Hace unos días, la consultora en comunicación Sílvia Ramon-Cortés compartía en las redes sociales una reflexión muy sugerente sobre la amistad en el trabajo. Sílvia, que también tiene un pasado como deportista profesional y conoce bien la importancia del juego en equipo, defendía que los vínculos de amistad dentro de las organizaciones no solo son compatibles con un alto nivel de exigencia, sino que pueden convertirse en un poderoso factor de compromiso, motivación y bienestar.
La cuestión es tan profunda como antigua. De hecho, en la obra clásica Ética nicomáquea, Aristóteles ya distinguía tres formas de amistad: la que nace de la utilidad, la que surge del placer y la que se fundamenta en la virtud compartida. Esta última, que consideraba la más elevada, es aquella en la que las personas se hacen mejores las unas a las otras. No es casualidad que el filósofo llegara a afirmar que, sin amigos, nadie querría vivir aunque poseyera todos los demás bienes, ni que la amistad es uno de los elementos que mantienen unidas las comunidades. Una idea escrita hace más de veinte siglos que hoy sigue ofreciendo una magnífica clave de lectura para entender qué cohesiona las organizaciones.
"Aristóteles ya distinguía tres formas de amistad: la que nace de la utilidad, la que surge del placer y la que se fundamenta en la virtud compartida. Esta última, que consideraba la más elevada, es aquella en la que las personas se hacen mejores las unas a las otras"
La evidencia empírica más reciente parece darle la razón. Un estudio de la consultora Gallup señala que tener un buen amigo en el trabajo se ha convertido en un factor más relevante que nunca, especialmente después de la pandemia. Los datos muestran que estos vínculos se asocian a una mejor comunicación, un compromiso más elevado, una mayor capacidad de innovación y una menor intención de abandonar la organización. En definitiva, aquello que a menudo se considera una cuestión estrictamente personal también puede acabar convirtiéndose en una auténtica ventaja competitiva.
Ahora bien, que las amistades laborales sean beneficiosas no significa que sean sencillas. Las profesoras Emma Seppälä y Marissa King lo explicaban muy bien en un artículo publicado en Harvard Business Review. Las autoras recuerdan que estas relaciones pueden generar tensiones específicas porque a menudo difuminan la frontera entre la vida profesional y la personal. Esto puede comportar más desgaste emocional y hacer que los conflictos se vivan con más intensidad. Pero también llegan a una conclusión cargada de coherencia: todas las amistades atraviesan momentos difíciles; las que nacen en el trabajo, simplemente, afrontan dificultades diferentes. Y eso no las hace menos valiosas.
Todavía más delicadas son las amistades que implican una diferencia jerárquica. En este terreno, el consenso académico y profesional es mucho menor. ¿Puede existir una amistad sincera entre un jefe y un subordinado? Probablemente sí. Pero también es cierto que se trata de un vínculo moralmente más complejo, porque está condicionado por una inevitable asimetría de poder. Esta circunstancia puede dificultar tareas esenciales como la toma de decisiones ecuánimes, la transmisión de un feedback honesto o el trato equitativo. Y aquí aparece un matiz fundamental, ya que el problema del favoritismo no se sitúa solo en el ámbito de la realidad, sino también en el de las percepciones.
"Hay una actitud individual con un enorme poder transformador: asumir que al trabajo no se viene a hacer enemigos"
Quizás, pues, la función de las organizaciones no es fabricar amistades, sino crear las condiciones para que estas puedan surgir de manera natural. Esto implica proteger espacios de encuentro que vayan más allá de las reuniones estrictamente productivas, evitar culturas basadas en una competencia extrema que erosionan la confianza entre compañeros y garantizar mecanismos de justicia y transparencia que impidan que la amistad degenere en favoritismo.
Llegados a este punto, vale la pena volver a la reflexión de Ramon-Cortés. No porque todo el mundo tenga que encontrar en el trabajo a sus mejores amigos, sino porque cada uno puede decidir cada día qué tipo de relaciones contribuye a construir. Y, sobre todo, porque hay una actitud individual con un enorme poder transformador: asumir que al trabajo no se viene a hacer enemigos.