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Leyendo Vida privada, de Josep Maria de Segarra, me he encontrado con un párrafo que me ha recordado situaciones vividas. Es una reflexión que hace después del primer encuentro de la novela entre los hermanos Frederic y Guillem Lloberola.
De esos hermanos que se tienen indiferencia, antipatía e incluso odio. Que apenas se soportan, que han tomado caminos distintos y que, con los años, han ido acumulando diferencias, reproches y silencios. Y, sin embargo, dice Sagarra, cuando llega un momento de verdadero peligro, sucede algo extraño: se encuentran.
Una enfermedad, una operación, una muerte, un desastre económico pueden hacer desaparecer de golpe muchas de las cosas que los separaban. El hermano al que no soportabas vuelve a ser simplemente tu hermano. Y haces por él cosas que quizás no harías por nadie más. No porque las diferencias hayan desaparecido, ni porque de repente vuelva el afecto. Es algo más profundo, más antiguo, casi instintivo. Algo que viene de muy lejos.
"Una enfermedad, una operación, una muerte, un desastre económico pueden hacer desaparecer de golpe muchas de las cosas que los separaban"
Quizás Sagarra intuyó algo que la psicología ayuda a entender: cuando aparece una amenaza verdadera, nuestro cerebro no solo cambia lo que sentimos; cambia también lo que consideramos importante. Por eso el hermano que durante años hemos visto como rival puede dejar de ser rival y volver a aparecer como alguien de los nuestros. No han desaparecido las heridas, ni las diferencias, ni siquiera necesariamente el resentimiento. Simplemente, ante el peligro, hay algo que adquiere más importancia que todo aquello. Quizás no recuperamos al hermano cuando llega el peligro. Quizás simplemente desaparece, durante un instante, el rival.
Mientras lo leo, pienso en las familias empresarias. En ellas, la relación entre hermanos tiene una particularidad que pocas relaciones humanas tienen. Pueden ser socios y hermanos, compañeros y rivales, confidentes y adversarios. Pueden pasar años discutiendo por una decisión, por el poder, por el reparto de los dividendos o por la manera de entender la empresa. Pueden llegar a pensar que tienen muy poco en común. Y, sin embargo, basta a veces con que aparezca una amenaza de verdad para que algo se mueva por dentro. La empresa está en dificultades. El padre ha muerto. Uno de ellos con grave enfermedad. Aparece un comprador que puede llevarse aquello que la familia ha construido durante generaciones. Y entonces, casi sin hablarlo, los hermanos pueden volver a colocarse en el mismo lado de la mesa.
Quizás han dejado de quererse como antes. Quizás nunca se han entendido demasiado. Pero continúan reconociéndose. Hay vínculos que no desaparecen porque dejemos de alimentarlos. La empresa familiar hace aún más compleja esta relación. Porque los hermanos no solo comparten padres y recuerdos. Comparten acciones, patrimonio, apellidos, una historia y, muchas veces, una empresa que ha pasado de manos de sus padres a las suyas. Por eso, cuando se rompe la relación entre hermanos, no siempre se rompe solamente una relación personal. Puede empezar a resquebrajarse todo aquello que se construyó alrededor de ella.
"Los hermanos empresarios comparten acciones, patrimonio, apellidos, una historia y, muchas veces, una empresa que ha pasado de manos de sus padres a las suyas"
Y quizás aquí está una de las grandes paradojas de la familia empresaria: aquello que puede unirnos profundamente también puede ser aquello que más fácilmente nos enfrenta. Los hermanos no han elegido ser hermanos. Les ha tocado. Han crecido alrededor de la misma mesa, han recibido —aunque de manera diferente— el mismo amor, las mismas expectativas y las mismas heridas. Después, cada uno ha construido su propia vida y su propia manera de mirar el mundo. Pero cuando llega la tormenta, puede aparecer de nuevo aquella mesa.
Quizás por eso me parece tan importante lo que escribe Segarra. Porque nos recuerda que bajo muchas disputas familiares puede existir un vínculo que permanece, incluso cuando parece haber desaparecido. La cuestión es si hace falta esperar a que llegue la tormenta para descubrirlo. Quizás una familia empresaria madura no es aquella en la que los hermanos nunca discuten, ni aquella en la que todos se quieren mucho y están siempre de acuerdo. Quizás es aquella que consigue conservar el vínculo cuando ya no existe el acuerdo.
Porque ser hermanos es un hecho. Continuar siendo hermanos cuando aparecen el dinero, el poder, las diferencias y el paso del tiempo es otra cosa. En la familia, las heridas pueden ser más sangrantes, pero también puede serlo la capacidad de reconciliación.
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