Catedrático de economía de la Universitat Pompeu Fabra

Nadie quiere pagar impuestos: el caso de la llamada clase media

27 de Febrero de 2026
Guillem López Casasnovas, consejero del Banco de España

Es identificable en el término clase media el comportamiento normal de muchos ciudadanos del país. Su percepción sobre los impuestos que se han de pagar como miembros de una comunidad civilizada tiene tantos elementos racionales como de ilusión fiscal. Percibe los tributos directos, pero menos si se cobran con retenciones iniciales, y no acostumbra a percibir los impuestos indirectos incorporados como parte del precio.

 

Un ciudadano medio que en general muestra su acuerdo a pagar más impuestos, pero que en el momento de rascarse el bolsillo espera que sea otro quien contribuya a esta financiación para unos servicios públicos que en general valora. Una financiación de unos servicios de bienestar que, en realidad, desea mejorar. De lo contrario, es el mismo ciudadano que a menudo dialoga con el industrial sobre el "con factura o sin" a la hora de pagar el IVA de un suministro y que, como es normal, puede estar a favor de un impuesto más o menos extraordinario (patrimonio, sucesiones) pero en contra de acuerdo con la coyuntura vital por la que pase (un ingreso irregular, una herencia recibida).

Nuestro ciudadano medio se beneficia más o menos de lo que paga según sea la utilización efectiva que haga de los servicios públicos. Y al que hay que recordarle de vez en cuando que la externalidad de opción (el hecho de saber que tienes el servicio disponible, si resulta que lo necesitas) es también un beneficio. Sobre la parte que recupera de lo que paga, tenemos estadísticas bastante clarificadoras (Fedea y Funcas al frente).

 

Sabemos de la incidencia por grupos de renta (quiles) de todos los impuestos que se pagan por cada grupo, vista su repercusión sobre la renta familiar bruta disponible, y de los beneficios imputables a los mismos por todos los conceptos y tipos de prestaciones del estado del bienestar. Notamos que estamos hablando de grupos de renta y no de grupos de edad. Aquí la cosa se complica por la heterogeneidad de los factores que se asocian con la edad: la mayor varianza en renta de la gente joven (básicamente, según educación y legados de los ancestros) y la varianza en patrimonio en los grupos de más edad (menos diferencias en renta por la acción de las pensiones y riqueza de vivienda).

En todo caso, ordenados por quintiles de renta (20%), se observa ciertamente un gradiente. El 20% de menor renta (hasta 20.000 euros) recupera más de cuatro veces de lo que contribuye, tanto en prestaciones monetarias como en especie. Es el cuarto quintil (entre 50.000 y 75.000 euros al año) que la renta bruta familiar disponible recupera exactamente en prestaciones lo que paga en impuestos, y a partir de este nivel de renta los saldos fiscales devienen negativos, en especial para los deciles de renta más elevada.

"Okun nos habla de un gran coste de intermediación burocrática que hace que parte de la transvase redistributivo se pierda en transacciones que no generan valor"

Contrastan los datos comentados, si más no, con la vieja idea de Okun y su metáfora del cubo agujereado, que focaliza la redistribución en un juego en el que las clases medias son las que efectivamente pagan impuestos (los más pobres están exentos, y los más ricos se eximen ellos mismos, eludiendo y evadiendo) y a la vez son las que acceden más a los servicios públicos, universales, no vinculados a la renta, pero con coste de oportunidad inferior por su mejor acceso (conocimiento, superación de restricciones tecnológicas, etc.). Y, entretanto, Okun nos habla de un gran coste de intermediación burocrática que hace que parte del trasvase redistributivo se pierda en transacciones que no generan valor.

Esta percepción de recuperación no se tiene, o se pierde, en la medida en que el tiempo de espera raciona el acceso a los servicios públicos (a menudo colapsos falsamente atribuidos a los recién llegados) y emerge esta especie de sociedad de peaje para transitar por vías en las que se visualiza que unos servicios más accesibles o amables son posibles, pagando privadamente.

"Esta percepción de recuperación no se tiene, o se pierde, en la medida en que el tiempo de espera raciona el acceso a los servicios públicos"

A pesar de ello, en la medida en que no se renuncia con esta opción al acceso, si procede, a la prestación pública a cambio de una reducción fiscal personal (la externalidad de opción antes mencionada), se centra en elementos más utilitaristas que objetivamente eficientes y se mantiene una cierta conciencia social de la cohesión comunitaria a preservar; no todo estaría perdido. De modo que este gradiente en el desarrollo social podría ser compatible al pensar que nuestro estado de bienestar no es para pobres, y que huye de la amenaza de un pobre estado de bienestar. Un hecho que se produce cuando los contribuyentes le dan la espalda y se desentienden definitivamente de la evolución de su financiación.