Llegan las vacaciones y, con ellas, una de las recomendaciones más repetidas de estos días: hay que desconectar. Apagar el ordenador, silenciar las notificaciones y conseguir que durante unas semanas el trabajo desaparezca de nuestro radar. Una aspiración absolutamente comprensible que, en un contexto de hiperconectividad, se ha convertido incluso en una conquista laboral. En España, el derecho a la desconexión digital está reconocido legalmente para garantizar que se respeten los periodos de descanso, permisos y vacaciones de los profesionales. Y es bueno que sea así, sin duda.
Ahora bien, quizás deberíamos vigilar que este derecho no acabe convirtiéndose, paradójicamente, en una nueva obligación. Porque una cosa es garantizar que nadie tenga que estar pendiente del correo durante las vacaciones y otra es asumir que todo el mundo necesita apagarlo completamente para descansar. De hecho, la cuestión esencial no es tanto si una persona está conectada como el motivo por el cual lo está. Consultar voluntariamente un mensaje no es lo mismo que tener que estar disponible porque alguien espera una respuesta.
"Una cosa es garantizar que nadie tenga que estar pendiente del correo durante las vacaciones y otra es asumir que todo el mundo necesita apagarlo completamente para descansar"
Este matiz resulta especialmente importante porque no todas las realidades profesionales son iguales. Pensemos, por ejemplo, en los autónomos, los grandes olvidados cuando se formulan muchas teorías sobre management y liderazgo. O, en una escala diferente, en los máximos directivos de una compañía. En ambos casos pueden ser los últimos garantes de procesos que continúan funcionando mientras ellos descansan. También necesitan vacaciones, evidentemente, pero resulta poco realista pensar que pueden desentenderse completamente de su responsabilidad. Otra cosa es que esta conexión permanente nazca del sentimiento de culpa, de la incapacidad para delegar o de una mala organización. Entonces sí que existe un problema sobre el cual conviene trabajar.
Hay todavía otra realidad menos comentada. Algunas personas, sencillamente, están más tranquilas si mantienen un hilo, aunque sea muy fino, con el trabajo. Quizás prefieren dedicar diez minutos por la mañana a comprobar que todo está en orden y continuar después disfrutando del día sin ninguna preocupación. Esto no significa que sean adictas al trabajo ni que no sepan descansar. Simplemente han encontrado una fórmula que les funciona. Convertir la desconexión absoluta en un nuevo imperativo social significaría volver a decidir por los demás cuál es la manera correcta de vivir, en este caso, las vacaciones.
El reto de las organizaciones consiste, por lo tanto, en garantizar la desconexión sin imponerla. Nadie debería recibir una llamada de su superior durante las vacaciones si no existe una circunstancia excepcional, ni sentir que responder correos fuera de la jornada es una demostración implícita de compromiso. Pero respetar este derecho también significa aceptar que cada uno pueda administrar libremente su relación con el trabajo cuando esta deja de ser una exigencia.
Por todo ello, quizás las buenas vacaciones no deberían medirse por el número de días que conseguimos mantener apagado el móvil. Siempre habrá quien desaparecerá durante tres semanas y quien preferirá mantenerse activo en momentos puntuales. Ninguna de las dos opciones debería convertirse en una medalla ni en un motivo de culpabilidad. Porque las organizaciones deben garantizar el derecho a desconectar, pero las personas también deberían conservar la libertad de decidir cómo lo ejercen.
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