El turismo es una actividad a demanda de la mayoría de la población en las sociedades pudientes. Este signo de los nuevos tiempos no puede ser nunca un problema. El problema es la oferta de servicios con la que intentamos satisfacer esta aspiración colectiva. El mercado no está dando una convergencia perfecta entre la oferta y la demanda turística compatible con los intereses generales. Entre otras razones, porque la puesta en disposición de recursos por el lado de la oferta influye en crear un tipo u otro de demanda, hecho que tiene consecuencias en el modelo social de una comunidad.
La respuesta empresarial en nuestra casa ha sido, en general, la de optar por una oferta de servicios de hostelería muy simplista y que ha comportado un menor riesgo para el empresariado. Construir y activar el territorio cercano a los espacios naturales de mayor interés del país, y ponerlo históricamente al servicio de los operadores turísticos. Recordemos que durante mucho tiempo esta oferta solo ha sufrido mayormente el riesgo del tipo de cambio. Este dependía de si los operadores de fuera, que compraban con un año de antelación prácticamente toda la oferta disponible, pagaban en libras, dólares o marcos. O si España devaluaría la peseta. Más tarde, el riesgo ha sido el tipo de interés a la vista de la locura del crecimiento de la oferta y el apalancamiento financiero. Y poca cosa más. El mercado se lo comía todo.
Parte de esta oferta ha querido ser competitiva en precios, lo cual ha marcado la evolución de los costes salariales. Cualquier otra forma de competitividad requería el esfuerzo complejo de una oferta complementaria que, salvando excepciones, no se ha hecho. Se ha buscado la diferencia solo en aquello que no era propiamente de la empresa, sino de la sociedad en general: El paisaje, los recursos naturales, el litoral. En esta carrera de precios no se han asumido los costes de los recursos agotables y las externalidades negativas medioambientales que la oferta genera.
Estos costes de congestión no se han incorporado a los precios, presionados por el low cost, sino que se han centrifugado a las administraciones, a veces aquiescentes con esta manera de crecer, y a buena parte de la ciudadanía. El resto ya lo sabemos. El Estado ha subvencionado ciertos sectores de la oferta existente en aras de la generación de divisas de cara a sufragar el déficit comercial de la economía, siempre con la complicidad de ciertos propietarios de suelo y de algunos empresarios de aquí y de allá que se han lucrado.
"No nos confundamos, vale más tener turismo que no tenerlo. Pero tener mucho turismo es peligrosísimo por la elevada dependencia económica que genera"
La reacción antiturismo era previsible vista la desigualdad de las ganancias y daños. Pero, quizás, el debate se ha acabado situando fuera de foco. De hecho, no se trata de una cuestión de ‘servir’ la demanda turística, sino de mejorar la oferta, alojamiento, bares y restauración; tiendas y tiendecitas; playas y piscinas; chalets y casas rurales en suelo rústico. No debería ser tampoco un clamor por la industria contra el turismo de hoteles. La hostelería es tanto o más industria que la manufactura. Inversión, reposición, cartera de clientes, fondo de comercio, reputación de servicio… son las cartas de toda industria. Y parte de nuestra oferta hotelera las tiene. Otra cosa diferente es la dificultad de separar los mercados por tipo de ofertas en territorios limitados, en promoción conjunta, de manera que las manzanas podridas no acaben pudriendo otras mejores. En todo caso, las cestas deben incorporar los costes completos de cada oferta para ser proyectables a futuro. Y no todos sus precios es previsible que aguanten estos costes a efectos de que el mercado haga el trabajo de hacerlas desaparecer.
Finalmente. No nos confundamos. Vale más tener turismo que no tenerlo. Si no, que les pregunten a los ciudadanos de Ciudad Real cuando se les hundió Puerto Llano. O la minería en Asturias. Pero tener mucho turismo es peligrosísimo por la elevada dependencia económica que genera. Y su crecimiento desmedido genera un coste de oportunidad muy grande, una elevadísima distorsión sobre la economía, no menor que el de los tulipanes en Holanda o el descubrimiento del cobre en Chile, dañando otras iniciativas de mejor valor añadido.
Por lo tanto, en la agenda de lo que nos hace falta hacer, lo primero de todo es que los precios contemplen los costes completos de la actividad turística, incluidos los salariales para una retribución razonable. Hace falta también una gradación de la oferta que evite demandas insostenibles y poco respetuosas con la comunidad en la cual se insertan. Y, finalmente, nos hacen falta unos poderes públicos que preserven lo mejor de los valores añadidos que da nuestro patrimonio natural, tanto en el corto como en el largo plazo.