Leo las quejas de los médicos que trabajan para las mutuas -bueno, ahora son aseguradoras médicas-. Tienen razón. Cobran demasiado poco. La culpa es difusa y, probablemente, el país es como es. Sin embargo, hay un desencadenante, como siempre: la mala gobernanza.
Catalunya es un país que, los últimos 25 años, ha ido empobreciéndose. Todo se ha vuelto más restringido. Este hecho ha tenido lugar encajando con la mentalidad secular catalana que dice “pobrecitos pero alegritos” y que ayudada por unos gobiernos progres -no confundir con progresistas- han llevado a la miseria a muchos sectores. Uno de ellos, la sanidad.
La sanidad catalana se construyó con la realidad: una seguridad social burocratizada -recordémoslo, creada por el franquismo- con un tejido mutual muy grueso y extendido, centros de la Iglesia, de la Cruz Roja, hospitales municipales... Un colchón que se había creado, básicamente, con la mentalidad catalana de no confiar en el estado y espabilarse. Además, las mutuas vienen de antiguo, de la época industrial, y se habían construido por necesidad, para cubrir unas necesidades que el estado de entonces no cubría. Este grueso de sociedad civil se mantuvo durante el franquismo porque, se diga lo que se diga, entonces los catalanes sabíamos que el enemigo estaba en Madrid. Ahora Catalunya ha entrado en decadencia a raíz de la muerte del dictador, porque hemos pasado a creer que en Madrid nos son amigos, y más amigos aún si mandan las izquierdas.
El caso es que el sistema sanitario catalán -que fue uno de los mejores del mundo- fue un éxito. Los que lo diseñaron y construyeron combinaron la potencia pública -seguridad social- con la sabiduría administrativa empresarial privada, siempre más pragmática. Por eso se establecieron acuerdos para dar un buen servicio a toda la población. Los conciertos de la sanidad privada con la pública fueron un mecanismo de una gran productividad a unos costes razonables. Durante años mucha población ha sido operada en clínicas privadas y muchos enfermos de larga duración, y que requerían material clínico carísimo, han pasado tratamientos en hospitales públicos.
"Pasar de privado a público fue con intencionalidad ideológica: conversión de empleados privados en funcionarios, mayor gasto, etc. Es decir: control total del Estado"
El principio se rompió cuando los progres catalanes entraron a formar parte de los gobiernos de Catalunya. La tendencia -absolutamente fruto de la ideología de extrema izquierda- fue que todo aquello que es privado es malo. Por lo tanto, todo debe ser público -tendencia que también se ha extendido a la escuela-. Poco a poco, la sanidad gestionada por el sector público -la que existía era también pública, pero gestionada de forma mixta- ha ido comiendo terreno. Antes se contrataban servicios por méritos y coste, independientemente de si eran privados o públicos. Pasar de privado a público fue con intencionalidad ideológica: conversión de empleados privados en funcionarios, mayor gasto, etc. Es decir: control total del Estado. No hace falta decir que los resultados han ido menguando. No nos hemos dado cuenta por el efecto de la rana y el agua hirviendo, pero si se compara lo que teníamos con lo que tenemos la cosa hace llorar.
A todo esto se ha sumado el aumento descontrolado de población -esta alianza letal para Catalunya entre la extrema izquierda y el empresariado sin escrúpulos- y el populismo que dice que el copago es un delito. Es decir, aquello que hacen en toda Europa -pagar una cantidad, pequeña pero disuasoria-, aquí no nos da la gana de implantarlo. ¿Resultado? Una sanidad insostenible económicamente. ¿Consecuencias? Médicos mal pagados y venidos del extranjero sin convalidaciones con nuestro sistema educativo -empezando por el idioma-. ¿Efectos finales? Mal servicio, retraso de pruebas, etc. ¿Repercusiones? El usuario busca la mutua otra vez -¡tan fácil que hubiera sido el copago!-. ¿Secuelas? Las mutuas ofrecen servicios low cost para poder sobrevivir. Prometen unos servicios que no pueden sostener sin estrangular a los médicos.
Nos pensamos que se puede vivir siempre teniendo unos políticos que no valen lo que cuesta alimentarlos. No es cierto. Llega un día que se toca hueso. Y ahora estamos entrando en esta situación. Nada funciona. Todo esto en un país donde, hasta el año 2000, nos íbamos aproximando a Europa. Enhorabuena a los que han gobernado el último cuarto de siglo. Todo el mérito es suyo.