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En agosto de 2024, Google se gastó cerca de 2.700 millones de dólares en Character.AI, pero no la compró. La inversión sirvió para pagar una licencia por la tecnología y, sobre todo, para repescar a los dos fundadores, Noam Shazeer y Daniel De Freitas, que se habían marchado de Google en 2021 porque no les dejaba publicar un chatbot que tenían en el cajón. Shazeer no es un cualquiera: es uno de los firmantes del famoso artículo académico Attention is all you need, el artículo que en 2017 dio salida a la hornada actual de IA basada en transformers, la T de ChatGPT. Volverá a salir más tarde.
Después de todo el revuelo, Character.AI se quedó donde estaba: por un lado, con los usuarios y por el otro, con las facturas de las GPU. Y también con los pleitos. El 12 de octubre presentó concurso de acreedores. Shazeer, mientras tanto, ya ha dado el segundo salto: en junio dejó Google para ir a OpenAI.
Un amigo dos horas al día
Character.AI es una plataforma que sirve chatbots en forma de personajes (un profesor de física, una psicóloga, la Daenerys de Juego de tronos) con quienes puedes chatear. También permite crear nuevos y compartirlos con el resto de usuarios, que, a su vez, también podrán chatear con ellos. Como te puedes imaginar, la cosa engancha. Los doce millones de usuarios de la plataforma pasan cerca de dos horas al día de media. Si haces la multiplicación, ya te darás cuenta de que la factura mensual no debe ser barata.
"No hay nada en la declaración de Character.AI que no se pueda decir de OpenAI, de Anthropic o del asistente de Meta: mucho cómputo, pocos ingresos y todo fiado al futuro"
De hecho, nada barata. La segunda mitad de 2024, mantener Character.AI costaba 13,8 millones de dólares al mes solo de máquina. Lo sabemos porque el consejero delegado, Colin Adams, lo ha tenido que declarar ante el juez. Por primera vez sabemos a ciencia cierta, por escrito y bajo juramento, el consumo de una empresa de IA. El agosto pasado, el mejor mes de su historia, ingresó 5,3 millones, la mitad de suscripciones a 9,99 dólares y la otra mitad de anuncios. Character.AI perdía entre ocho y nueve millones al mes y cada nuevo usuario era un paso más hacia la bancarrota.
Con estos números no les quedaba otro remedio que recortar: pasaron a usar GPU más baratas, dejaron de tener modelos propios para usar modelos abiertos de otros y recortaron plantilla. No necesariamente por este orden. Para conseguir ingresos extra pusieron anuncios y añadieron compras dentro de la app. Es decir, fueron desmontando el producto en el que habían invertido los inversores y al que se habían suscrito los usuarios. Es el proceso de "emmerdement" que Cory Doctorow dice que es común a todas las plataformas digitales, llevado hasta el punto de ruptura. "La tecnología impresionante de Character es cara de operar", dice Adams.
El asunto Character.AI no es una anécdota, es categoría. No hay nada en la declaración de Character.AI que no se pueda decir de OpenAI, de Anthropic o del asistente de Meta: mucho cómputo, pocos ingresos y todo fiado al futuro. La podría firmar cualquiera de sus CEO. La diferencia no es el modelo de negocio, la diferencia es quién les paga el agujero del mientras tanto. OpenAI y Anthropic lo tapan con una ronda de inversión tras otra; Google y Meta, con la publicidad digital de toda la vida que el duopolio les garantiza. Character.AI no tenía ni una cosa ni la otra y lo que tenía de más valor, Google se lo llevó en agosto de 2024.
Comprar personas
A esto se le llama reverse acquihire: una gran tecnológica no compra la empresa emergente, lo que la obligaría a someterse a las leyes de la competencia; le paga una licencia no exclusiva y se queda a los fundadores y al equipo. Microsoft lo hizo con Inflection, Amazon con Adept, Google con Windsurf y con Character.AI, Meta con Scale. La Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos ha abierto investigaciones, pero no ha detenido ninguna.
El reverse también se aplica cuando las cosas van mal. En un concurso normal, primero cobran los acreedores, luego los inversores y al final, si queda algo, los fundadores. En el caso de Character.AI los fundadores cobraron dos años antes del concurso, y la empresa se quedó con los usuarios, los costes y los pleitos futuros. Inflection continúa, más pequeña y sin producto de consumo. Lo que quedaba de Windsurf se lo quedó otra startup. De Adept, poca cosa. Y ahora Character.AI se vende a piezas.
Dejar cadáveres
Disney ha ofrecido veinte millones por una licencia de parte de la propiedad intelectual, un año después de enviarle un requerimiento para que dejara de usar sus personajes. No sabemos si los chats de doce millones de personas que durante años han explicado a un bot lo que no explicaban a nadie también se venden. En todo caso, la política de privacidad lo permite, en caso de venta de activos.
"El último activo de una empresa de IA que cierra es su secreto mejor guardado: todo aquello que sus usuarios le confiaron creyendo que era privado"
Y hay mercado. MIT Technology Review explicaba hace unos días que los laboratorios de IA ya compran los datos de las startups que cierran y que utilizan las conversaciones para entrenar modelos. Hay todo un mercado que se dedica a la compra de cadáveres digitales. Hace un mes y medio os explicaba aquí mismo que Google había pagado diez millones por los correos y las comunicaciones internas de Spirit Airlines, la aerolínea en quiebra. Ahora sabemos que no era un capricho.
El último activo de una empresa de IA que cierra es su secreto mejor guardado: todo aquello que sus usuarios le confiaron creyendo que era privado. Y como no lo han dicho nunca a nadie y no está escrito en ningún sitio, tiene mucho valor a la hora de entrenar la próxima IA. El mercado solo puede ir al alza.
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