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Cazadores de cartografías

06 de Abril de 2026
Gina Tost | VIA Empresa

Dicen que los videojuegos son una pérdida de tiempo, una actividad menor, ornamental, casi infantil. Pues que no se lo digan a Pokémon GO, el juego que sacó a millones de personas a la calle con el móvil a cazar criaturas invisibles, y que ha demostrado que la fuerza colectiva sirve para mucho más de lo que pensamos.

 

En 2016 todo el mundo hablaba de Pokémon GO, el fenómeno que hacía que pudiéramos cazar pokémon con realidad aumentada y comunidad. Y lo que no sabíamos: un fenómeno global que sirvió para construir una de las capas de datos geoespaciales más ambiciosas que se han hecho nunca con participación ciudadana masiva. Fuerte, esto.

Para entender de qué estoy hablando, hay que ir unos años atrás, antes de que la pandemia nos atrapara y Pikachu fuera una medalla. Ingress, el primer gran experimento de Niantic, ya funcionaba como una especie de red distribuida de captación de datos. Los jugadores identificaban puntos de interés del mundo real como esculturas o edificios singulares, los fotografiaban, los describían y, sobre todo, los validaban entre los usuarios. Con el tiempo, esto generó una base de datos extraordinariamente rica y trabajada por humanos a escala global. Una especie de Wikipedia geoespacial del entorno. En aquel caso teníamos que crear unos portales de colores, y el juego atrapó a miles de jugadores de todo el mundo.

 

Al año siguiente se unieron a Pokémon y sacaron Pokémon GO, pero el trabajo inicial de Ingress no desapareció; se aprovechó para crear los PokéStops y gimnasios. Estas estructuras no salían donde querían, sino que estaban heredadas directamente de la cartografía colaborativa del proyecto anterior. 

"Cada desplazamiento, cada parada y cada ruta dibuja patrones en un mapa. No estamos hablando solo de localización, sino de comportamiento: cómo se mueve la gente, dónde se detiene, cuánto tiempo pasa allí"

El salto cualitativo llega con la escala global. Pokémon GO no es solo un juego de éxito; es una máquina de generar interacciones con el espacio físico a una magnitud sin precedentes. Cada desplazamiento, cada parada y cada ruta dibuja patrones en un mapa. No estamos hablando solo de localización, sino de comportamiento: cómo se mueve la gente, dónde se detiene, cuánto tiempo pasa allí. Pasos de cebra, semáforos, caminos dentro de parques… Este tipo de datos son especialmente valiosos porque conectan el mundo digital con el físico, uno de los grandes objetivos de la industria tecnológica contemporánea.

Niantic pasó de hacer juegos de pistas y facciones a ser una empresa de datos georreferenciados, con una capa de peluches famosos y realidad aumentada. 

La ambición no es solo saber dónde están las cosas, sino entenderlas y representarlas digitalmente con precisión. Esto implica mapeo tridimensional, visión por computador y la capacidad de fijar elementos digitales en entornos reales. Para conseguirlo, es necesario entrenar sistemas con imágenes del mundo desde múltiples ángulos, con diferentes luces y contextos. Es necesario, en definitiva, una cantidad ingente de datos reales.

"La ambición no es solo saber dónde están las cosas, sino entenderlas y representarlas digitalmente con precisión"

Y aquí es donde aparecen las preguntas incómodas, que quizás todavía no nos hemos hecho.

La primera es de propiedad. Los datos que alimentan este sistema (imágenes, ubicaciones, validaciones) son generados por los usuarios, pero los derechos de explotación recaen en la empresa. Esto es lo que establecen los términos de uso. La infraestructura resultante, este mapa vivo del mundo, es privada.

La segunda es de valor. No hay una cifra pública que cuantifique exactamente el valor económico de esta base de datos, pero sí indicios de su peso estratégico para el presente y para el futuro. El mercado de la realidad aumentada, la navegación avanzada o la robótica depende cada vez más de este tipo de capas geoespaciales. Niantic ha orientado parte de su negocio hacia la venta de tecnología en este ámbito y ha captado inversiones significativas basadas en esta visión. El valor, por lo tanto, existe y es elevado.

La tercera es de consentimiento. Legalmente, los usuarios aceptan participar. Pero la pregunta relevante no es jurídica, sino informacional: ¿hasta qué punto son conscientes de que, mientras juegan, contribuyen a construir una infraestructura digital del mundo físico? ¿Hasta qué punto entienden qué se hace con esos datos y qué valor generan? La distancia entre consentimiento legal y consentimiento informado, en la economía digital, sigue siendo considerable. Ya lo dicen… la mentira más extendida en internet es “he leído y acepto los términos y condiciones”.

"La distancia entre consentimiento legal e consentimiento informado, en la economía digital, sigue siendo considerable"

Y, finalmente, la pregunta más incómoda de todas: ¿esto es realmente colaboración? ¿Es legítimo construir sistemas de alto valor a partir de contribuciones masivas de usuarios que reciben, a cambio, un ratito de entretenimiento con pokémon? La respuesta no es trivial, porque este modelo no es una rareza. Es lo mismo que sustenta redes sociales, plataformas de contenido y, cada vez más, sistemas de inteligencia artificial. Pero en este caso hay una diferencia cualitativa: no estamos solo generando contenido, estamos estructurando el mundo físico en una capa digital propietaria, y lo estamos haciendo sin ser plenamente conscientes.

El caso de Pokémon GO no es una anécdota de 2016 que ha durado hasta hoy. Es un modelo que demuestra que se puede movilizar una masa global de personas, convertir una actividad lúdica en una herramienta de captura de datos y construir, sin resistencia, una infraestructura crítica para el mundo moderno. Lo hicieron YouTube, Facebook, Twitter, Foursquare… y ahora Niantic.

Dicen que los videojuegos sirven para escapar de la realidad. Pero lo que hemos estado haciendo, en realidad, es replicarla digitalmente, mientras pensábamos que solo estábamos jugando con impactrueno.

La próxima vez que el móvil te pida que salgas a cazar un pokémon raro a 100 metros de casa, quizás la pregunta no es qué encontrarás. Quizás la pregunta es mucho más simple: ¿Quién se beneficia de que salgas a cazar pokémon?