Los hábitos laborales catalanes no son para tirar cohetes. La mayoría los hemos adquirido por importación. En la escuela, como comenté la semana pasada, no se enseña ética laboral -bueno, habría que preguntarse si se enseña algún tipo de ética-. Pero si bien hemos aprendido algunas cosas de fuera, hay una que no cuaja ni a tiros: rendir cuentas. No existe este acto, que es fundamental en la mayoría de los países sensatos. Es muy normal que en las empresas y organizaciones internacionales, cuando se quiere preguntar a quién reporta un empleado, se pregunta “to who is he/she accountable?”. La cosa va más allá de preguntar de quién depende jerárquicamente. La pregunta incluye algo equivalente a “¿este individuo/individua ante quién rinde cuentas?”. Es decir, ¿quién hace el balance de sus actuaciones?
Todo esto lo digo a raíz de lo que ha sido, en mi opinión, el hecho más lamentable de la historia de la Generalitat restaurada desde la muerte de Franco: el desastre continuado de la enseñanza catalana y culminado, hace unos días, por la charlotada de las pruebas PISA de este año. Este conjunto de actuaciones sostenidas a lo largo del tiempo con una mascletá final como la de ahora nos demuestra que hay dos tipos de países en la OCDE: los formales y los que podríamos calificar de irresponsables. Nosotros, lamentablemente, formamos parte de este último grupo.
Como digo, el hecho de no rendir cuentas está muy arraigado. Y, en lo que respecta a la cosa pública, tiene sus raíces en el mismo sistema electoral. En los sistemas europeos -ya sabemos dónde empieza Europa- el diputado es seleccionado entre una lista de personas. Hay varios métodos: el diputado de distrito, la lista abierta en distritos pequeños, etc. En cualquier caso, el diputado se debe a los que lo han votado. No puede darles la espalda, ya que, quizás, la próxima vez el contribuyente no lo votará. Además, el diputado acostumbra a tener una oficina abierta en el territorio que representa, y donde recibe quejas y sugerencias. Porque aquel diputado es accountable (debe rendir cuentas) ante su votante.
No es el caso ibérico, donde el diputado rinde cuentas ante su partido. Y es lógico. Porque es su partido el que lo ha incluido en una lista perfectamente cerrada ante la cual el votante solo tiene la oportunidad de refrendar la elección que han hecho previamente los señoritos del partido. O sea, nosotros no elegimos a los diputados. Solo los refrendamos.
El razonamiento surge a raíz del escándalo PISA y, por lo tanto, los diputados del Parlament de Catalunya podrán pasarse por el forro cualquier cosa que no contraríe al amo del partido. Con todo esto quiero decir que no esperen ninguna respuesta responsable por parte de nadie. Solo servirá para tirarse los trastos a la cabeza. Y los que los reciben los esquivarán sin inmutarse. Porque deben saber, señores míos, que nuestros diputados son unos irresponsables y unos frívolos. Y, el que crea que lo ofendo, que se pase al bando de los (inexistentes) políticos que piden un cambio de régimen mediante una nueva ley electoral.
"Una mala clase política puede hundir un país. Y nosotros estamos en esta fase: la destrucción de la nación"
Como he repetido otras veces, una mala clase política puede hundir un país. Y nosotros estamos en esta fase: la destrucción de la nación. Nuestros políticos se han arremangado y lo están consiguiendo. La soberbia que, cuando mandaba Franco, atribuíamos al fascismo, se demuestra más viva que nunca. Y es lógico, pues es un defecto transversal. Es una actitud típicamente hispana y peninsular. “¡La consejera no dimitirá! ¡Qué coño se han pensado ustedes!”. Eso sí, dicen que irán al fondo del problema. Cuidado porque, vistas cómo van las cosas, le acabarán endilgando la culpa al presidente Trump y a la guerra de Ormuz. Si no a la señora Meloni, que ha hecho enfadar al amo de la Moncloa -ergo el de Catalunya-.
Si tuviera que describir aquello que me produce el lamentable episodio de PISA, lo más adecuado sería decir que me causa asco. Asco por el hecho en sí. Y asco lo que me produce la clase política que lo ha provocado. Unos se lo han trabajado activamente. Otros, por pasiva, se lo miraban. Esta vez no me puedo adherir a las palabras de Fouchet. El incidente es mucho peor que un error, que una omisión. Es un acto repugnante, de una cobardía extrema, que denigra a todo un país. Y llevado a cabo por determinada clase política que no vale lo que cuesta alimentarla. El mal causado es tan enorme que las repercusiones durarán años. Si de verdad alguien quiere luchar por la democracia, lo que debe hacer es llevar el caso a la fiscalía -animo a hacerlo a aquellos colectivos que estén interesados en la educación del país; también animo a la Síndica de Greuges a hacerlo-. Vistas las herramientas que tenemos al alcance, solo así podremos empezar, solo empezar, a creer en la justicia democrática. Un sistema, el democrático, que los culos apoltronados en los escaños del Parlament trabajan cada día para destruir.
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