Consejero de familias empresarias

La confianza: necesaria, pero no suficiente

03 de Noviembre de 2026
Jordi Tarragona | VIA Empresa

Escucha el artículo ahora…

0:00
0:00

Sin confianza, nada funcionaría. Confiamos en que el agua del grifo es potable, en que los frenos del coche responderán cuando los necesitemos y en que el piloto del avión sabe lo que hace. Cada día tomamos decisiones apoyándonos en la confianza, aunque no siempre seamos conscientes de ello. Hay un ejercicio clásico para demostrarla: cerrar los ojos, dejarse caer hacia atrás y confiar en que alguien nos recogerá antes de llegar al suelo. No basta con decir que confiamos. Hay que estar dispuestos a asumir el riesgo de que el otro responda a nuestras expectativas.

 

La confianza tarda años en construirse y puede destruirse en segundos. Necesita coherencia, cumplimiento de los compromisos, transparencia y, sobre todo, tiempo. No se consigue con discursos, sino con comportamientos. En una empresa, la confianza es imprescindible para crecer. En una organización unipersonal, el empresario puede tomar todas las decisiones y supervisarlo prácticamente todo. Pero cuando la empresa incorpora empleados, directivos, socios o nuevas generaciones familiares, nadie puede hacerlo todo por sí mismo. Necesita delegar, compartir información y aceptar que otros tomen decisiones. Y eso exige confianza.

"La confianza tarda años en construirse y puede destruirse en segundos. Necesita coherencia, cumplimiento de los compromisos, transparencia y, sobre todo, tiempo"

La ausencia total de confianza conduce a la sospecha permanente. Se cuestiona cualquier decisión, se interpreta cualquier discrepancia como una amenaza y se multiplican los controles. El resultado es una organización paralizada, en la que la energía se dedica más a protegerse de los demás que a crear valor.

 

Pero también existe el riesgo contrario: confiar tanto que dejamos de comprobar. En la familia, la confianza suele crecer de forma natural. Compartimos una historia, unos vínculos afectivos y, muchas veces, la convicción de que todos queremos lo mejor para los nuestros. Esa confianza es un activo extraordinario para una empresa familiar. Sin embargo, puede convertirse en una vulnerabilidad cuando se confunde el afecto con la garantía de que todo se está haciendo correctamente.

He visto, y también he experimentado en propia carne, las consecuencias de relajar los controles porque la persona que gestiona el dinero es de la familia o porque un empleado lleva tantos años con nosotros que lo consideramos uno más. Se dejan de revisar de propia mano saldos bancarios, cuentas, se prescinde de autorizaciones, se delega sin establecer límites y se da por descontado que todo funciona como debería.

Hasta que un día descubrimos que no era así. Entonces llegan las sorpresas, a veces con consecuencias económicas difíciles de reparar. Más allá de las responsabilidades legales o morales que puedan derivarse de una falta de vigilancia, la familia puede poner en riesgo una parte importante, incluso la totalidad, de su patrimonio.

Confiar en una persona no significa renunciar a comprobar cómo hace su trabajo. Los controles bien diseñados no son una muestra de desconfianza, sino una manera de proteger la empresa, a la familia y también a la persona que asume una responsabilidad. Permiten detectar errores a tiempo, evitar tentaciones y aclarar las reglas del juego antes de que aparezcan los problemas.

En una empresa familiar, esto requiere un esfuerzo adicional. ¿Cómo establecer controles sobre un hermano, un hijo o un primo sin que lo interprete como una ofensa? ¿Cómo exigir información a quien lleva décadas gestionando la empresa y siempre ha actuado con autonomía? La respuesta no consiste en desconfiar de todos, sino en acordar unas reglas que no dependan de quién ocupa cada puesto.

"Sin confianza no hay empresa que pueda desarrollarse, ni familia empresaria que pueda construir un proyecto compartido a largo plazo"

La confianza personal debe convivir con procedimientos de control, información y rendición de cuentas. Precisamente porque somos familia, deberíamos evitar que una falta de control acabe deteriorando nuestras relaciones. Hay una frase que invita a la reflexión: solo puede traicionarte alguien en quien confías. Es cierto, pero sería un error concluir que debemos dejar de confiar. Sin confianza no hay empresa que pueda desarrollarse, ni familia empresaria que pueda construir un proyecto compartido a largo plazo.

El verdadero reto es encontrar el equilibrio: confiar sin ser ingenuos, controlar sin asfixiar y delegar sin desentenderse. Porque la confianza permite avanzar, pero los controles adecuados ayudan a que podamos seguir haciéndolo juntos.

Añadir VIA Empresa como fuente preferida de Google de forma gratuita  

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad  

 
Activar ahora