Consejero de familias empresarias

Los empresarios no lloran, facturan

27 de Junio de 2026
Jordi Tarragona | VIA Empresa

Vivimos en una época extraña. Nunca hubo tantas herramientas, tanta tecnología y tantas oportunidades aparentes. Y, sin embargo, tampoco tanta gente quejándose del mercado, los impuestos, el personal, la competencia...

 

Mientras unos convierten todo esto en excusas, otros están enviando presupuestos. Porque el negocio no premia intenciones. Premia soluciones. Y el empresario aprende muy pronto una lección incómoda: nadie vendrá a rescatarlo. Por esa razón debe transformar su mentalidad. Dejar de preguntarse “¿por qué me pasa esto?” y empezar a preguntarse “¿cómo salgo de aquí?”. 

Claro que hay golpes. Campañas que fracasan. Clientes que desaparecen. Socios que fallan. Colaboradores que traicionan. Problemas de liquidez. Errores caros. Familiares incómodos. Días en que todo parece desmoronarse. Pero precisamente aquí aparece la verdadera esencia empresarial: la capacidad de seguir ejecutando bajo presión.

 

En las familias empresarias con vocación de continuidad con las que colaboro observo que los momentos verdaderamente críticos no aparecen cuando hay problemas o conflictos, sino cuando la familia queda atrapada en la lamentación en lugar de tomar decisiones que pueden ser incómodas, olvidando que “lo mejor para la empresa a la larga es lo mejor para la familia”. He visto más familias sufrir por retrasar decisiones difíciles que por el problema en sí.

Los empresarios se parecen más a los alpinistas de lo que muchos creen. El alpinista también tiembla cuando un gancho se desprende de la pared. También siente vértigo cuando mira hacia abajo y entiende perfectamente que un error puede costarle caro. Pero lejos de paralizarlo, no deja de subir cuando se desprende una piedra. Esa tensión aumenta su concentración, su adrenalina y, sobre todo, la satisfacción de coronar la cima. El empresario vive algo parecido.

En más de una ocasión me encuentro con empresarios familiares quejumbrosos de lo dura que es su vida. Y, por supuesto, es necesario reconocer el esfuerzo empresarial. Todos necesitamos, y agradecemos, una palmada en la espalda de vez en cuando.

"Los empresarios se parecen más a los alpinistas de lo que muchos creen. El alpinista también tiembla cuando un gancho se desprende de la pared"

Pero hay algo casi cómico en ciertas reuniones de empresarios. Basta juntar a varios en una mesa para que aquello empiece a parecer una sesión de alcohólicos anónimos: cada uno tratando de superar al anterior en desgracias, impuestos, empleados imposibles, clientes morosos, inspecciones inesperadas o miembros de la familia. Casi compiten por demostrar quién sufre más. 

Otras veces la reunión deja de parecer una terapia colectiva y empieza a recordar aquellos concursos infantiles de patio para ver quién mea más lejos. Cada empresario intenta superar al anterior en atrevimiento, visión, facturación, crecimiento o historias imposibles. 

Resulta difícil no sonreír, porque muchos de los que más se quejan tampoco abandonarían esa vida ni locos.

No nos engañemos: quienes hemos llevado una empresa sabemos que pocas cosas sustituyen la adrenalina que supone. Está en la superación constante de los retos diarios, en la satisfacción de ayudar a otros a mejorar su vida y en ese impulso casi trascendente de dejar el mundo un poco mejor de como lo encontramos.

Y sí, probablemente también puede existir un pequeño componente de sano narcisismo en el deseo de convertirse en referente, de demostrar la superioridad. Porque ser empresario no es solamente dinero. También es identidad. Es propósito. Es demostrarte a ti mismo hasta dónde puedes llegar.

Por eso resulta tan superficial esa cultura moderna de la queja constante. Redes sociales llenas de indignación, victimismo y opiniones grandilocuentes, mientras muy pocos están realmente dispuestos a ejecutar. El mercado, en cambio, sigue funcionando con reglas mucho más simples: recompensa a quien resuelve problemas. El mercado no pregunta cómo te sientes, pregunta qué le ofreces.

La cultura del drama busca culpables. La cultura empresarial busca soluciones. Una consume energía emocional. La otra produce valor. Quejarse no genera caja; como me dijeron una vez, “si lloras, tendrás compasión, pero no crédito”.

"Quejarse no genera caja; como me dijeron una vez, “si lloras, tendrás compasión, pero no crédito”"

Y eso no significa aromatizar el éxito. Facturar no siempre significa enriquecerse. Detrás de muchas empresas hay estrés, incertidumbre, presión financiera y noches sin dormir. El empresario no es de hierro. Simplemente entiende que quedarse quieto cuesta más.

Quizás por eso tantos empresarios, incluso quejándose, nunca abandonarían realmente esta vida. Porque en el fondo necesitan el vértigo. Necesitan la sensación de estar construyendo algo. Necesitan la montaña.

Nada de lo anterior niega la realidad. Puede haber circunstancias estructurales de mercado, regulación, financiación o familia que condicionen mucho las probabilidades de éxito. 

La familia empresaria no puede ni debe forzar a ser empresario, pero puede crear un caldo de cultivo que facilite la germinación y crecimiento empresarial. Creando con premeditación una cultura de alpinistas, válida también para la vida en general.

"La familia empresaria no puede ni debe forzar a ser empresario, pero puede crear un caldo de cultivo que facilite la germinación y crecimiento empresarial"

El miedo no desaparece. Se atraviesa. Y al final sucede algo curioso: muchos descubren que la felicidad no estaba en llegar a la cima, sino en escalar. Ser empresario es el deporte de resolver problemas bajo presión.

Porque sí, los empresarios también lloran. Pero luego se secan las lágrimas, vuelven a subir la persiana y continúan facturando.