que el cava es bueno para hacer sangrías y poco más. Hecho ganado a pulso"
El caso es que no hacía falta ser un genio en la gestión para darse cuenta de que una guerra para vender cava barato y malo estaba destinada a ser una catástrofe. No solo para el que la practicaba, sino para todo el colectivo que, en este caso, era la comarca del Penedès entera.
El resumen de hoy es que la percepción del mercado es que el cava es bueno para hacer sangrías y poco más. Hecho ganado a pulso. Porque hay dos lecciones relativamente fáciles de aprender. Si quieres entrar en una guerra de precios, prepárate. En un mundo globalizado siempre habrá alguien que lo hará más barato. La segunda es que en una DO cualquiera de Europa, a los que no cumplen se les echa fuera sin escándalo. Y no vale ir a los tribunales. Si alguna vez se publica el escándalo, el consumidor se va por una lógica falta de confianza. Pero, lo olvidaba, el cava no era una DO para trabajar bien y vender mejor. Era un cortijo con unos señoritos sentados en Freixenet.
Ahora se cierra el círculo. El daño hecho al Penedès, a su gente y, de hecho, a todas las DO catalanas, es irreparable. La confianza en las autoridades gubernativas y reguladoras, perdida. Parece que los antiguos propietarios de Freixenet continuarán trapicheando con el vino, ahora con unos socios de una gran hispanidad. Para ser justos, deberían enriquecer su escudo familiar con una frase que los caracterice. L’avara povertà di Catalogna me parece la más apropiada.