Decano y Director General de EADA Business School

Dis-rup-ción: cuando romper no siempre es destruir

01 de Febrero de 2026
Jordi Díaz, 'dean' y director general de Eada Business School | Cedida

El sentimiento negativo asociado a la palabra disrupción existe. Y es real.

 

Sin ir más lejos, los problemas de estos días con el servicio de Rodalies son una auténtica disrupción en la vida de miles de personas: jornadas que ya no son normales, autobuses improvisados, coche propio, colas kilométricas, estrés, incomodidades. Nada de esto se percibe como progreso. Se vive como un retroceso.

Y no es casual. La propia RAE define disrupción como “rotura o interrupción brusca”. Con esta definición, y con estas experiencias, es lógico que el término arrastre un sesgo claramente negativo. Cuando algo es disruptivo, asumimos que molesta, que rompe, que complica.

 

"Cuando algo es disruptivo, asumimos que molesta, que rompe, que complica"

Con este marco mental, no es fácil ver la disrupción como algo deseable. Y, sin embargo, en el mundo de la empresa y de la estrategia, nunca ha sido tan peligroso ignorarla ni tan necesario aprender a convivir con ella. Porque cuando hablamos de disrupción en clave de innovación, el significado cambia radicalmente.

La innovación disruptiva no se limita a romper lo existente; muchas veces lo que hace es democratizar, ampliar el acceso y acelerar el progreso. Gracias a procesos disruptivos hoy tenemos teléfonos inteligentes en prácticamente cualquier bolsillo del planeta. Existen plataformas de microcrédito que permiten financiar pequeños negocios en regiones donde antes no había ni banca ni alternativas. Y surgen soluciones educativas que llevan aprendizaje de calidad a lugares donde antes era impensable.

Un ejemplo muy claro de este tipo de disrupción aplicada a la educación es eki, una plataforma impulsada por el emprendimiento de Andrés Rubiano en Colombia, diseñada para llevar formación a sectores rurales a través de canales tan accesibles como WhatsApp. Su propuesta combina contenidos técnicos, formación en agrotecnología y desarrollo de habilidades orientadas a la productividad y a la comercialización de productos, con un objetivo muy concreto: generar oportunidades económicas locales y evitar que el talento tenga que abandonar el territorio para progresar.

"La innovación disruptiva no se limita a romper lo existente; muchas veces lo que hace es democratizar, ampliar el acceso y acelerar el progreso"

Aquí no hay grandes campus ni infraestructuras complejas. Hay tecnología bien utilizada para romper barreras de acceso y crear capacidades donde antes no las había. No es solo innovación digital, es innovación social con impacto directo en empleabilidad, ingresos y desarrollo regional.

Pero la disrupción también se manifiesta con fuerza en mercados maduros y altamente regulados. Basta con pasar por nuestro aeropuerto para ver cómo Revolut ha colonizado los espacios publicitarios. Y no es casualidad. Para muchos jóvenes, Revolut ya no es una app financiera “alternativa”; es, directamente, su banco. No solo por ser digital, sino porque responde mejor a lo que esperan: apertura inmediata de cuentas, control en tiempo real del gasto, pagos internacionales sin fricción, integración con su vida cotidiana y digital. No ha competido mejorando marginalmente la banca tradicional; ha redefinido lo que significa hoy “relacionarse con un banco” para toda una generación.

Nada de esto fue cómodo para los modelos existentes. Nada de esto fue neutro para las estructuras tradicionales. Pero, visto en perspectiva, es difícil negar que ha supuesto un cambio profundo en acceso, expectativas y comportamiento de los usuarios.

Este tipo de transformaciones no solo pone a prueba modelos de negocio; pone a prueba culturas organizativas. Como señala Terence Mauri en The Upside of Disruption, en entornos de alta incertidumbre la verdadera ventaja competitiva ya no es la eficiencia ni el tamaño, sino la velocidad de aprendizaje. Las organizaciones que mejor navegan estos contextos no son las que intentan predecir el futuro con más precisión, sino las que son capaces de experimentar, ajustar y reaprender más rápido que sus competidores.

En este sentido, la disrupción actúa como un test permanente de humildad estratégica: obliga a cuestionar lo que ayer funcionaba, a escuchar señales débiles del mercado y a aceptar que la adaptación no es un proyecto puntual, sino una capacidad que debe integrarse en el día a día de la empresa.

Aquí aparece una distinción clave que a menudo olvidamos: la disrupción es dolorosa para los sistemas, pero puede ser profundamente positiva para quienes estaban fuera de ellos o mal atendidos por ellos.

"La disrupción es dolorosa para los sistemas, pero puede ser profundamente positiva para quienes estaban fuera de ellos o mal atendidos por ellos"

Este punto conecta con el trabajo que está divulgando hoy Efosa Ojomo, quien insiste en que el desarrollo sostenible no se logra solo “corrigiendo problemas”, sino creando nuevos mercados que integren a millones de personas que hasta ahora no participaban plenamente en la economía. Cuando una innovación permite que alguien acceda por primera vez a educación, financiación o servicios básicos, no solo está resolviendo una necesidad: está activando dinámicas de crecimiento, empleo y estabilidad a largo plazo.

Porque frente a la disrupción hay, básicamente, tres actitudes posibles: negarla, resistirla o trabajar con ella.

Negarla suele ser la opción más cómoda… hasta que deja de serlo. Resistirla puede ganar tiempo, pero rara vez construye futuro. Trabajar con ella exige más esfuerzo, más dudas y más cambios internos, pero es la única vía que permite transformar la incertidumbre en oportunidad.

Porque la disrupción, sí, cuesta. Duele. Incomoda. Genera tensiones, errores, fricciones y decisiones difíciles. Pero también es la puerta de entrada al progreso, a nuevos modelos de negocio, a soluciones que antes no existían y a impactos que antes parecían inalcanzables.